Pedro Manuel González Toca: una vida hecha en común desde Cueto
La vida de Pedro Manuel González Toca comenzó el 5 de octubre de 1954 en la casa familiar, en el entorno de Cueto. Era hijo de Manuel González Toca, conocido como Manolo, trabajador de Electra de Viesgo, y de Milagros Toca Villa. Creció junto a sus dos hermanos, Juan José y Milagros, nacidos en 1956 y 1959 respectivamente, en una familia que se extendía más allá del núcleo inmediato y que configuraba una red amplia de convivencia y apoyo.
Por parte materna, sus abuelos, Elvira y Juan, estaban vinculados al campo y la ganadería. También formaban parte de ese entorno sus tíos maternos Manuel y Elena. Por parte paterna, sus abuelos Avelina y Pedro, así como un tío y cuatro tías que vivían en la zona de Cueto —una de ellas regentaba la conocida tienda de La Nuncia—, completaban un entramado familiar profundamente arraigado en el territorio.
Creció, así, en una casa llena: padres, abuelos, tíos, primos, hermanos. Una estructura familiar amplia donde la vida se organizaba en común y donde el cuidado no era una tarea individual, sino una responsabilidad compartida. La economía también lo era: ganadería lechera —la leche de diez vacas que vendían a La SAM—, huertas y trabajo constante. Los productos —lechugas, tomates, pimientos— salían hacia Santander en recorridos que formaban parte de la rutina familiar, a veces en burra, atravesando caminos como los de Las Llamas o Polio, que hoy han perdido ese uso.
Su infancia no se puede separar del trabajo. Con seis o siete años ya le tocaba cuidar vacas en zonas como El Calvario, pendiente de que no se pasaran al prado vecino. Aprendió a orientarse en el terreno y a asumir responsabilidades sin necesidad de nombrarlas como tales. Era una forma de crecer en la que la infancia y la vida adulta no estaban tan diferenciadas como ahora.
En paralelo, en esa casa también circulaban historias sobre la guerra contadas en voz baja. Su madre recordaba los bombardeos sobre Santander y cómo, siendo niña, tenía que salir corriendo hacia una cueva en Cueto para esconderse. Otras hablaban de quienes no pudieron salir: un vecino que permaneció oculto durante más de una década —entre diez y catorce años— en un zulo dentro de una vivienda, sostenido por su compañera, sin que el resto del pueblo supiera que seguía allí. Historias de miedo, pero también de resistencia invisible.
En Cueto faltaban muchos de los servicios básicos. Hasta aproximadamente 1960 no había agua corriente en las casas. El agua llegó no por decisión administrativa, sino por la acción directa de los vecinos: abrir zanjas a pico y pala, colocar tuberías, organizarse. Más adelante lograrían que el Ayuntamiento asumiera parte de ese trabajo. Pero primero fue el pueblo de Cueto. Esa experiencia —resolver colectivamente lo que faltaba— dejó una huella que no desaparecería y que aún hoy marca a Pedro.
Su formación comenzó con las monjas en el parvulario, en el asilo de San Juan. Continuó en sus primeros años en la escuela de Cueto, ubicada en el edificio que había albergado la antigua Sociedad de Socorros Mutuos de Artistas de Cueto, y de la mano de don Federico.
Más tarde se trasladó a Santander: estudió en los Salesianos entre los ocho y los diez años, cursó el primer curso de bachillerato en el colegio Santa Clara y continuó en el instituto José María de Pereda, donde completó sus estudios hasta sexto y la reválida, a finales de los años sesenta. Era un sistema educativo todavía segregado: puertas distintas para chicos y chicas, aulas separadas, decisiones organizativas atravesadas por normas de género que entonces formaban parte de la normalidad.
Aquella normalidad -marcada por normas rígidas y caminos predefinidos- comenzó a resquebrajarse cuando decidió elegir su propio rumbo. No fue un gesto abrupto, sino una forma consciente de salir de lo establecido.
Tras finalizar la reválida, su trayectoria no fue lineal. Él mismo la define como una etapa de intentos que no siempre llegaron a consolidarse, en un momento en el que elegir camino no era sencillo. Inició estudios de Magisterio, que no llegó a finalizar, probó otros itinerarios formativos y preparó oposiciones al banco por consejo de su padre -que veía en ello una salida estable-, sin continuar tampoco por esa vía. Llegó a plantearse trabajar en una fábrica de corcho en la zona de Peñacastillo, pero finalmente no se incorporó debido a la distancia y a las condiciones de los turnos. Aquel periodo fue un tiempo de búsqueda, de tanteo, en el que fue delimitando su propio camino. Un proceso que terminaría encontrando dirección en el ámbito sanitario.
