Viste capa negra y sombrero y cada día recorre el casco histórico de esta ciudad polaca para encender más de 100 lámparas de gas
En la zona más antigua de la hermosa ciudad polaca de Breslavia, un curioso personaje aparece cada atardecer. Cuando la luz del sol comienza a desvanecerse en el horizonte, hace acto de presencia un misterioso farolero para iniciar su tradicional andadura diaria. Ataviado con su característica capa de color negro y un elegante sombrero de copa, este guardián de las tradiciones se convierte en el foco de atención de locales y curiosos que aguardan su misteriosa aparición en el casco histórico. Su misión, que repite sin importar las condiciones climáticas del día, consiste en encender de forma totalmente manual más de 100 farolas históricas que se alimentan de gas y que iluminan las empedradas callejuelas de la mítica ‘isla’ de la catedral.
Este oficio ancestral, que en la inmensa mayoría de las capitales del continente europeo desapareció por completo con la llegada de la iluminación eléctrica masiva a mediados del siglo XX, se mantiene vivo en esta ciudad de Polonia por razones muy particulares. Gran parte del territorio que conforma la ‘isla’ de la catedral pertenece históricamente a las instituciones eclesiásticas polacas, lo que permitió que esta zona escapara de las directrices municipales de modernización de los años sesenta. Gracias a este singular limbo administrativo y a la voluntad de conservar el patrimonio cultural de la urbe, se decidió mantener las lámparas de gas originales como un símbolo romántico de resistencia contra el olvido del pasado.
El recorrido diario del farolero no es un espectáculo coreografiado por una oficina de turismo, sino una tarea real que exige disciplina y un gran esfuerzo físico. El operario utiliza una larga pértiga que lleva conectada una carga de gas butano para activar de manera manual el mecanismo de ignición de cada una de las 102 farolas que componen su ruta. Con paso firme y apresurado, el farolero va recorriendo los empedrados medievales mientras levanta su vara hacia las alturas para que una pequeña llama brote en el interior de los antiguos globos de cristal. Este proceso meticuloso le lleva aproximadamente una hora de caminata constante por las calles de la 'isla', uniendo a través de la luz las diferentes esquinas históricas de este mágico enclave fluvial.
La puntualidad es una de las virtudes más destacadas de este guardián nocturno de Breslavia cuyo horario, eso sí, varía de forma continua según las estaciones del año debido a que está determinado por la hora exacta de la puesta de sol. En la temporada invernal, cuando las tardes polacas son extremadamente cortas y frías, el encendido comienza a realizarse alrededor de las cuatro y media de la tarde para asegurar que la oscuridad no sorprenda a los transeúntes. Por el contrario, durante los largos días del verano, cuando el crepúsculo se prolonga de manera notable, la ceremonia de iluminación puede retrasarse hasta pasadas las nueve de la noche, sin importar en ningún momento que llueva, nieve o haga un frío (o un calor) extremo.
Los visitantes que desean experimentar esta magia urbana suelen congregarse en las inmediaciones de la imponente Catedral de San Juan Bautista, que es el epicentro espiritual de Ostrów Tumski y el punto habitual de partida de la ronda del farolero. Allí, en un ambiente de respetuoso silencio, los turistas esperan con sus cámaras preparadas para captar el instante exacto en el que aparece la silueta oscura emergiendo de la penumbra. Se recomienda a los curiosos mantener una distancia prudente para no obstaculizar la labor del operario, quien avanza con rapidez de una esquina a otra, concentrado en su oficio diario, mientras las calles empedradas van cobrando una cálida y poética tonalidad anaranjada.
Además de su indudable valor como atractivo turístico que inunda las redes sociales con hermosas fotografías y vídeos virales, el farolero representa un puente vivo con la historia más profunda de esta urbe de Silesia. Y es que Breslavia es una ciudad marcada por múltiples conflictos bélicos a lo largo de los siglos y que sufrió una devastación cercana al 70% durante los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial. La reconstrucción meticulosa de su patrimonio gótico y barroco incluyó la preservación de estas lámparas que datan del año 1847, convirtiendo este humilde ritual diario en un emotivo homenaje a la resiliencia y la memoria colectiva del pueblo polaco.
Retiro en silencio
El contraste entre la vitalidad moderna de Breslavia, que cuenta con una prestigiosa universidad y miles de jóvenes estudiantes que llenan sus animadas plazas, y el aire medieval que se respira al cruzar el histórico puente Tumski es sorprendente. Esta pasarela de hierro, conocida tradicionalmente como el puente de los candados, sirve como portal de entrada a un mundo donde el tiempo parece haberse detenido. Una vez que el farolero culmina su andadura y se retira en silencio hacia la oscuridad de la noche, las luces de gas recién encendidas proyectan sombras alargadas sobre los muros de las iglesias antiguas y de los conventos, creando una de las atmósferas más románticas de Europa.
Ver al farolero en acción es asomarse a una profesión que parecía destinada a extinguirse pero que hoy brilla con luz propia como un tesoro patrimonial insustituible en muchos lugares. Esta bella tradición no requiere pagar ninguna entrada ni reservar pases especiales, ya que es un regalo diario que la ciudad ofrece generosamente a todo aquel que esté dispuesto a caminar despacio y contemplar la belleza de los pequeños detalles. Mientras el gas siga fluyendo por las tuberías históricas y haya una mano dispuesta a sostener la pértiga, el mítico centro de Breslavia continuará encendiendo su propia poesía visual al caer cada atardecer.