La cocaína en ríos altera el comportamiento del salmón y amenaza su supervivencia

Las bolsas pequeñas, los pagos rápidos y las rutas que cruzan fronteras forman parte de un negocio que mueve dinero cada día en muchos países. El consumo de drogas ya no se limita a grupos pequeños ni a barrios concretos, porque aparece en ciudades grandes, zonas rurales y lugares turísticos al mismo tiempo.

Muchas organizaciones criminales aprovechan esa demanda para transportar sustancias por carretera, mar o correo postal, mientras otras redes usan laboratorios clandestinos y canales digitales para distribuir los pedidos. También cambian los métodos para esquivar controles policiales y adaptar la venta a cada país. Algunas sustancias terminan en vertederos, alcantarillas o sistemas de depuración después de pasar por el cuerpo humano, y una parte sigue circulando fuera del entorno urbano. Ese recorrido ha empezado a dejar señales medibles en ríos y lagos que hasta hace pocos años apenas se estudiaban.

Los peces tratados recorrieron trayectos mucho más largos

Un trabajo realizado por investigadores de Griffith University, la Swedish University of Agricultural Sciences, la Zoological Society of London y el Max Planck Institute of Animal Behaviour detectó que salmones atlánticos jóvenes expuestos a cocaína y benzoylecgonina cambiaban su forma de desplazarse en el lago Vättern, en Suecia.

El estudio, publicado en Current Biology y recogido por Mongabay, siguió durante ocho semanas a 105 peces mediante implantes químicos de liberación lenta y sistemas de telemetría acústica. Los científicos compararon un grupo sin exposición con otros dos grupos tratados con cocaína y con benzoylecgonina, el principal metabolito de esa droga presente en aguas residuales.

Los salmones expuestos a la benzoylecgonina recorrieron hasta 1,9 veces más distancia semanal que los peces del grupo de control y llegaron a dispersarse hasta 12,3 kilómetros más por el lago. Los investigadores comprobaron además que esas diferencias crecían con el paso de las semanas. El trabajo señala que la exposición alteró la forma en que los animales utilizaban el espacio dentro de un ecosistema natural amplio y cambiante, algo que hasta ahora se había observado casi siempre en acuarios y laboratorios cerrados.

Para seguir esos movimientos, el equipo implantó pequeños dispositivos en salmones de dos años criados en piscifactoría y liberados después en el lago sueco para la pesca recreativa. Un grupo de 35 peces recibió cocaína, otro grupo recibió benzoylecgonina y el tercero no tuvo sustancias químicas. Las concentraciones medias alcanzaron unos 43 nanogramos por gramo en el caso de la cocaína y cerca de 34 nanogramos por gramo en el metabolito. Los autores compararon esas cifras con otros análisis hechos en tiburones y crustáceos salvajes.

Las depuradoras dejan restos químicos en los ríos

Jack Brand, ecólogo de la Swedish University of Agricultural Sciences, explicó a Mongabay que “los efectos de la contaminación por drogas ilegales sobre la fauna acuática no son solo un hallazgo de laboratorio”. Brand añadió que el movimiento determina el alimento disponible, la exposición a depredadores y el gasto energético de cada pez. Según el investigador, los animales que recorren más distancia pueden entrar en zonas poco adecuadas y consumir reservas necesarias para etapas posteriores de su vida.

Los investigadores recuerdan que la cocaína y sus derivados aparecen cada vez con más frecuencia en ríos y lagos de distintos países porque muchas plantas de tratamiento de aguas no eliminan por completo esos compuestos. El estudio señala además que la benzoylecgonina generó efectos mayores que la cocaína, pese a que en humanos suele considerarse un producto inactivo. Brand indicó que “la benzoylecgonina es más abundante que la cocaína en la mayoría de las vías fluviales”.

Marcus Michelangeli, investigador del Australian Rivers Institute de Griffith University, afirmó que “el lugar al que van los peces determina qué comen y qué animales se los comen”. El científico añadió que los cambios de movimiento pueden alterar la estructura de las poblaciones y el funcionamiento de los ecosistemas acuáticos. El equipo también aclaró que los resultados no indican un peligro para las personas que consumen pescado, porque los compuestos terminan degradándose y los ejemplares analizados tenían un tamaño muy inferior al permitido para la captura legal.

Los próximos trabajos intentarán averiguar qué especies sufren más alteraciones y si esos cambios terminan afectando a la supervivencia o a la reproducción. Michelangeli resumió el problema al advertir que “la parte extraña no es el experimento, sino lo que ya está ocurriendo en nuestras vías fluviales”.