La ruta junto al Tajo con la que disfrutar de sabinas, interminables vistas desde un castillo o el único monasterio cisterciense habitado de esta provincia
En el Parque Natural del Alto Tajo hay una ruta senderista que fusiona espiritualidad, historia y naturaleza salvaje. La ruta hacia el Castillo de Alpetea, partiendo de la pintoresca localidad de Villar de Cobeta, es un interesante recorrido indispensable para quienes buscan redescubrir los secretos mejor guardados de la provincia de Guadalajara. A través de un trayecto lineal de baja dificultad técnica, apto para disfrutar en familia, uno se adentra en un precioso paraje de piedra y vegetación, un viaje que comienza a unos 129 kilómetros de la capital provincial tras recorrer carreteras que serpentean entre valles y bosques exuberantes de gran riqueza maderera y paisajística.
El objetivo final es alcanzar un lugar tal vez poco conocido pero espectacular, un mirador único desde el cual se dominan los valles del Tajo y del Gallo con una perspectiva aérea incomparable. Antes de calzarse las botas, es obligatorio detenerse en el Monasterio de Buenafuente del Sistal, una joya del románico cisterciense francés fundada por Alfonso VIII a finales del siglo XII. Este cenobio destaca por ser el único monasterio cisterciense que todavía se mantiene habitado en toda la provincia de Guadalajara, albergando en su interior a una comunidad de monjas bernardas. El conjunto monumental respira una paz absoluta, marcada por el murmullo de la fuente que da nombre al lugar y que sigue manando agua ininterrumpidamente desde hace siglos junto a la iglesia.
Las religiosas no solo mantienen la vida contemplativa, sino que también regentan una hospedería anexa para quienes buscan un retiro de tranquilidad absoluta en este enclave sagrado. La visita ofrece el preludio perfecto de serenidad antes de iniciar el ascenso hacia las alturas, permitiendo al viajero conectar con la herencia cultural de estas tierras.
El punto de partida de la ruta se sitúa en la plaza de Villar de Cobeta, un pequeño caserío donde sobresale su sencilla iglesia parroquial y una fuente centenaria. Desde este punto, una callejuela desciende con rapidez hacia una pista asfaltada que nos saca del casco urbano, dejando atrás el cementerio local y antiguas edificaciones ganaderas. El camino es ancho y cómodo, permitiendo un paso ligero mientras se observan los campos de labor que poco a poco van cediendo terreno al monte bajo de la altiplanicie. A medida que avanzamos, la señalización de los senderos de gran recorrido guía el rumbo hacia el imponente promontorio que domina el horizonte y que constituye el destino final.
El asfalto de la pista inicial presenta baches y socavones, pero pronto se abandona para continuar por un camino de tierra que se interna de lleno en la naturaleza más pura. Uno de los mayores incentivos botánicos de este recorrido es el maravilloso sabinar centenario que custodia las tierras altas de la zona, un bosque ancestral cargado de una mística especial. En el margen izquierdo del camino, el caminante se encontrará con un ejemplar excepcional conocido como la Sabina Gorda, una maravilla de la naturaleza cuyas dimensiones sobrecogen. Este árbol singular se alza como un guardián del tiempo en medio de un paisaje donde también conviven encinas, algunos quejigos y pinos, creando un mosaico vegetal valioso.
Caminar entre estas sabinas es sumergirse en la historia viva del Alto Tajo, disfrutando de un aire puro y un entorno que ha permanecido prácticamente inalterado durante siglos. La ruta ofrece la oportunidad de detenerse a contemplar estos gigantes vegetales antes de que el sendero se estreche para dirigirse finalmente hacia el borde de los acantilados. Al aproximarnos al borde del precipicio, el paisaje natural se entrelaza con las cicatrices de la historia reciente de España a través de una posición fortificada de la Guerra Civil. Lo que desde la distancia podría confundirse con restos de una fortaleza antigua son, en realidad, un complejo sistema de trincheras construidas para controlar el paso del Puente de San Pedro.
Un balcón privilegiado
El destino final de la marcha es el Castillo de Alpetea. Se trata de un promontorio natural situado a 1.269 metros de altitud cuyo nombre proviene de leyendas que sitúan en este enclave la morada de un guerrero musulmán llamado Montesinos. Para otros, la denominación responde simplemente a la caprichosa forma de los farallones rocosos que, vistos desde la lejanía, evocan la silueta de una inexpugnable fortificación inaccesible. Sea cual sea su origen, este lugar funciona hoy como una de las mejores atalayas de toda la provincia, ofreciendo un balcón privilegiado desde el cual dominar la inmensidad. Es un rincón donde la geología ha esculpido formas dramáticas que desafían la gravedad sobre las aguas turquesas del río Tajo que fluye cientos de metros más abajo.
Desde este mirador único, las vistas se vuelven interminables y regalan una panorámica que justifica cada paso dado, con el Tajo y el Gallo como protagonistas absolutos. De frente se despliegan los majestuosos meandros del río, flanqueados por los farallones de Peñacorva y la Escaleruela, con el pueblo de Zaorejas asomando en el horizonte. Hacia la derecha, el barranco continúa su curso, permitiendo incluso divisar la impresionante Cascada del Campillo si el caudal de agua es suficiente en esa época. El espectáculo visual desde esta atalaya natural es considerado por muchos como uno de los más bellos y potentes de todo el parque.