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Tenía que pasar

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Ahora trasladen este pensamiento a las politizadas fiestas carnavaleras y el resultado es el que todos conocemos, no sólo en lo que se refiere a la horrorosa gala del Carnaval de Tenerife, sino a los esperpentos que organizan en la isla de enfrente –a excepción de la gala Drag- todo sea dicho. Según cuentan los antiguos, los carnavales, tolerados en las décadas previas al alzamiento nacional y luego transformados, en el caso de Santa Cruz de Tenerife, en fiestas de invierno –demostración del doble rasero del régimen de entonces- era unas fiestas populares donde cualquiera, no importa su cuna o condición, podía dejar atrás su vida para representar un personaje mundano. Con la democracia, las fiestas volvieron a lucir su verdadera terminología, pero acompañadas de los nuevos mandatarios. Éstos, con la lección bien aprendida de los emperadores romanos, captaron la enorme bolsa de votos que el carnaval les reportaba y empezaron con un juego basado en ¿quién es capaz de superarme?, queriendo emular aquellos juegos de más cien días de la Roma imperial. Como era menester, y dada la rivalidad a la que antes hacía mención, las fiestas se transformaron –sobre todo, a nivel político- en una competición donde cualquier exceso estaba tolerado. Los presupuestos se multiplicaron de manera geométrica, perjudicando a otras áreas de los consistorios, y la histeria por superar al contrario embargó a unos dirigentes especialmente proclives a tales males. Ya no importaba la verdadera esencia de las fiestas y el público objetivo al que se destinaban. Interesaba alardear de los fastos y los dineros gastados en faraónicos escenarios, presentadores estrellas y temáticas rimbombantes. Los años locos previos a la Gran Depresión del 29 habían llegado a las Islas. Lo malo es que tanta bonanza no podía durar eternamente y, como ocurriera con la bolsa de Nueva York, el entramado terminó por desplomarse. La enorme tomadura del pelo de los responsables de organizar la Gala de la Reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, capaces de comparar a una famosilla del tres al cuarto con una estrella como Madonna, es sólo el resultado de la mencionada locura colectiva que se ha instaurado en las áreas de cultura de los ayuntamientos de las dos islas mayores del Archipiélago. A nadie, en su sano juicio, se le ocurre dilapidar un millón de euros en una gala protagonizada por los amigos del organizador y que ya, desde el principio, éste dejó claro que venía con aires de gran maestro. Coincido plenamente en que las galas son largas, aburrida, carentes de ritmo y en exceso pretenciosas. La única que rompe dichas reglas, impuestas por no sé qué cerebro gris de la organización en las últimas décadas, es la gala Drag. El resto peca de los mismos excesos que se critican a otros actos de estas características, en especial, los Oscar de Hollywood. Otra cosa es querer tergiversar el espíritu de una fiesta como es la del carnaval y encima creer que con cuatro remiendos –los mentados famosillos de tercera categoría ya mencionados- se contenta al personal. Aún así, no critico la actitud del organizador en lo tocante a querer cobrar la parte que todavía se le adeuda. Se firmó un contrato y ahora toca responder. Lo que sí me sorprende -bueno más que sorprender, es la sensación de que llueve sobre mojado- es la actitud de los ciudadanos. Cierto es que, en la mencionada gala y en otras de estas fiestas, el respetable público ha descargado su ira con sonoros pitidos, silbidos y otras muestras de desaprobación. Sin embargo, dudo que su repulsa pase de ahí. Critican que alguien atente contra el espíritu de la fiestas, pero nadie parece reparar en los fastuosos gastos que dichas fiestas acarrean en nuestra sociedad. Parecen olvidar que nuestro Archipiélago no es jauja y que los dineros no crecen entre las palmeras y las plataneras. Son cada vez más familias las que deben luchar para llegar a fin de mes –más bien diría, para llegar al día veinte de cada mes- y encima las administraciones responden a muchas peticiones con el cartel de “No hay dinero. Se siente”. No pretendo que se suspendan los carnavales, faltaría más, pero sí que se controlen los gastos y que no se trate de sobornar a los electores con escenarios de cartón piedra y palabras altisonantes, que poco o nada aportan al ciudadano de pie. Como en todo hay justicia poética y la gala Drag, aquella tolerada a regañadientes por los dirigentes, pero necesaria para mantener el palmito del carnaval de Las Palmas –en especial en el extranjero- es la que salva los muebles, rompe récord de audiencia y mantiene vivo el espíritu de las fiestas de don Carnal. El resto, mejor se lo podrían ahorrar y se evitarían los sofocos y las amarguras que están pasando en estos días. Aunque quién siembra vientos recoge tempestades, por no decir otra cosa.

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