Mercurio se desploma lentamente sobre sí mismo: su núcleo se enfría y el planeta se ha encogido más de lo calculado

Héctor Farrés

27 de septiembre de 2026 12:31 h

0

Las llanuras menos alteradas de Mercurio cuentan una historia bastante distinta de las regiones castigadas por cráteres, y esa diferencia ha permitido localizar parte del encogimiento que permanecía oculto. El equipo dirigido por Gaku Nishiyama, científico planetario del Instituto de Investigación Espacial del Centro Aeroespacial Alemán (DLR), comparó mapas de estructuras tectónicas con una nueva cartografía global de la rugosidad superficial.

Las zonas más accidentadas mostraban muchas menos arrugas de contracción que las superficies lisas, una pista que llevó a estudiar si los impactos habían borrado del paisaje una parte considerable de esas señales.

Los cálculos elevan la reducción histórica del planeta

El estudio publicado en Geophysical Research Letters concluye que Mercurio se ha contraído bastante más de lo estimado a partir de las estructuras observables en su superficie. El trabajo corrige el cálculo al considerar que numerosos escarpes y crestas pueden permanecer sepultados, una revisión que acerca las observaciones del planeta a las predicciones físicas sobre su enfriamiento.

Las colisiones que formaron Mercurio hace unos 4.500 millones de años dejaron una gran cantidad de calor en su interior, que ha ido perdiéndose desde aquella etapa inicial. A medida que baja la temperatura, el interior reduce su volumen y obliga a las capas rocosas exteriores a fracturarse y arrugarse para adaptarse.

Esas deformaciones permiten reconstruir la evolución térmica y extraer pistas sobre la estructura interna. Nishiyama vincula una contracción mayor con varias posibilidades y señala que “más encogimiento significa que Mercurio podría tener un núcleo metálico más grande, menos elementos ligeros como el silicio mezclados en el núcleo de metal, o una temperatura inicial más alta”.

La corrección de las estructuras ocultas eleva entre un 10% y un 30% la contracción global calculada a lo largo de la historia de Mercurio, con una pérdida total de hasta 23 kilómetros de diámetro. Las estimaciones anteriores situaban esa reducción entre cuatro y 16 kilómetros, por debajo del nuevo límite superior.

El ajuste parte de la tasa observada en las llanuras menos modificadas y la proyecta sobre las regiones ásperas donde los impactos dificultan identificar las deformaciones. Nishiyama reconoce que “el 30% es un poco sorprendente, pero la cantidad corregida de contracción tiene sentido para mí”.

La composición apunta a un manto fundido profundamente

Otro trabajo reciente sobre la composición de Mercurio añade una pieza distinta al debate sobre un planeta dominado por un gran núcleo metálico. Christian Renggli, investigador que lideró un estudio publicado en Planetary Research, empleó modelos de radiación infrarroja calibrados en laboratorio con pequeñas perlas de cristal de silicio ante la ausencia de muestras físicas del planeta.

El análisis situó el dióxido de silicio de la corteza en un 37% de su masa, hasta un 25% por debajo de cálculos anteriores, y apuntó a que las rocas volcánicas proceden de material del manto fundido a mayor profundidad de la supuesta hasta ahora.

Los mapas disponibles proceden principalmente de MESSENGER, la misión de la NASA que orbitó Mercurio entre 2011 y 2015 y terminó al impactar de forma controlada contra el planeta. Sus observaciones permiten medir con fiabilidad estructuras que superan aproximadamente los cinco kilómetros de diámetro, de modo que las fracturas menores todavía pueden escapar al inventario.

Esa limitación deja abierta la posibilidad de que incluso la nueva estimación de la contracción continúe por debajo de la reducción total experimentada por Mercurio.

BepiColombo buscará accidentes que antes escaparon a las cámaras

La llegada de BepiColombo ampliará esa capacidad de observación después de ocho años de viaje y de la separación de su Módulo de Transferencia el 3 de septiembre. La misión conjunta de la Agencia Espacial Europea (ESA) y la japonesa JAXA tiene prevista su inserción orbital el 21 de noviembre de 2026, tras la que se separarán las dos sondas que la integran.

Su fase científica comenzará en abril de 2027 con observaciones de mayor resolución destinadas a localizar escarpes, crestas y cráteres que MESSENGER no pudo distinguir, una búsqueda capaz de precisar cuánto se ha reducido el planeta desde su formación.