La historia desmonta un tópico: el mal de amores ya tenía diagnóstico hace más de 1.000 años y no se libraban ni los santos

El sueño se rompe, el apetito cambia y la cabeza vuelve una y otra vez hacia la misma persona después de una ruptura o un rechazo. En la actualidad, el mal de amores describe ese periodo de sufrimiento afectivo que puede alterar el ánimo, la concentración y algunas respuestas del cuerpo.

La expresión suele usarse para hablar de tristeza, ansiedad, obsesión o dependencia emocional, aunque por sí misma no designa una enfermedad médica independiente. Su duración y su intensidad varían, y el problema empieza a exigir ayuda profesional cuando impide trabajar, dormir, comer o mantener la vida diaria. Esa relación entre una emoción persistente y el deterioro físico ya preocupó a médicos que vivieron hace casi 1.000 años.

La medicina islámica estudió el ʿishq como una dolencia propia

La posibilidad de que el amor enfermara el cuerpo llevó a los médicos del mundo islámico medieval a estudiar el Ê¿ishq como una dolencia con síntomas, causas y tratamientos propios. Una investigación de la Universidad de Exeter ha reconstruido cómo cambió esa interpretación desde el siglo X hasta el XVI.

Nahyan Fancy, profesor Al Qasimi de Estudios Islámicos, comparó tratados médicos con obras de filosofía, literatura y teología para seguir una discusión que atravesó más de seis siglos. Su trabajo indica que aquellos especialistas elaboraron explicaciones propias y modificaron sus conclusiones a medida que cambiaban las ideas religiosas y filosóficas de su tiempo.

La ruptura con la tradición grecorromana comenzó cuando el Ê¿ishq dejó de considerarse una variante de la melancolía. Galeno y otros médicos de la Antigüedad relacionaban la obsesión amorosa con el desequilibrio de los humores corporales que atribuían a otros trastornos emocionales.

Los médicos islámicos conservaron buena parte de ese conocimiento, pero fueron separando ambos problemas a partir de la observación clínica y del debate intelectual. El amor enfermizo pasó a recibir una descripción propia, lo que permitía distinguir sus síntomas y plantear tratamientos adaptados a la causa que cada autor defendía.

Ibn SÄ«nā, conocido en Occidente como Avicena, llevó esa separación al cuerpo durante el siglo XI. El médico y filósofo describió el deterioro de una mujer cuya obsesión amorosa terminaba debilitándola y enfermándola. Para él, el estado psicológico podía alterar el organismo, una relación que formaba parte de una medicina que trataba la salud mental y la física como partes del mismo equilibrio. Las emociones podían modificar el sueño, el apetito, la fuerza y otras funciones corporales, de modo que el sufrimiento afectivo dejaba de pertenecer únicamente al terreno moral.

Dos siglos después, Ibn al-NafÄ«s buscó una explicación fisiológica distinta y atribuyó el Ê¿ishq a la acumulación de fluidos seminales. Esa teoría le llevó a considerar más expuestos a los jóvenes, las personas solteras y también a aquellas que llevaban una vida moralmente recta.

El comportamiento virtuoso ya no protegía frente a la enfermedad, porque la causa propuesta dependía del funcionamiento corporal y de las circunstancias personales. Sus respuestas resultan ajenas a la medicina actual, pero muestran el esfuerzo por explicar los síntomas mediante los conocimientos disponibles en su época.

La visión moral del paciente cambió con el paso del tiempo

El perfil del paciente también cambió conforme avanzaron los siglos. Durante el siglo X, muchos médicos asociaban el mal de amores con personas licenciosas, impulsivas o incapaces de controlar sus deseos. Autores posteriores aceptaron que santos, sabios y profetas podían sufrirlo con igual intensidad.

El trastorno dejaba así de actuar como una condena moral y pasaba a describir un padecimiento capaz de afectar a individuos respetados. La filosofía, la teología y la literatura contribuyeron a esa revisión al presentar el amor como una experiencia que podía separarse de la atracción sexual.

El sufismo llevó esa separación a otro terreno al convertir el amor en una vía de relación con Dios. Desde el siglo XIII, figuras como Jalal al-Din Rumi difundieron una concepción mística que terminó entrando en los tratados médicos. El deseo físico dejó de explicar todas las formas de Ê¿ishq, ya que algunos autores aceptaron un sufrimiento nacido de la devoción. La persona podía quedar absorbida por un amor espiritual que desplazaba cualquier interés sexual, una posibilidad que obligaba a revisar tanto las causas como los tratamientos empleados hasta entonces.

Ibn al-Mubārak adaptó los tratamientos según el origen del sufrimiento

Ibn al-Mubārak desarrolló esa distinción tras formarse con el filósofo y teólogo Jalāl al-DÄ«n al-DawānÄ« y ejercer como médico de los sultanes otomanos Selim I y Solimán el Magnífico. Aceptaba las relaciones sexuales lícitas como tratamiento para ciertos pacientes, pero rechazaba esa solución cuando el Ê¿ishq de santos y profetas carecía de deseo carnal.

En esos casos, atribuía el sufrimiento “a la castidad del amante” o “a la perfección de la belleza del amado”. Dios absorbía la atención del enamorado hasta hacerle olvidar el deseo sexual, por lo que aquella dolencia exigía otra interpretación.

El recorrido reunido por Nahyan Fancy, por lo tanto, muestra una medicina que revisaba sus explicaciones al conversar con otras disciplinas. Los médicos islámicos recibieron las teorías griegas, las discutieron y terminaron proponiendo modelos que relacionaban pensamientos, emociones y cambios corporales. El Ê¿ishq pasó de asociarse con la falta de autocontrol a incluir el amor espiritual de personas consideradas virtuosas.

Sus respuestas fisiológicas pertenecen a otra época, aunque la cuestión de fondo permanece en la medicina actual: una emoción prolongada puede alterar la mente, debilitar el cuerpo y cambiar la vida diaria.