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¿Elecciones en primavera?

La convocatoria de nuevas elecciones no es posibilidad remota. Cabe, incluso, que Rajoy acabe por coger puerta ante lo que sería su fracaso

El referéndum catalán condiciona la relación del PSOE con Podemos y a Iglesias respecto a sus aliados electorales

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Urna, votación

Urna, votación

Tan harto me tienen que ya ni sé. Fernández Vara, secretario de los socialistas extremeños, proclamó que el PSOE no se liará con nadie que defienda la independencia de Cataluña en alusión a Pablo Iglesias y Podemos que, a su vez, ponen como condición para cualquier pacto que el socio se avenga a apoyar el referéndum catalán. Cabe considerar, por tanto, que tanta insistencia del PSOE en poner tibio a Iglesias es postureo de cara a la galería más conservadora. Sea lo que sea, Fernández Vara se pronunció en ese sentido lo mismo que Susana Díaz consideró “aventurerismo político” pactar con Iglesias que, por su parte, insiste en que el PSOE no está en su agenda de apaños posibles. Dicho sea para recordarlo por si cambian de idea unos y otros.

Siguiendo con Fernández Vara se hace necesario insistir en que considerar el referéndum la mejor manera de resolver el viejo problema catalán no equivale a ser independentista. En realidad, la fórmula refrendataria permite gestionar pacífica y democráticamente conflictos como los planteados en Québec o Escocia, donde ha triunfado el “no” a la independencia sin que nadie diga una palabra más alta que otra. Mucho se ha dicho que los casos de Québec y Escocia nada tienen en común con el catalán. Lo que es cierto, pues se trata de experiencias históricas diferentes en contextos distintos; pero se obvia que no se pretende compararlos y mucho menos equipararlos, salvo en la existencia del deseo de una parte de sus respectivas poblaciones de separarse de los Estados a que pertenecen. Y como tampoco han faltado comentaristas y tertulianos que han invocado los procesos de descolonización para subrayar el absurdo de reclamar un referéndum, debo anotar que las descolonizaciones no suelen acabar precisamente con refrendos populares pacíficos sino tras una lucha armada.

Fernández Vara recuerda luego los ideales socialistas de igualdad y solidaridad y la prioridad dada en el proyecto de país del PSOE a la escuela y la sanidad públicas y a la caja única de la Seguridad Social. Lo que es de agradecer aunque, la verdad, no creo que a todo eso le afecte más el referéndum que los años en que socialistas y populares han hecho la vista gorda con el ex honorable Pujol dejándole barra libre para que se enriqueciera a cambio de que le apacentara las ovejas. Y habría que decirle al secretario de los socialistas extremeños que no oculte información como la de que Podemos consiguió buenos resultados en Euskadi y Cataluña con un planteamiento claro: no está por la independencia sino a favor de que los interesados se pronuncien sobre cómo prefieren vivir cuando todavía es tiempo de arreglar las cosas después de comprobarse que el tratamiento del conflicto por el PP no ha hecho más que acercarlo al punto de no retorno.

Por cierto: muchas veces me he preguntado si no habrá intencionalidad en llevar la cuestión hasta sus últimos extremos. Porque no se entiende que el PP, secundado en gran medida por el PSOE, no caiga en la cuenta de que su actitud cerril no conduce a ninguna parte. A poco que se escarbe un poco es evidente que España sigue sin resolver el problema de su integración territorial y que tiempo ha tenido de aprender algo. No es este lugar para comentar episodios lamentables de los últimos tiempos que son, por otro lado, bien conocidos; pero debo subrayar que la cuestión catalana es referencia constante de un problema que, en realidad, es español: el de la resistencia centralista a aceptar el hecho constatado de la plurinacionalidad española y obrar en consecuencia.

Esa condición de referente de la vieja cuestión de la integración territorial sitúa a Cataluña en un primer plano al abordar asuntos como este mismo de la salida de la situación creada por los resultados electorales del domingo pasado. Ahí es nada el riesgo cierto de que sigamos sin un nuevo Gobierno durante los próximos dos o tres meses y que podamos vernos en primavera abocados a una nueva confrontación electoral. Y una de las cuestiones que impiden o dificultan los pactos para la investidura presidencial de Rajoy y la formación de nuevo Gobierno es la catalana. Rajoy ya ha dado muestras de cierta predisposición a hacer concesiones para llegar a arreglos con la exclusión expresa del referéndum catalán del que no quiere ni oír hablar. El PSOE sigue insistiendo en que bajo ningún concepto pactará con el PP y que no se abstendrá en la investidura sino que votará en contra para impedirla. Comparten los socialistas con el PP su oposición a la consulta catalana, la que le impide entenderse por la otra banda con Podemos que considera prioritaria la convocatoria del referéndum; entre otras cosas porque le apremian los compromisos suscritos con los grupos que fueron sus aliados en las elecciones. Mucho insistió el PP durante la campaña en que PSOE, Podemos y Ciudadanos habían suscrito un pacto contra Rajoy. La afirmación formaba parte de la estrategia del miedo que le es tan grata a la derecha. Los resultados electorales vinieron a confirmar lo que ya se sabía: la incompatibilidad del PSOE con Podemos determinada por el caso catalán; y la imposibilidad de Pablo Iglesias de aparcar la reivindicación del referéndum ya que, después de todo, solo controla directamente a 26 ó 27 de los 69 diputados de su lista. Convicciones aparte, es evidente que no puede permitirse el lujo de desairar a sus aliados. Todo esto era tan previsible como que Ciudadanos acabaría por quitarse la careta y en lugar de compincharse contra Rajoy, pide a los socialistas que no obstaculicen su investidura, o sea, que no voten en contra sino que se abstengan. Todo muy vestidito de sentido de la responsabilidad, de llamamiento a asegurar la gobernabilidad y todas esas cosas a las que se apela después de una legislatura en que, unos más y otros menos, todos han contribuido a generar el problema.