En esos años -entre finales de los sesenta y mediados de los setenta- aparecen otros espacios de aprendizaje. El grupo Scout de Cueto (1970–1975), donde se construyeron vínculos y sentido de comunidad. La montaña, con excursiones a lugares como la cabaña Verónica o las visitas a Ciriego cada abril... Ese vínculo continuó en su vida adulta, ya en el ámbito de UGT, y en espacios locales como el Club Atlético España de Cueto y la Peña Luro, donde el deporte y la montaña eran lugares de encuentro.
Su vida profesional comenzó en 1973, cuando entró a trabajar como celador en la Residencia Cantabria. Aquel primer contacto con el hospital fue también el inicio de su implicación en movilizaciones vinculadas al ámbito sanitario.
En aquel tiempo, la formación no existía en Santander, lo que obligaba a quienes querían dedicarse a la enfermería a salir fuera. En 1975 se trasladó a Madrid, al Hospital San Rafael, donde inició sus estudios de Ayudante Técnico Sanitario. Allí cursó los dos primeros años de formación. Fue un tiempo de apertura en esa Transición: la asistencia a charlas y encuentros políticos ampliaron su mirada sobre la realidad social.
Mientras estudiaba fuera, no se desvinculó de lo que ocurría en Cantabria. Desde 1974 formaba parte de un movimiento colectivo que reclamaba la apertura de la escuela de ATS en Valdecilla para hombres, en un momento en el que la enfermería estaba prácticamente reservada a mujeres.
Aquella demanda trascendió los espacios formales y se hizo visible en lo público. Recuerda un episodio en 1974, en un partido entre el Racing y el Oviedo, cuando un amigo y su hermano desplegaron una pancarta en apoyo a la futura escuela de practicantes. «Nos animábamos viendo cartas en la prensa local, de otros jóvenes y ciudadanos que nos apoyaban, sin olvidar aquella pancarta en el campo: “la futura escuela de practicantes… felicita al Racing por su ascenso”». En aquel contexto, gestos así implicaban un riesgo real: «que los grises te ‘acariciasen’ y luego te preguntasen el nombre en comisaría». El 4 de agosto de 1976 esa reivindicación se materializó con la publicación en el BOE de la autorización de una sección masculina en la Escuela de Ayudantes Técnicos Sanitarios de Valdecilla.
Fue a partir de la década de los setenta cuando en la Escuela comenzaron a producirse cambios tanto en su gestión -que dejan de llevar las Hermanas de la Caridad- como en su organización con la incorporación de un grupo de profesionales de enfermería encabezados por Felisa Lois, porterior directora técnica. En el curso 1976-1977 se convierte en mixta y se extingue la obligatoriedad del internado. Fue entonces cuando regresó a Santander y se incorporó al tercer curso, completando allí su formación hasta 1978. Pedro formó parte de la primera promoción masculina en un momento de cambio para la sanidad cántabra.
Compartía aula con cerca de un centenar de mujeres, siendo el único hombre de su promoción. Aquella situación hacía visibles los roles de género en la profesión. Esa tensión no desapareció al finalizar sus estudios: en el acto de cierre no vistió el uniforme blanco ni recibió el diploma como el resto, y en el título fue nombrado en femenino. Ante ello, recurrió a los medios de comunicación.
En julio de 1981 se casó en Astorga (León) con María del Carmen Martínez Prieto, enfermera de la Residencia, con quien formó una familia con tres hijos —Cristina, Pablo y Silvia—, nacidos entre 1984 y 1990. A día de hoy es abuelo de tres nietos —Lucas, Rocío y Víctor—.
Su recorrido profesional no siguió una única línea. Mientras trabajaba en sanidad en distintos destinos —Los Corrales de Buelna, Santander y Camargo—, y en muchos casos en turnos de noche, continuó formándose. Tras completar el COU en horario nocturno en el Instituto José María de Pereda, decidió dar un paso más. Entre 1982 y 1989 cursó la licenciatura de Derecho en la Universidad de Cantabria a lo largo de siete años en los que, además, era ya padre y asumía responsabilidades múltiples.
En los años noventa ejerció durante dos o tres años como abogado en la asesoría jurídica de UGT Cantabria, combinando la defensa laboral con su experiencia sanitaria. Esa doble mirada —cuidar y defender— terminó orientando su trayectoria hacia el ámbito de la gestión sanitaria y administrativa.
El 2 de noviembre de 1999 vivió uno de los episodios más impactantes vinculados a su recorrido: el derrumbe de la fachada del edificio de Traumatología del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. En ese momento no trabajaba directamente en el hospital, aunque mantenía una vinculación a través de su pertenencia al comité de bioética. La noticia le alcanzó desde esa posición. El accidente, ocurrido en un día de fuerte lluvia y viento, provocó la muerte de cuatro personas y tuvo una gran repercusión en Cantabria. Para él, no fue un hecho distante. Con los años, quedó incorporado a su recorrido como uno de esos momentos que cambian la manera de entender la vida.
