Los monos también aprenden a protegerse tras una epidemia: un estudio revela cómo cambia su comportamiento
La experiencia de una epidemia puede cambiar la manera en que los animales reaccionan ante posibles amenazas para su salud, incluso aunque nunca hayan llegado a enfermar. Un estudio liderado por la Universidad de California en San Diego (Estados Unidos) ha descubierto que los macacos que han vivido un brote de una enfermedad mortal se vuelven significativamente más cautelosos ante alimentos que parecen contaminados, aunque desconozcan cómo se transmite el virus.
La investigación, publicada en la revista científica Royal Society Open Science, aporta nuevas evidencias sobre el denominado sistema inmunitario conductual, un conjunto de comportamientos que permite a los animales evitar posibles infecciones antes de que intervengan las defensas biológicas de su organismo.
El trabajo recuerda algunas reacciones observadas durante los primeros meses de la pandemia de covid-19, cuando muchas personas extremaron las medidas de higiene ante la incertidumbre sobre las vías de contagio. Según los investigadores, la experiencia de convivir con individuos enfermos puede modificar la percepción del riesgo, incluso sin conocer exactamente el origen de la amenaza.
“Incluso sin saber cómo se transmite una enfermedad, estar expuesto a que otros enfermen y mueran modifica la probabilidad de adoptar comportamientos que potencialmente podrían provocar algún tipo de enfermedad”, explica Federico Rossano, profesor de Ciencias Cognitivas de la Universidad de California en San Diego y autor principal del estudio.
Un brote mortal y un experimento con 55 macacos
La investigación surgió a raíz de un brote ocurrido en 2020 en un santuario de primates del sur de Texas. Allí viven varios grupos de macacos japoneses descendientes de animales trasladados desde Japón en 1972. Algunos grupos sufrieron la propagación del retrovirus simio tipo II, capaz de provocar una inmunodeficiencia similar al sida y causar enfermedades graves e incluso la muerte.
El virus se transmitía principalmente mediante mordeduras y arañazos. Tras detectar los contagios, el santuario aplicó medidas de aislamiento, pruebas y cuarentenas. Esta situación permitió comparar tres grupos que habían experimentado el brote con otro que no había estado expuesto.
Los investigadores estudiaron a 55 macacos, ofreciéndoles alimentos colocados sobre dos superficies diferentes: una limpia y otra cubierta con heces reales de macaco. Estas últimas estaban selladas bajo una capa transparente de resina que conservaba su apariencia, pero eliminaba el olor y cualquier riesgo de infección.
Los resultados revelaron diferencias importantes. Los animales que habían vivido el brote comieron de la superficie aparentemente contaminada en el 47% de los ensayos, mientras que los macacos del grupo no expuesto lo hicieron en el 79%. La mayor precaución también apareció entre aquellos que nunca habían contraído la enfermedad.
La experiencia y la crianza también influyen
Uno de los aspectos más sorprendentes es que el virus no se transmitía mediante alimentos contaminados, sino a través de sangre y saliva. Pese a ello, los macacos expuestos desarrollaron una mayor cautela ante señales visuales de suciedad, lo que sugiere una respuesta preventiva más general.
El estudio incluyó otra investigación con 54 macacos de siete especies, criados en entornos diferentes. Los animales que habían vivido como mascotas junto a humanos mostraron una mayor tendencia a consumir alimentos aparentemente contaminados que aquellos criados por sus madres en santuarios.
Los autores plantean que estos resultados podrían estar relacionados con el aprendizaje social durante los primeros años de vida. Los macacos criados sin otros individuos de su especie quizá tuvieron menos oportunidades de aprender determinadas conductas de prevención observando a sus madres y compañeros.
Los hallazgos también aportan información sobre la evolución del asco como mecanismo de protección frente a enfermedades. Aunque los investigadores no midieron directamente esta emoción, comprobaron que las conductas de evitación de posibles fuentes de infección pueden cambiar según las experiencias individuales y colectivas.