Eso es lo que hay pero pueden estar seguros de que no tardarán los protagonistas de la comedia en encontrar pretextos para bajarse del burro y entonar el donde dije digo, digo Diego para conseguir un echadero. Y pueden apostar lo que quieran a que apelarán para justificarse a su sentido de la responsabilidad. Tal y como están las cosas no me sorprendería demasiado que Rajoy se quite de en medio. O lo quiten. Tampoco me sorprendería que el PSOE encuentre el modo de volver a compincharse con el PP y hasta es posible que Ciudadanos haga lo mismo, una vez desaparecido Rajoy. Y ya veremos en qué acaban las alianzas de Podemos en Cataluña, Valencia y Galicia que, sin duda, lo presionarán para que no afloje en la exigencia del referéndum catalán, la reforma de la ley electoral, la equiparación de los derechos sociales a los civiles, etcétera. Conviene medir ciertos maximalismos e introducirlos a lo zorro, sin alharacas.

Acuerdo entre Pedro Sánchez y sus 'barones' para intentar formar gobierno con Podemos si abandona el referéndum

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El “cansancio de España”

Los errores del Gobierno central, sobre todo en los últimos años, se han ido acumulando de tal forma que acabaron dando lugar al “cansancio de España”, que me pareció una magnífica descripción del estado de ánimo catalán tras la sentencia de 2010 contra el Estatut; la que daría lugar, en las elecciones de ese mismo año, a un incremento espectacular del independentismo desde unas cotas poco más que testimoniales. Entre los “cansados”, gentes que estuvieron en la clandestinidad contra la dictadura, que participaron activamente en la Transición y a los que, guste o no guste, debe mucho la democracia española. Ya se veía venir lo que no tardaría en ocurrir y que nos trajo hasta hoy con grave daño para catalanes y españoles.

Diría, para no perderme, que estamos, como ya indiqué, ante un conflicto de intereses entre Madrid, capital “inventada” por Felipe II para sede de los poderes del Estado y de su élite burocrática, pero aislada en el centro de la meseta, ajena a las corrientes y las modas que entraban y salían por la Barcelona marítima desde varios siglos atrás. No parece necesario explicar en Canarias lo que suponen el mar y sus puertos en el terreno de las ideas, de los movimientos económicos, ideológicos, culturales, etcétera, que durante mucho tiempo apenas rozaron el centro de la meseta castellana. Hoy las cosas son diferentes pero como donde hubo siempre queda, es imposible no advertir que el fondo del problema es ahora mismo, aparte los cálculos partidistas, la pugna de los intereses económicos establecidos en Madrid en contacto directo con el Poder y acceso cuasi directo al BOE y los catalanes siempre desconfiados y quejosos, unas veces con más razón que otras, del trato que reciben.

El PP ha sido, sin lugar a dudas, el responsable del creciente alejamiento catalán, aunque también corresponda alguna cuota a los restantes partidos estatales, especialmente el PSOE que sigue desdibujado y de proa al marisco. De no haber combatido los populares el Estatut de la forma en que lo hizo para acorralar a Zapatero y de autorizar en su momento el referéndum seguramente estaríamos ahora hablando de otras cosas y no de que el secesionismo que no hace todavía diez años era casi testimonial, es ahora solución para algo menos de la mitad de la población catalana.

Hablamos, pues, de un fracaso en toda regla del Estado español. Resulta llamativo el alborozo con que la derecha celebra los indicios de que los catalanes que quieren seguir con España sean más que los que quieren coger puerta. No le dan importancia a que en tan poco tiempo estos sean ya casi la mitad de la población. Sin embargo, la negativa a autorizar el referéndum puede indicar que no las tiene el Gobierno todas consigo; o que le mueve a negarse el prurito de un concepto de autoridad inscrito en su ADN franquista; o la posibilidad de que con el embullito catalán se animen otras comunidades a pedir su referéndum. Creo que, seguramente, aún hoy ganaría en Cataluña la permanencia en España, pero no estoy seguro de que se mantenga con el talante político mesetario. La marcha de miles de empresas a otros lugares, sobre todo a Madrid, se traduce en debilitamiento del tejido empresarial catalán que podría ser, según más de un mal pensado, la razón de que el Gobierno central cargue la tajarria ante el desafío catalán con consecuencias muy negativas para Cataluña. Esto, sin duda, influirá en el personal.

Lo que sea, sonará.

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