Más de 500 euros por 16 metros cuadrados: el nuevo mapa del alojamiento juvenil “asequible” en Zaragoza
500 euros al mes por 16,5 metros cuadrados. Esa es la referencia de partida que se maneja para una de las habitaciones individuales de Aloha Pirineos, la nueva residencia para jóvenes que abrirá sus puertas en a finales de 2026 en Zaragoza. El proyecto nació con la premisa clara de ofrecer alojamiento asequible a menores de 30 años sobre suelo público. Sin embargo, cuando se pone la cifra y el tamaño de la habitación uno al lado del otro, la palabra “asequible” empieza a ser discutible.
“La residencia está muy bien porque tienes todo incluido y no tienes que preocuparte de buscar piso, pero pagar 600 o 700 euros todos los meses no es algo que pueda pagar cualquier estudiante. Deberíamos tener más opciones”, asegura Laura, estudiante de ciencias.
La cantidad todavía no es definitiva, pero los responsables del complejo sitúan actualmente el precio de salida alrededor de los 500 euros mensuales, frente a los aproximadamente 400 euros que se manejaban cuando el proyecto fue adjudicado en 2021. La subida acumulada en estos años se justifica por la evolución de los costes, pero el resultado es una habitación de poco más de 16 metros cuadrados por una cantidad que para muchos jóvenes supone una parte importante de sus ingresos.
A cambio, Aloha ofrece acceso a zonas comunes y servicios como lavanderías, comedores, gimnasio, salas multiusos, cine, coworking y una gran terraza con vistas al Ebro y al Pilar. También están previstos servicios de limpieza y cambio de ropa de cama. Se trata del modelo de coliving, un modelo residencial que ha ganado terreno en las ciudades y que transforma la habitación en una propuesta más amplia.
No obstante, el problema reside en que el precio ya no se mide únicamente por los metros cuadrados, sino por todo lo que se ofrece alrededor. Por lo tanto, lo que sobre el papel se presenta como una alternativa al alquiler convencional puede terminar siendo inasumible para el mismo joven al que pretende facilitar el acceso a una vivienda.
Zaragoza se llena de residencias
Aloha Pirineos forma parte de una transformación mucho más amplia del mercado residencial de la capital aragonesa. La ciudad estrena este septiembre tres nuevos alojamientos para jóvenes que suman más de 1.100 plazas. De hecho, son proyectos de grandes dimensiones, impulsados en buena medida por empresas y fondos de inversión, que han encontrado en la falta de vivienda para estudiantes y jóvenes un mercado en expansión.
La mayor residencia de todas las que se han construido es Bravo! Actur, con 676 camas y una inversión de unos 40 millones de euros. Sus habitaciones parten de unos 520 euros mensuales en las modalidades más económicas y alcanzan alrededor de 650 euros para los alojamientos individuales, sin incluir determinados servicios de manutención.
Esta infraestructura ofrece piscina exterior, pista de pádel, gimnasio, restaurante, salas de estudio y espacios comunitarios. Por todo ello, la propuesta se parece cada vez menos a la tradicional residencia universitaria y más a un pequeño complejo residencial donde el alojamiento se combina con ocio y espacios de convivencia.
“Todo eso está bien, de verdad. Pero una vez que terminemos la carrera, no tendremos alternativas que sean asequibles. En algunas residencias podemos quedarnos hasta los 30 años, pero, en el caso de no querer estar aquí y buscar más independencia, tampoco podemos ir a un piso porque es inasumible”, reivindica Luis, también estudiante de la rama científica.
Del mismo modo, añade que lo que buscan los jóvenes en estos momentos son “lugares en los que poder seguir siendo jóvenes, pero también vivir y pensar en el futuro”. “Está todo imposible. Lo de la compra es algo que ni me lo planteo, obviamente, pero los alquileres están por las nubes. Y pagar más de 600 euros al mes una sola persona hace que no puedas ahorrar porque lo que cobramos muchas veces no da”, afirma.
También ha llegado a Zaragoza Odalys Campus, con 180 estudios individuales con cocina y baño privados. Sus precios se sitúan aproximadamente entre los 700 y los 1.200 euros al mes. En el centro, el antiguo colegio Virgen Reina acoge 77 habitaciones de Be Live, con tarifas que parten de los 850 euros.
De hecho, no son los únicos. Kadora cuenta con 205 habitaciones y ha alcanzado el 100% de ocupación durante los dos últimos cursos, con precios de entre 672 y 1.035 euros. Xior, por su parte, dispone de 377 plazas y ofrece determinadas habitaciones desde unos 405 euros, aunque el coste aumenta según el tipo de alojamiento y los servicios incluidos.
El resultado es un mercado con más plazas y servicios, pero también con precios elevados. Las residencias se han convertido en una alternativa cada vez más habitual para quienes llegan a Zaragoza a estudiar, pero también en un negocio inmobiliario con un creciente interés inversor.
