Se jugó el cuello por los nazis y le respondieron con dinero falso: esta es la historia de Elyesa Bazna

Un documento falso firmado por Anthony Eden acabó convertido en una prueba para descubrir si Elyesa Bazna era el topo infiltrado en la embajada británica de Ankara, pero el ayuda de cámara no cayó en el señuelo. Fritz Kolbe, asistente del diplomático alemán Karl Ritter y colaborador de la OSS estadounidense, había avisado al MI6 de que un agente llamado Cicerón robaba información británica. La investigación llegó a considerar a Bazna demasiado torpe para corresponder al perfil, mientras Stewart Menzies, jefe del MI6, afirmó después que había entregado informes preparados para engañar a Alemania.

Douglas Busk facilitó su llegada junto al embajador británico

Mucho antes de aquella vigilancia, Bazna había acumulado una biografía difícil de verificar que comenzaba en Pristina en 1904 y atravesaba trabajos muy distintos antes de acercarlo al mundo diplomático turco. Él mismo contó que pasó por la academia militar de Fatih, cumplió una condena en Francia y aprendió cerrajería trabajando para Berliet. Ya de vuelta en Turquía fue taxista y pasó por empleos vinculados a embajadas, favorecido por su dominio de varios idiomas y por su capacidad para conseguir referencias pese a sus antecedentes.

La oportunidad que terminó colocándolo junto a documentos secretos apareció cuando Douglas Busk, primer secretario de la embajada británica, lo incorporó al servicio y terminó recomendándolo como ayuda de cámara del embajador Sir Hughe Knatchbull-Hugessen.

Bazna había trabajado antes para Albert Jenke, empleado de la embajada alemana y cuñado de Joachim von Ribbentrop, un dato que ocultó al presentarse ante los británicos. En 1943 obtuvo acceso a las dependencias privadas del embajador, que llevaba documentación oficial a casa y le permitió moverse con una libertad que después aprovecharía para espiar.

Los alemanes pagaron una fortuna por las fotografías de Cicerón

Cuando Bazna ofreció fotografías a los alemanes, Ludwig Carl Moyzisch, responsable de la sección turca del Sicherheitsdienst bajo cobertura diplomática, quedó impresionado por la calidad de los documentos y aceptó pagar por ellos.

Las versiones recogidas sobre aquellas operaciones difieren en las primeras cantidades, aunque coinciden en que las entregas terminaron sumando varios cientos de miles de libras. Franz von Papen, embajador alemán en Turquía, aprobó la operación y el agente recibió el nombre de Cicerón, una identidad que mantuvo oculta mientras continuaba trabajando dentro de la legación británica.

El acceso que Bazna tenía al embajador le permitió hacerse con una llave, copiarla y utilizar cámaras Leica o Contax para fotografiar documentos antes de devolverlos a su sitio. En su autobiografía, Yo fui Cicerón, aseguró que entraba cuando Knatchbull-Hugessen dormía y trabajaba después en una habitación del sótano. Los relatos atribuyen ayuda a distintas mujeres, entre ellas Esra Duriyé y Mara, por lo que la participación exacta de cada una queda condicionada por testimonios que difieren entre sí.

Entre la documentación entregada figuraban identidades de agentes británicos y datos sobre suministros estadounidenses destinados a la Unión Soviética, mientras otros papeles recogían conversaciones diplomáticas celebradas en Moscú y Teherán. El expediente de mayor alcance aludía a la Operación Overlord y a la preparación del desembarco aliado en Francia, aunque las fuentes discrepan sobre cuánto revelaba acerca de Normandía. Ribbentrop desconfiaba de una información obtenida con demasiada facilidad y las disputas internas del régimen redujeron su credibilidad. Hitler, además, mantuvo su preferencia por Calais frente a otras zonas de la costa francesa.

La operación terminó entre una fuga y dinero falsificado

El cerco se estrechó cuando la embajada británica reforzó la seguridad y Cornelia Kapp, secretaria de Moyzisch que trabajaba para la OSS, intentó identificar al agente durante sus encuentros. Bazna abandonó Ankara en la primavera de 1944 y sobrevivió a la guerra sin una condena por espionaje.

La fortuna que creía haber acumulado terminó derrumbándose cuando descubrió que buena parte de las libras procedían de la Operación Bernhard y eran falsas. Reclamó después una indemnización a la República Federal Alemana, fracasó ante los tribunales y murió en Múnich en 1970 con 66 años.