Esta química y Premio Nobel es considerada toda una pionera de la cristalografía de rayos X
Nacida en El Cairo el 12 de mayo de 1910, en un momento donde Egipto era todavía una colonia británica y la ciencia parecía un coto privado reservado para los hombres, la fascinación por el mundo natural y la composición de la materia despertó en Dorothy Mary Crowfoot Hodgkin a los diez años, cuando realizaba experimentos caseros con diversos minerales y cristales. Un libro de William Bragg sobre la naturaleza de las cosas prendió la chispa definitiva al mostrar cómo los rayos X permitían observar los átomos invisibles. Esta lectura visionaria marcó el inicio de una vocación que la llevaría a explorar las fronteras más remotas del conocimiento molecular para siempre.
Su audacia la impulsó a perseguir proyectos que otros colegas consideraban imposibles, demostrando desde joven una voluntad de hierro inquebrantable. La historia de esta pionera es un relato de genialidad, paciencia infinita y una pasión desbordante por la química biológica. Durante toda su vida, Hodgkin mantuvo ese espíritu audaz que le permitió realizar descubrimientos que transformaron la medicina moderna.
En 1928, Hodgkin ingresó al Somerville College de la Universidad de Oxford para estudiar química, superando con creces los prejuicios de una época en la que las mujeres tenían el acceso muy restringido. Allí se convirtió en la tercera mujer de la historia en graduarse con honores de primera clase, un hito académico que fue considerado extraordinario. Su camino continuó en la Universidad de Cambridge, bajo la tutela del brillante y progresista John Bernal, quien creía firmemente en la igualdad científica de género. Bernal le enseñó que no existen fronteras reales entre las ciencias y la introdujo en el campo de la cristalografía de rayos X aplicada a la biología.
Durante su doctorado, aprendió a deducir la posición tridimensional de los átomos mediante complejos cálculos matemáticos realizados totalmente a mano. Aquellos años formativos fueron cruciales para desarrollar la sensibilidad única que mostraría más tarde al analizar los patrones de difracción molecular. Su compromiso con el estudio de las sustancias de interés para la salud humana sentó las bases de la biología estructural moderna en el siglo XX. Dorothy demostró que era posible romper las barreras de cristal que impedían a las mujeres brillar con luz propia en la ciencia.
Tras finalizar su tesis doctoral en 1937, regresó a Oxford para iniciar una carrera investigadora que se prolongaría con éxito durante el resto de su vida. Ese mismo año contrajo matrimonio con el historiador Thomas Hodgkin y comenzó su labor incansable descifrando las estructuras de diversas moléculas orgánicas. Uno de sus primeros grandes éxitos fue la determinación del yoduro de colesterilo, un trabajo que confirmó el potencial de los rayos X en moléculas biológicas. A pesar de ser diagnosticada con una artritis reumatoide severa a los 24 años, nunca permitió que el dolor crónico detuviera su avance científico. Sus manos, aunque visiblemente deformadas por la enfermedad, seguían manipulando con una precisión exquisita los pequeños cristales en su laboratorio de Oxford.
Esta fortaleza física y mental le permitió afrontar retos intelectuales que intimidaban a los investigadores más experimentados de su generación. Fue una verdadera pionera en utilizar la arquitectura molecular para comprender las funciones y comportamientos de las sustancias químicas vitales. La Segunda Guerra Mundial marcó un antes y un después cuando Hodgkin centró sus esfuerzos en la estructura de la penicilina, un fármaco vital para salvar soldados. En 1945, logró demostrar que este antibiótico contenía un anillo de beta-lactama, contradiciendo las teorías químicas más extendidas en aquel período histórico. Este descubrimiento fue fundamental para facilitar la producción masiva del medicamento y permitió el desarrollo de nuevas variantes sintéticas más eficaces.
Para agilizar sus complejas investigaciones, comenzó a utilizar los primeros ordenadores de IBM, convirtiendo a los cristalógrafos en usuarios pioneros de la informática. Su capacidad para combinar la experimentación química tradicional con herramientas tecnológicas de vanguardia fue una de sus mayores virtudes como científica. El éxito con la penicilina la consagró como una figura de referencia internacional y le permitió entrar en la Real Sociedad de Londres en 1947. Dorothy demostró que conocer la estructura de una molécula era el paso previo indispensable para entender su función curativa en el cuerpo humano. Su trabajo no solo salvó vidas durante el conflicto bélico, sino que abrió una nueva era en la industria farmacéutica global de antibióticos.
A mediados de los años cincuenta, Hodgkin emprendió otro desafío monumental: descifrar la estructura de la vitamina B12, crucial para combatir la anemia perniciosa. Muchos expertos creían que la complejidad de esta molécula superaba las capacidades de la técnica de rayos X disponible en ese momento específico. Sin embargo, tras seis años de cálculos matemáticos intensos, en 1956 reveló una arquitectura totalmente nueva que incluía un átomo de cobalto central. Su meticuloso trabajo permitió entender cómo esta sustancia esencial interactúa con el organismo humano para producir los glóbulos rojos necesarios.
Y, por fin, el Nobel
El reconocimiento definitivo a su carrera llegó en 1964, cuando recibió el Premio Nobel de Química en solitario por sus brillantes determinaciones estructurales. Fue la quinta mujer en obtener un Nobel y la primera británica en lograr tal distinción en el ámbito de las ciencias experimentales. Algunos periódicos de la época publicaron titulares condescendientes que la llamaban “ama de casa de Oxford”, ignorando su inmenso genio científico. Lejos de detenerse tras el premio, continuó trabajando en su proyecto más extenso: la compleja estructura de la hormona insulina. Después de treinta y cuatro años de dedicación constante, en 1969 finalmente logró revelar la arquitectura completa de esta proteína vital.
Más allá de sus laboratorios, Hodgkin fue una educadora excepcional que formó a generaciones de científicos, incluyendo a la futura primera ministra Margaret Thatcher. También destacó por su firme activismo social, presidiendo la Conferencia de Pugwash para promover el desarme nuclear y la paz mundial. Recibió honores del más alto nivel, como la prestigiosa Orden del Mérito y la Medalla Copley, siendo la primera mujer en obtener esta última. A pesar de pasar sus últimos años de vida en silla de ruedas, continuó viajando e impartiendo conferencias con el entusiasmo de su juventud. Falleció el 29 de julio de 1994 a los 84 años, dejando un legado científico que es visible en los tratamientos médicos actuales. De hecho, hasta un asteroide lleva hoy su nombre en el firmamento en reconocimiento a una vida dedicada a iluminar las estructuras de la existencia.