Un estudio confirma que volar requiere menos energía que nadar en los animales

Durante décadas, la comunidad científica dio por sentada una máxima del reino animal: desplazarse en el agua era, en términos metabólicos, el modo de locomoción más eficiente entre los vertebrados. Sin embargo, una macroinvestigación internacional ha desmontado este axioma clásico. El trabajo demuestra que volar es la forma más eficiente de movimiento, siempre que se incorpore a la ecuación un factor determinante que hasta ahora se había omitido, la energía que proporciona la propia atmósfera.

El proyecto, publicado en la revista Science, ha contado con la dirección del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal y la Universidad de Swansea, además de una destacada participación española liderada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) a través de la Estación Biológica de Doñana (EBD), junto a las universidades Miguel Hernández y de Granada. Los científicos combinaron 17 años de seguimiento mediante dispositivos GPS y acelerómetros colocados en 850 individuos pertenecientes a 38 especies de aves y murciélagos.

En total, se procesaron 1,4 millones de localizaciones GPS y cerca de 195.000 segmentos de vuelo en entornos reales. A esta inmensa base de datos se sumaron cuatro años de registros de radar enfocados en pequeñas aves paseriformes migradoras, cruzando toda la información con modelos meteorológicos globales sobre vientos y térmicas ascendentes.

Dos estrategias, un mismo combustible

Al evaluar el coste energético por unidad de distancia recorrida, los resultados del estudio permitieron clasificar a los animales voladores en dos grandes grupos de comportamiento. Por un lado se encuentran las especies que dependen del aleteo continuo, como los cisnes o las pequeñas aves migratorias. Aunque su gasto metabólico es considerablemente mayor y se ve muy afectado por los vientos de cara o de cola, este esfuerzo constante les otorga la flexibilidad necesaria para desenvolverse en condiciones climáticas impredecibles o desfavorables.

Por otro lado, las aves planeadoras de gran tamaño llevan la eficiencia a un extremo insuperable. Especies como el cóndor andino y diversas familias de buitres aprovechan las columnas de aire caliente para ganar altura prácticamente sin esfuerzo. Tal y como explica José Antonio Donázar, investigador del CSIC en la EBD: “Aves planeadoras, como el cóndor andino, aprovechan las corrientes ascendentes y apenas baten las alas. Con ello, logran costes de transporte hasta un 79% menores que aves de masa similar que vuelan mediante aleteo continuo, como el cisne trompetero”.

Las siete especies de buitres analizadas acumularon 128.000 días de vuelo y recorrieron más de 4,3 millones de kilómetros (distancia equivalente a dar más de cien vueltas a la Tierra) batiendo las alas únicamente entre el 0,1% y el 7% del tiempo. Esta ventaja conlleva que las aves más pesadas pierden capacidad de decisión sobre cuándo y por dónde desplazarse, al quedar supeditadas a la presencia de corrientes térmicas idóneas.

Implicaciones cruciales para la conservación global

Como señala la investigadora Cortés-Avizanda: “Este estudio aporta una idea especialmente relevante: la atmósfera no es simplemente el medio donde vuelan las aves y murciélagos, sino un recurso energético esencial que puede determinar cuándo, dónde y cómo se desplazan”. Es decir, la masa de aire deja de contemplarse como un espacio pasivo para pasar a considerarse un recurso vital en sí mismo.

Comprender esta interacción resulta clave para anticipar los impactos ecológicos del cambio climático global. En palabras del coautor Julio Blas, también investigador de la EBD: “Cambios en los patrones de viento y de térmicas asociados al cambio climático podrían modificar las rutas migratorias, las distribuciones geográficas y el uso del espacio por parte de muchas especies voladoras”. Este marco servirá a las entidades ambientales para diseñar mejores estrategias de protección y gestión de la biodiversidad aérea frente a las transformaciones del clima futuro.