El naranja de cadmio que conquistó a los artistas y terminó bajo la lupa por su toxicidad
El naranja de cadmio pertenece a una familia de pigmentos que transformó la paleta de los artistas modernos gracias a una cualidad difícil de igualar: colores extraordinariamente vivos que podían extenderse desde amarillos pálidos hasta rojos intensos. Su desarrollo partió del sulfuro de cadmio (CdS), de color amarillo, pero la incorporación de otros elementos permitió ampliar progresivamente esa gama. El selenio desplazó las tonalidades hacia el rojo y abrió el camino a los naranjas y rojos de cadmio que terminaron consolidándose durante el siglo XX.
La historia había comenzado mucho antes. Un estudio sobre la degradación de estos pigmentos publicado en Heritage sitúa en 1818 la descripción de la síntesis del sulfuro de cadmio por parte del químico francés Joseph Louis Gay-Lussac, aunque su comercialización como pigmento no arrancó hasta mediados de la década de 1840. A comienzos de los años veinte del siglo pasado, la gama se había diversificado: las formulaciones incluían soluciones de CdS con sulfuro de zinc para obtener amarillos y con seleniuro de cadmio para avanzar hacia los rojos. Entre los pigmentos desarrollados dentro de esta familia se encuentra específicamente el sulfoseleniuro de cadmio naranja, recogido como tal por el Tribunal General de la Unión Europea.
Ese abanico cromático explica parte de su éxito. El propio Tribunal General describe los pigmentos de cadmio como colorantes inorgánicos estables capaces de producir tonos brillantes de naranja, rojo, amarillo y granate. En el terreno artístico, está especialmente documentado el uso del amarillo de cadmio, apreciado por su viveza y elevada capacidad colorante. Un estudio publicado en 2019 en Analytical Chemistry recuerda que las pinturas basadas en CdS fueron adoptadas desde mediados del siglo XIX por artistas como Vincent van Gogh, Pablo Picasso, Georges Seurat, Henri Matisse, Edvard Munch o James Ensor.
Lo que el amarillo de cadmio ha revelado sobre su envejecimiento
Buena parte de lo que se conoce sobre el envejecimiento de esta familia procede precisamente de investigaciones realizadas sobre el amarillo de cadmio basado en CdS, por lo que sus resultados no pueden trasladarse sin más a todas las formulaciones naranjas o rojas. El trabajo publicado en Analytical Chemistry señala que fabricantes y artistas ya habían comprobado que algunas pinturas de baja calidad perdían color al exponerse a la luz y recoge otros signos de deterioro descritos posteriormente, como costras superficiales opacas, depósitos blanquecinos y fragilidad. El estudio, realizado sobre dos formulaciones de CdS presentes en una obra de Picasso, relaciona además las diferencias en su degradación con las características de las partículas y apunta al proceso de fabricación del pigmento como uno de los posibles factores implicados.
La química permite entender algunos de esos procesos. Una investigación encabezada por Jennifer Mass, científica del Winterthur Museum vinculada también a la Universidad de Delaware, constató que el sulfuro de cadmio amarillo puede sufrir una oxidación inducida por la luz que lo transforma en sulfato de cadmio, un compuesto incoloro y soluble en agua, provocando así la pérdida de su tonalidad original. Más recientemente, Yue Zhou, David Grass, Warren S. Warren y Martin C. Fischer, de la Universidad de Duke, reprodujeron pinturas de CdS mediante métodos históricos y las envejecieron con alta humedad relativa y luz. En su estudio, publicado en 2024 en Journal of Physics: Photonics, confirmaron la formación de sulfato de cadmio hidratado y observaron una degradación temprana en las partículas pequeñas, mientras que en las grandes comenzaba en la superficie.
Los efectos del deterioro del amarillo de cadmio pueden observarse en algunas de las obras que hicieron célebres estos pigmentos. El equipo internacional dirigido por Jennifer Mass estudió Le Bonheur de vivre, pintada por Henri Matisse entre 1905 y 1906, donde zonas realizadas originalmente con un amarillo brillante han sufrido pérdida de color y alteraciones superficiales. Los análisis permitieron investigar las transformaciones químicas del CdS y su relación con otros componentes de la pintura. Los trabajos científicos sobre este pigmento han documentado también en obras de distintos artistas fenómenos como decoloración, oscurecimiento, pulverulencia y desprendimientos.
El otro precio de los pigmentos de cadmio
A los problemas de conservación se suma una cuestión diferente: los riesgos asociados al propio cadmio. Según recoge una sentencia del Tribunal General de la Unión Europea de 2013, el metal fue clasificado como carcinógeno, mutágeno y tóxico para la reproducción mediante la Directiva 2004/73/CE, una clasificación posteriormente recogida por el Reglamento (CE) 1272/2008. Esta peligrosidad ha llevado a regular diferentes usos del cadmio y sus compuestos, aunque su situación jurídica no puede reducirse a una prohibición absoluta de estos pigmentos. El Reglamento (UE) 494/2011 modificó el anexo XVII de REACH e introdujo restricciones que afectaban, entre otros ámbitos, a su utilización como colorantes en materiales plásticos. Sin embargo, en 2013 el Tribunal General anuló parcialmente esa norma en lo relativo a la extensión de las restricciones a determinados materiales plásticos para tres pigmentos concretos, entre ellos el sulfoseleniuro de cadmio naranja, al considerar que la Comisión había incurrido en un error manifiesto de apreciación al justificar aquella ampliación.
El naranja de cadmio resume así una de las paradojas de la química del color. La incorporación de selenio permitió llevar los pigmentos de cadmio desde el amarillo hacia naranjas y rojos de gran intensidad, mientras que el estudio de esta familia ha terminado mostrando una realidad mucho más compleja. Las investigaciones sobre el amarillo de CdS han revelado procesos de degradación capaces de alterar algunas pinturas históricas, y la normativa europea ha establecido restricciones sobre diferentes usos del cadmio y sus compuestos. El precio de conseguir aquella gama casi perfecta no fue únicamente económico: tras su brillo había una química cuyas consecuencias para la conservación y la salud tardarían décadas en conocerse.