La imagen del Robin Hood noble se resquebraja: las primeras historias lo muestran decapitando a sus enemigos

Héctor Farrés

3 de julio de 2026 16:44 h

0

Una orden de arresto bastaba para que alguien acabara fuera de la ley en la Inglaterra medieval y tuviera que sobrevivir robando para seguir con vida. Robin Hood aparece ahí, en ese terreno de fugitivos y bosques, y la pregunta sobre si existió de verdad se mezcla con otra igual de importante: qué hacía exactamente.

Durante siglos se ha repetido su historia como si fuera un personaje real, pero en realidad no hay pruebas de una sola persona concreta detrás del nombre, sino una figura construida a partir de relatos que circulaban entre la gente y que describían a un forajido dedicado al robo, la violencia y el desafío a la autoridad.

Los historiadores descartaron a una persona concreta tras el personaje

Los historiadores coinciden en que Robin Hood no fue un individuo identificable, sino una creación nacida de la tradición oral en el siglo XII, como recoge la BBC. Esas historias pasaban de boca en boca antes de fijarse por escrito dos siglos después en forma de baladas, donde ya aparece como un personaje conocido.

Según explica el análisis difundido por The Conversation, el contexto social ayuda a entender su aparición, con una sociedad marcada por grandes diferencias entre terratenientes ricos y campesinos empobrecidos que alimentaron la idea de un bandido que se enfrentaba a ese orden.

Las versiones más recientes del personaje han recuperado un rasgo que estaba en aquellas primeras historias y que durante mucho tiempo quedó oculto. El director Michael Sarnoski, responsable de The Death of Robin Hood, insiste en que su protagonista no encaja en la imagen del héroe clásico.

En su película, el propio Robin niega esa identidad y se describe con dureza: “No era ningún héroe. Robaba y mataba por el simple placer de hacerlo, nada más”. Esa visión conecta con una corriente actual que prefiere mostrar personajes menos ideales y más cercanos a sus contradicciones.

Las baladas mostraban a un hombre muy distinto del héroe popular

Si se vuelve a las baladas medievales, ese retrato encaja mejor de lo que parece. Robin Hood aparece como un forajido que roba, engaña y también mata, sin un programa claro de justicia social. La historiadora Amy S. Kaufman, especializada en literatura medieval, define esa figura como “un pícaro medieval de moral dudosa”, alguien que actúa con astucia, irreverencia y una moral cambiante. En esas historias iniciales no hay rastro de un noble caballero ni de una historia de amor con Marian, y su relación con los pobres no consiste en repartir dinero de forma sistemática como se suele pensar en la actualidad.

El origen de ese personaje ayuda a entender por qué su identidad nunca quedó fijada. Las primeras historias no partían de documentos oficiales ni de hechos comprobados, sino de relatos que se contaban en mercados, tabernas o reuniones populares. Con el paso del tiempo, esas narraciones se escribieron y se ampliaron, pero ya arrastraban una base flexible que permitía cambiar detalles según quien las contara o el momento histórico en que se recuperaban.

A partir del siglo XVI, el interés de la corte, con Enrique VIII participando en celebraciones disfrazado como Robin Hood, llevó el personaje a un entorno distinto. En ese proceso dejó de enfrentarse a la nobleza y pasó a formar parte de ella, convertido en un caballero que defendía el orden legítimo. Más tarde, los libros infantiles del siglo XIX y el cine del siglo XX consolidaron esa versión amable, con ejemplos como la película de Disney de 1973, que fijó la imagen de un héroe que roba a los ricos para ayudar a los pobres.

Otros fugitivos actuaban con una violencia mucho mayor

Mientras esa versión se hacía popular, otras historias de forajidos reales quedaban en un segundo plano. El historiador Alex Brown, de la Durham University, recuerda en su análisis que bandas como los Coterel o los Folville actuaban en el siglo XIV con una violencia mucho más clara, con robos, secuestros y asesinatos. Esos grupos no encajaban en una narración heroica, lo que explica en parte por qué sus nombres no han sobrevivido con la misma fuerza.

El caso de William Cloudesley y sus compañeros Adam Bell y Clim of the Clough ofrece un ejemplo claro de ese tipo de relatos. Según recoge Durham University Research, estos hombres fueron perseguidos por cazar ilegalmente y acabaron protagonizando episodios extremos, como el asedio a una casa en Carlisle o la muerte de 300 oficiales en su huida.

En medio de esa historia aparece también la figura de Alice, su esposa, que defendió la entrada de su casa con un hacha mientras él disparaba contra los hombres del sheriff. En ese momento, la supervivencia dependía de decisiones rápidas y de la ayuda de quienes compartían su situación, como el joven porquero que avisó a sus compañeros para organizar un rescate.

Robin Hood terminó adaptándose a cada época

Ese contraste ayuda a situar mejor a Robin Hood dentro de su época. Las baladas lo presentan como violento, pero dentro de unos límites que lo hacen más fácil de aceptar que otros forajidos históricos. Frente a figuras como Eustace el Monje, que pasó por la piratería y el saqueo, Robin aparece como alguien que se mueve entre la rebeldía y ciertas reglas propias, lo que facilitó su adaptación a relatos más suaves con el paso del tiempo.

Al final, la pregunta sobre si existió de verdad tiene una respuesta clara en el terreno histórico, pero deja otra abierta en el cultural. No hubo un único Robin Hood, pero sí una figura que ha ido cambiando según las necesidades de cada época, desde las baladas medievales hasta las reinterpretaciones actuales.

Esa capacidad de transformación explica por qué sigue presente, incluso cuando se vuelve a mostrar como lo que fue al principio: un forajido que vivía fuera de la ley y cuya historia nunca se escribió de una sola manera.