En ese contexto decidió reorientar su trayectoria profesional y se presentó a una oposición de ámbito estatal para el grupo de gestión administrativa de la función pública, que logró superar.
Desarrolló su labor en el área de gestión en Valdecilla entre 2010 y 2012 y, posteriormente, durante una década, en la Gerencia de Atención Primaria hasta su jubilación a los 65 años. Pero, en paralelo a todo ello, hay otra línea constante: el pueblo.
Desde los años setenta participa en la Asociación de Vecinos de Cueto, constituida en 1974, y ha asumido responsabilidades como presidente en distintas etapas (1978–1982 y 1998–2004). En años posteriores ha continuado vinculado a la entidad como vocal (2017–2026), secretario y socio activo.
El 16 de junio de 1978 fue nombrado alcalde del pueblo de Cueto por el entonces alcalde de Santander, Juan Hormaechea. Desde esa posición, y en paralelo a su implicación en la Asociación de Vecinos, participó activamente en la mejora de las condiciones de vida del entorno. En esos mismos años, y también desde su vinculación con el tejido deportivo —como vicepresidente del Club Atlético España de Cueto—, impulsó junto a otros vecinos la reivindicación de un campo de fútbol para el equipo.
Desde ahí se implicó en procesos que afectaban directamente a la vida cotidiana del pueblo: la apertura del ambulatorio en 1978 o, en 1975, la mejora del transporte —en una época en la que las gentes de Cueto dependían de la furgoneta de “Pancho” como única conexión con la ciudad—, hasta lograr, tras protestas vecinales, la implantación de una línea de autobús. También las protestas por el alumbrado público en 1980 o la defensa del territorio frente a planes urbanísticos que amenazaban viviendas y espacios del entorno. A ello se suman acciones de conservación del patrimonio local, como el arreglo del lavadero de Fumoril, y, en 2004, su implicación en la defensa del litoral, formando parte de la Plataforma por la Defensa de la Senda Costera. También participó en movilizaciones vinculadas a la crisis del Prestige (2002–2003), en tareas de limpieza y apoyo en la costa.
Ese compromiso no se detuvo con el paso de los años. Ya en la década de 2000 continuó participando en procesos colectivos vinculados a la defensa del territorio y de los derechos vecinales, en movilizaciones contra el llamado “MetroTUS” y con lo que él mismo denomina el “catastrazo”, en referencia al incremento del IBI derivado del Plan General y al aumento del cobro por fincas. Ese compromiso se ha mantenido en el tiempo y alcanza también el presente, con su participación en protestas vinculadas al uso del espacio público y la ordenación del territorio.
Las asambleas vecinales, en algunos momentos, llegaron a reunir a centenares —incluso más de un millar— de personas. La política no estaba lejos: se hacía en el propio pueblo. La democracia, sostiene, también se construyó desde espacios como Cueto, donde la organización vecinal permitió transformar necesidades cotidianas en reivindicaciones colectivas.
A esta labor se suma su implicación en otras iniciativas de memoria impulsadas por la Asociación de Vecinos de Cueto, como la revista Barrio, en la que participó activamente, y el libro colectivo El corazón de un pueblo: Cueto en 50 años de historia, publicado con motivo del medio siglo de la entidad, fundada en 1974, una de las primeras inscritas oficialmente en Cantabria.
Ese trabajo de memoria no se ha limitado a lo escrito. También ha formado parte de iniciativas culturales y de reconocimiento público, como el homenaje celebrado en 2023 al Centro Social Bellavista por sus cincuenta años de labor social y educativa, en el que participó junto a otras personas vinculadas a la historia del pueblo de Cueto. Son formas de cuidar lo vivido, de nombrarlo y de situarlo en el presente.
Hoy, al mirar su vida, Pedro Manuel González Toca establece un contraste claro: una sociedad que recuerda más dura, pero también más colectiva, frente a un presente que percibe más individualizado. No lo plantea desde la nostalgia, sino desde la experiencia. Los cambios que llegaron no fueron espontáneos, sino fruto de la organización, el conflicto y el encuentro.
«Lo vivido hay que recordarlo para que quienes vienen detrás sepan que las cosas se consiguen unidas, preparándolas y reivindicándolas. No llegan del cielo».
En su recorrido no hay una única profesión, ni un único lugar, ni una sola identidad. Hay campo, hospital, derecho, pueblo. Sobre todo, pueblo y familia. Y una idea que atraviesa todo: que la vida no se construye sola. Que se hace, poco a poco. Con un granito hoy. Y otro mañana.
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