El primer estado de la Península no tuvo vía libre: al norte, las comunidades levantaron poblados fortificados y combatieron

Héctor Farrés

19 de octubre de 2026 17:49 h

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El marfil de elefante africano llegó hace unos 4.000 años a pequeñas comunidades del Levante y la Meseta que vivían fuera del territorio de El Argar, considerado uno de los primeros Estados de Europa occidental e incluso el primer Estado conocido de la Península Ibérica.

Aquel material, procedente de redes comerciales de larga distancia, revela que las relaciones entre los pobladores del norte y la poderosa sociedad del sureste peninsular iban más allá de los enfrentamientos. Los investigadores creen que algunos objetos pudieron servir para establecer alianzas o facilitar intercambios, aunque todavía no se ha demostrado que funcionaran como una forma de dinero.

Las defensas y los intercambios marcaron las relaciones fronterizas

Un estudio de Marcello Peres y Roberto Risch, de la Universitat Autònoma de Barcelona, publicado en Journal of Archaeological Research, ha analizado 1.517 asentamientos de la Edad del Bronce para comprender cómo respondieron esas poblaciones al crecimiento de El Argar. Sus resultados apuntan a dos estrategias principales: levantar fortificaciones cerca de las zonas de conflicto y dispersarse en pequeños núcleos difíciles de controlar en territorios más alejados.

La investigación abarca unos 177.000 kilómetros cuadrados de la Meseta y el Levante, aunque solo 134 de los yacimientos incluidos habían sido excavados. Los demás se conocían mediante prospecciones arqueológicas. La comparación de los restos disponibles permitió a los autores estudiar las características generales de ambos conjuntos.

Las dimensiones de los poblados muestran una organización territorial muy distinta de la argárica. Más del 83% tenía menos de unos 2.000 metros cuadrados y casi la mitad no alcanzaba los 500. Apenas el 1,5% superaba una hectárea. Además, más de tres cuartas partes contaban con murallas, se encontraban sobre elevaciones rocosas o reunían ambas condiciones.

Esa distribución pudo dificultar la conquista de las comunidades septentrionales, ya que obligaba a localizar y someter numerosos núcleos de población. Los autores señalan que el 87% de los asentamientos estudiados eran nuevas fundaciones, surgidas en una época de profundas transformaciones. En La Mancha se construyeron también las llamadas motillas, fortificaciones que protegían el acceso a pozos y otros recursos hídricos.

La dispersión ofrecía otra ventaja a las poblaciones que querían mantenerse fuera del dominio argárico. Los asentamientos pequeños proporcionaban menos alimentos y personas a un posible invasor, mientras que su distribución complicaba la vigilancia del territorio. Para ilustrar ese mecanismo, los investigadores recurren al caso de los matsigenka de la Amazonía, cuyas formas históricas de poblamiento permitían eludir presiones externas.

La vida cotidiana de las comunidades septentrionales dependía principalmente de la agricultura y la ganadería. En sus yacimientos aparecen piezas de hoces, piedras de molienda y recipientes destinados al almacenamiento de alimentos. También siguieron utilizando puntas de flecha de sílex, una tecnología que había desaparecido de El Argar alrededor del 2200 a. C.

La resistencia territorial dificultó el control de las poblaciones septentrionales

Los restos humanos indican que la violencia también tuvo un papel importante en aquellas relaciones. En el norte de Murcia, una zona próxima a los límites de El Argar, hasta el 37,5% de los esqueletos analizados presentaba heridas provocadas por armas. La proporción contrasta con la documentada en regiones más alejadas.

En la Motilla del Azuer, en Daimiel, el 48% de los hombres adultos estudiados tenía lesiones compatibles con enfrentamientos, frente al 9,1% de las mujeres. Uno de los individuos, enterrado entre 2040 y 1870 a. C., había sufrido heridas causadas por distintos tipos de armas. Los análisis forenses apuntan a la intervención de varios agresores.

El origen de este escenario se sitúa hacia el 2200 a. C., cuando El Argar comenzó a desarrollarse en el sureste de la Península Ibérica. En unos 450 años, su territorio pasó de aproximadamente 5.500 a 34.000 kilómetros cuadrados. Sus grandes asentamientos, la concentración de recursos y los enterramientos de élites con armas y objetos valiosos reflejan una sociedad fuertemente jerarquizada.

El control de los recursos minerales fue otro componente de su crecimiento. Los análisis de isótopos de plomo indican que entre el 17% y el 24% del metal argárico estudiado procedía del distrito minero de Linares-La Carolina, en Jaén. En determinadas zonas fronterizas también se han encontrado alabardas, espadas y dagas que muestran la importancia de las armas de metal.

La expansión argárica hacia el norte terminó frenándose después de aproximadamente el 1800 a. C., aunque las causas concretas de ese límite territorial siguen abiertas a investigación. La sociedad de El Argar desapareció hacia el 1550 a. C. y el estudio plantea que las decisiones de las comunidades vecinas pudieron influir en el alcance de su poder.