El pequeño pueblo aragonés que alberga una torre mudéjar de 70 metros y declarada Patrimonio de la Humanidad

En la provincia de Zaragoza, la histórica villa de Tauste puede observarse de lejos gracias a su ubicación sobre un altozano que domina los fértiles valles de los ríos Arba y Ebro. Como la más meridional de las célebres Cinco Villas de Aragón, este singular municipio alberga un tesoro de un valor patrimonial incalculable que define por completo su silueta. Se trata de la imponente torre de la iglesia de Santa María, una obra maestra del arte mudéjar aragonés que alcanza una espectacular altura de aproximadamente 70 metros. Este coloso de ladrillo y yeso no solo destaca por su esbeltez y belleza, sino que también forma parte esencial del rico legado histórico que asombra a todo el que lo visita.

El ilustre pasado de Tauste ha cobrado una nueva dimensión en los últimos años gracias a descubrimientos arqueológicos de enorme calado. En el año 2010, durante unas obras de ensanche en su casco urbano, se localizó una imponente necrópolis musulmana con restos de la primera época islámica del Valle del Ebro, que se remonta a inicios del siglo VIII. Este cementerio es considerado uno de los más antiguos y extensos de toda la península ibérica, lo que demuestra la presencia estable de una población muy relevante desde tiempos visigodos. Dichas excavaciones no solo transformaron el conocimiento sobre los orígenes locales, sino que arrojaron nueva luz sobre el origen de su gran torre.

Tradicionalmente considerada como un campanario cristiano medieval, los estudios e investigaciones más recientes revelan que la gran torre de Santa María es en realidad mucho más antigua. Se trata de un soberbio alminar-atalaya construido en el siglo XI, durante el esplendor del reino taifal de Zaragoza, bajo el dominio de los monarcas de la dinastía Banu Hud. Esta monumental estructura de origen zagrí formaba parte de la antigua mezquita que se asentaba exactamente sobre el mismo solar donde, siglos más tarde, se erigiría la iglesia mudéjar actual. El gran alminar fue así ingeniosamente reutilizado por los cristianos tras la reconquista como torre-campanario para el nuevo templo parroquial.

La prueba física irrefutable de que la torre ya existía cuando comenzó a levantarse la actual iglesia de Santa María en el siglo XIII se halla en el propio espacio de unión entre ambas estructuras. A media altura, existe una separación física de apenas ocho centímetros donde se hace evidente la diferencia constructiva de las dos fábricas. Mientras la cara de la torre presenta unas hiladas de ladrillo perfectamente acabadas y rejuntadas, la pared de la iglesia muestra las lógicas rebabas de yeso que se producen al levantar un muro adosado a una obra que ya estaba de pie. Este curioso detalle arquitectónico demuestra el esmero islámico y desmiente la teoría tradicional sobre una construcción simultánea.

Arquitectónicamente, la torre presenta una planta octogonal regular de extraordinaria esbeltez, construida por entero en ladrillo recibido con pasta de yeso. Su compleja estructura interna responde fielmente al modelo de los alminares almohades, consistente en una torre exterior que envuelve a otra interior, disponiendo la caja de escaleras entre ambas. El ascenso a lo más alto requiere superar 220 escalones que giran en sentido contrario a las agujas del reloj. A lo largo del recorrido se atraviesan cuatro estancias octogonales superpuestas y cubiertas con bóvedas esquifadas de ocho paños, un diseño de vanguardia constructiva que ha resistido impasible los embates del tiempo por casi un milenio.

Uno de los elementos más asombrosos del interior se encuentra en los techos de la propia escalera, formados por hermosas bovedillas enjarjadas a modo de artesas invertidas. Lo más extraordinario de este conjunto es que fueron ejecutadas completamente al aire, sin el uso de cimbras ni estructuras de apeo temporales. Esta audaz técnica constructiva fue posible gracias a la excepcional calidad del yeso local de agarre, cuyo fraguado sumamente rápido permitía a los alarifes colocar cada ladrillo con el vuelo correspondiente y soltarlo casi al instante. Su elasticidad y plasticidad han garantizado la perfecta estabilidad de esta imponente obra frente a las deformaciones a lo largo de los siglos.

Rol militar

El exterior de la torre destaca por un exuberante repertorio ornamental de ladrillo en resalte que se distribuye de manera simétrica en las ocho caras del octógono. Sin embargo, el gran misterio de la torre reside en un paño decorativo que desconcertó a los historiadores por su aparente asimetría. Tras minuciosas investigaciones epigráficas, se descubrió que este paño es en realidad un tablero único en el mundo que oculta una inscripción árabe. En ella se lee la frase mística que reza 'no hay dios más justo', superpuesta sobre el motivo del cordón de la eternidad. Esta revelación confirma la autoría de consumados geómetras y alarifes de la Marca Superior de Alandalús en el refinado diseño de esta gran atalaya.

Además de su función religiosa, la torre desempeñaba un rol militar y estratégico fundamental como atalaya de vigilancia en una disputada zona fronteriza. Desde su altura se divisa un vasto territorio, manteniendo un contacto visual directo con la cercana torre de San Pedro de Alagón y, desde esta, con la capital de Zaragoza. Estas imponentes edificaciones, junto a la emblemática torre de San Pablo, constituían una red defensiva y de comunicación visual de primer orden a lo largo del Ebro. Hoy en día, la soberbia torre de Santa María de Tauste permanece como un hito monumental imprescindible de visitar, orgullo de todo Aragón y ejemplo insuperable de una arquitectura declarada Patrimonio de la Humanidad.