Más camas, pero no necesariamente más asequibilidad
La contradicción aparece cuando se compara esta expansión con la situación económica de sus potenciales usuarios. Un estudiante que paga 500 euros por una habitación en Aloha, 520 en Bravo! o 700 en otras residencias no está accediendo a una vivienda barata, sino a una fórmula diferente de alojamiento, con servicios adicionales que pueden hacerla más cómoda, pero que también forman parte del precio.
La cuestión es si llamar “alquiler asequible” a una habitación de 16,5 metros cuadrados por 500 euros cambia realmente la situación de un joven que no puede asumir el precio de una vivienda convencional. “No me importa que tenga menos cosas, mientras el precio sea más barato. Lo que necesito es tener un sitio donde dormir, el resto es adicional”, sostiene la estudiante de ciencias.
En el caso de Aloha, además, el debate tiene el elemento añadido de que es suelo público, ya que el proyecto fue impulsado por el Gobierno de Aragón para generar una alternativa residencial para menores de 30 años y la concesión se planteó bajo el concepto de alojamiento asequible. En este sentido, la Administración mantiene la titularidad del suelo mientras la explotación corresponde a la empresa adjudicataria.
La diferencia respecto a una residencia privada convencional está, por tanto, en el origen del proyecto y en las condiciones de la concesión. Sin embargo, para quien tiene que pagar la factura a final de mes, la pregunta se basa en cuánto dinero se necesita para poder vivir allí.
El alquiler tradicional tampoco da tregua
La proliferación de residencias llega además en un momento en el que el alquiler convencional se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la emancipación juvenil. Compartir piso sigue siendo una opción habitual, pero encontrar una habitación a un precio razonable, en una zona bien comunicada, con buenas condiciones y sin problemas en el propio edificio se ha vuelto cada vez más difícil.
No obstante, las residencias solucionan algunos de esos problemas porque allí no es necesario buscar compañeros, contratar suministros ni equipar una vivienda y, en muchos casos, la limpieza, internet o determinadas comidas están incluidas. Para un estudiante que llega desde otra ciudad o desde otro país, la comodidad, aunque tiene un coste, puede pesar tanto como el precio.
Aun así, el fenómeno refleja la necesidad de que en Zaragoza haya más alojamiento para estudiantes y jóvenes de una manera más asequible porque, en su mayoría, no cuentan de partida con los mismos recursos que podría tener una persona más adulta.
“Cuando estás estudiando o sales de la carrera, lo que te ofrecen son contratos bastante precarios. Así es imposible. Creo que es muy difícil pensar en construir un proyecto de vida teniendo un salario normal y pagando la mitad de él en una residencia”, añade la estudiante de ciencias.
En este escenario, también se detecta que modelo residencial ha evolucionado y la habitación ha dejado de ser solo un lugar para dormir. De hecho, es esa transformación la que permite a las empresas justificar precios que pueden superar los de una habitación tradicional porque el usuario no compra solo una habitación, sino que también adquiere servicios y una determinada forma de vida.
Las organizaciones estudiantiles ya han puesto el foco en esta contradicción. Durante una protesta celebrada con motivo del inicio del curso, colectivos universitarios denunciaron los problemas para encontrar alojamiento a precios asequibles y cuestionaron que las nuevas residencias, con habitaciones que parten de alrededor de 400 euros, respondan a las posibilidades económicas de los estudiantes.
Los colectivos reclaman ampliar la oferta pública y señalan que las ayudas para alojamiento resultan “insuficientes” para hacer frente a los precios actuales. Su demanda apunta a un problema que va más allá de una residencia concreta, ya que aumentar el número de camas no garantiza que aumente también el número de jóvenes que pueden permitírselas.
“Al final necesitas ayuda de tus padres”
La experiencia de los propios estudiantes permite aterrizar unas cifras que, sobre el papel, pueden parecer asumibles para una parte de las familias. “Cuando empiezas a buscar te das cuenta de que una habitación ya cuesta mucho dinero. Y si además quieres estar cerca de la universidad, encontrar algo que puedas pagar es difícil”, añade Luis, una idea a la que Laura también añade que “si queremos ser independientes, así es imposible empezar a hacerlo”.
“Todos acabamos pidiendo ayuda a nuestros padres, pero no todos los padres pueden ayudar a sus hijos. Parece que no se tiene en cuenta y por mucho que nosotros podamos buscar trabajo, si más de la mitad de nuestro sueldo se va solo en el alojamiento, no podemos hacer mucho más”, agrega ella.
Mientras una habitación de 16,5 metros cuadrados puede alcanzar los 500 euros incluso dentro de un proyecto concebido sobre suelo público como alojamiento asequible, otras residencias privadas superan los 800 o 1.000 euros mensuales. El mercado ofrece cada vez más opciones, pero también obliga a preguntarse quién puede acceder realmente a ellas.
La paradoja es que el problema que estas residencias pretenden solucionar puede seguir existiendo para quienes no tienen capacidad económica para pagar el nuevo modelo residencial que, como reivindica Laura, “un contrato temporal o una beca de prácticas no llega”.
0