El santuario valenciano que conserva uno de los conjuntos de pintura barroca en trampantojo más originales de España
Los edificios históricos no siempre conservan la apariencia que tenían cuando comenzaron a construirse. Con el paso del tiempo, las necesidades de quienes los utilizaban y los gustos artísticos motivaron reformas en salas y fachadas. Las intervenciones podían cambiar una estancia por completo o limitarse a renovar su ornamentación. Por eso, para entender algunos monumentos hay que mirar más allá de su fecha de origen y prestar atención a las partes incorporadas después.
En los lugares de peregrinación, esa evolución también estuvo relacionada con su funcionamiento cotidiano. Junto al espacio reservado al culto podían levantarse alojamientos y otras dependencias para atender a quienes acudían al lugar. Así, lo que había comenzado como un edificio religioso acababa formando parte de un complejo más amplio. Su distribución ayuda a comprender su actividad más allá de las ceremonias. Las estancias tenían cometidos distintos, aunque formaban parte del mismo lugar de devoción.
Otro de los cambios puede observarse en la decoración. Una iglesia de origen medieval puede conservar elementos artísticos realizados siglos después, cuando los encargados de su mantenimiento decidieron modificar su interior. Esas intervenciones también condicionan su aspecto actual. No se trata solo de identificar un estilo, sino de distinguir qué se hizo primero y qué se añadió después. Una obra pictórica, por ejemplo, puede corresponder a un momento muy posterior al de la construcción sobre la que aparece.
En el norte de Castellón, Traiguera reúne parte de esa historia en un antiguo lugar de devoción. El municipio, perteneciente a la comarca del Baix Maestrat, conserva un santuario cuya construcción se inició en la Edad Media y que después incorporó otras dependencias y elementos decorativos. El recorrido por el recinto se puede completar con una visita al casco urbano, donde permanecen construcciones religiosas, civiles y defensivas de diferentes épocas.
Pinturas barrocas y un origen ligado a una fuente
Una de las intervenciones más características del Real Santuario de la Virgen de la Fuente de la Salud, también conocido como Font de la Salut, es la decoración barroca fechada en 1736. Se conserva detrás de una gran reja de hierro y corresponde a un periodo muy posterior a las primeras construcciones. Es una muestra de las modificaciones que recibió el interior después de su origen medieval.
El trampantojo utiliza la perspectiva para representar elementos que parecen formar parte de la arquitectura, aunque estén pintados sobre una superficie plana. Las líneas y las formas se organizan para dar una impresión de relieve o profundidad que no existe físicamente. De esta manera, la decoración puede modificar el aspecto de una estancia sin cambiar sus muros. Es uno de los recursos de la pintura barroca y, en un templo con intervenciones de varias épocas, ayuda a distinguir entre lo que se construyó y lo que solo se representó.
La historia del lugar, sin embargo, comenzó mucho antes. Según la tradición religiosa, una imagen de la Virgen fue encontrada al lado de un manantial al que se atribuyeron cualidades curativas. En torno a esa creencia nació la devoción que acabaría dando nombre al santuario. La narración forma parte de la tradición religiosa local, sin que el episodio pueda darse por acreditado históricamente. La referencia al manantial explica también que la fuente esté presente en la propia denominación del lugar.
Las primeras obras se remontan al siglo XIV y tuvieron un carácter gótico. Más adelante, se fueron sumando elementos renacentistas y barrocos, de manera que la construcción fue adquiriendo una apariencia distinta de la inicial. Las sucesivas ampliaciones explican la variedad de estilos que se observa hoy. El gótico no desapareció de su historia, pero dejó de ser la única referencia artística de un edificio que continuó transformándose.
La iglesia, además, no constituye por sí sola todo el conjunto. Junto a ella se encuentran la antigua hospedería, la Casa dels Capellans y el Palacio de los Duques de Segorbe. Son edificios asociados a funciones diferentes: el alojamiento, la actividad religiosa y la presencia de una institución nobiliaria. Así, el recinto fue sumando dependencias destinadas a actividades distintas de las ceremonias.
La historia de Traiguera permite poner este patrimonio en relación con otras etapas anteriores y posteriores. La localidad se encontraba junto a la Vía Augusta, una de las comunicaciones de época romana. Distintas civilizaciones dejaron su huella en la zona y, tras el periodo musulmán, el municipio pasó a estar vinculado a las órdenes del Hospital y de Montesa. Ese pasado también se reconoce en el casco urbano.
Entre los elementos que se conservan figura el sistema defensivo, formado por un recinto amurallado de origen medieval y una ampliación abaluartada del siglo XVII. Son dos etapas de las fortificaciones locales. Este conjunto está declarado Bien de Interés Cultural, por lo que las defensas constituyen una de las referencias del recorrido patrimonial por Traiguera. Su presencia incorpora a la visita una parte de la historia municipal ajena a los espacios de culto.