Don Benito sorprende con un templo que parece griego pero está hecho con materiales reutilizados

Héctor Farrés

31 de agosto de 2025 15:00 h

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El mármol representó durante siglos la materia prima más apreciada en la arquitectura monumental, ya que transmitía solidez y prestigio en templos, palacios y tumbas. Su brillo y resistencia hicieron que griegos y romanos lo consideraran indispensable para sus obras más emblemáticas, que aún hoy marcan la memoria cultural de Europa.

La elección de este material no respondía solo a la estética, sino también a su capacidad de perdurar frente al tiempo y las inclemencias. Con esa tradición de grandeza en mente resulta llamativo que en Extremadura, en pleno corazón de la provincia de Badajoz, exista un templo que imita la monumentalidad clásica sin necesidad de recurrir a mármol alguno, levantado en Don Benito con piezas reutilizadas.

Columnas hechas de tubos y adoquines cambiaron la idea de lo que podía ser un monumento clásico

El llamado Partenón extremeño se ubica dentro del parque El Palmeral, un espacio verde situado al sur del núcleo urbano. Quienes acceden por sus senderos se encuentran de golpe con una estructura que evoca la majestuosidad griega gracias a sus columnas alineadas, aunque una observación atenta revela que no se trata de piedra pulida, sino de elementos agrícolas en desuso.

Tubos de regadío, adoquines retirados de las calles y acequias olvidadas fueron rescatados para dar vida a un conjunto que desafía cualquier expectativa sobre lo que significa un monumento. Ese gesto de reutilización lo convirtió en un ejemplo visible de cómo el reciclaje puede alcanzar una dimensión cultural.

La construcción no fue instantánea, sino que se desarrolló en varias fases hasta alcanzar la forma actual. En 2011 se añadió una cubierta metálica que reforzó la estructura y le dio un aspecto aún más cercano al de los templos helenos. El resultado funciona como homenaje a la arquitectura clásica, aunque reinterpretado con los recursos de un entorno agrícola que supo reconvertirse en símbolo de modernidad. Con esa transformación, Don Benito encontró en su particular Partenón una forma de proyectar identidad y creatividad hacia el resto del país.

El Partenón se transformó en un espacio vivo para teatro, conciertos y actividades culturales

El monumento no quedó limitado a una función ornamental. Con el paso de los años se convirtió en un punto de encuentro para actividades culturales organizadas por colectivos locales. El teatro encontró en él un espacio singular, como ocurrió en 2014 con la representación de Antígona, cuya puesta en escena aprovechó tanto la acústica como la atmósfera del conjunto.

La música también tuvo cabida, ya que conciertos y espectáculos de pequeño formato encontraron un entorno distinto en esas columnas recicladas. Así, la obra pasó de ser curiosidad arquitectónica a convertirse en un espacio vivo, capaz de acoger iniciativas diversas.

A partir de 2016, la ciudad potenció aún más su uso con las llamadas caminatas nocturnas de luna llena. Estas rutas comienzan en el casco urbano y culminan en el Partenón, donde los participantes participan en talleres culturales y charlas sobre sostenibilidad. La cita mensual se consolidó como un atractivo para vecinos y visitantes interesados en el turismo activo. Gracias a esa programación, el parque El Palmeral dejó de ser solo una zona verde y se transformó en un lugar donde deporte, cultura y conciencia ambiental avanzan de la mano.

El espacio que rodea al monumento también ganó protagonismo. Existen itinerarios circulares de varios kilómetros que permiten descubrir la biodiversidad de la zona y disfrutar de vistas sobre el valle del Guadiana. Los recorridos, de dificultad moderada, se adaptan a distintas edades y convierten la visita en una experiencia que combina actividad física y descubrimiento patrimonial. En este contexto, el Partenón de Don Benito ya no se percibe únicamente como unaconstrucción simbólica, sino como nodo central de una red de actividades en el pueblo.

La grandeza del Partenón extremeño reside en convertir desechos agrícolas en referente cultural

Así las cosas, la particularidad de esta obra reside en haber reinterpretado la estética de un templo clásico mediante materiales que, en otras circunstancias, habrían terminado abandonados. Esa decisión lo distingue de las construcciones antiguas, cuyo lujo se medía en canteras de mármol y columnas macizas.

En el caso extremeño, la grandeza no está en el material, sino en la idea de reutilización y en la capacidad de transformar lo ordinario en referente cultural. El contraste entre las piedras que forjaron el esplendor clásico y los tubos de regadío que levantan este monumento funciona como un gran ejemplo de que la monumentalidad también puede surgir de la imaginación y la ecología.