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En la luna de Valencia

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Los dos creen que los canarios estamos siendo invadidos por los inmigrantes que ellos denominan moros, ignorantes de que la mayoría de los que llegan en pateras procede de países subsaharianos y no magrebíes.

Podemos discutir si la palabra moro es peyorativa o coloquial, si es despreciativa o cariñosa, pero lo que es indiscutible es la estulticia que envuelve estos razonamientos racistas y xenófobos.

Evidentemente ni Valencia ni González Arroyo cuentan la diplomacia entre sus virtudes, pero su condición pública les obliga a un comportamiento ejemplar y no pachanguero, más digno de una verbena de su pueblo.

La Justicia, por su parte, sigue a lo suyo, silbando y mirando a otra parte. No hay forma de que los fiscales o los jueces abran una investigación motu proprio. Siempre tiene que haber algún probo ciudadano que dé el primer paso.

Los encargados de impartir justicia se comportan como el funcionario arquetípico. No mueven un papel porque el trabajo cansa. Entre los cafés que se toman cada mañana y la pereza que da ver la pila de documentos sobre su mesa, los fiscales y los jueces hacen como si la cosa no fuera con ellos. Hasta que llega el ciudadano anónimo, harto de que los sinvergüenzas sigan campando por sus respetos.

Los políticos de CC y PP justifican las barrabasadas de sus ediles majaderos porque no tienen fuerza moral para reprobarlos. ¿Qué fuerza moral puede tener el presidente del PP, que viaja gratuita y alegremente invitado por un empresario al que luego le aprueba miles de camas?

Para Soria la honestidad está personificada en Manuel Fernández, el diputado y segundo de su partido que hacía pluriempleo con Anfi, al que definió como un hombre íntegro y cabal. La cutrez y la falta de ética de algunos políticos canarios claman al cielo. No deben ser de este mundo. Quizá por eso todavía están, como Isaac, en la luna de Valencia.

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