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El Lanzarote de César Manrique

César Manrique quiso compartir la belleza de Lanzarote con el resto del mundo a través de su legado artístico

El artista canario adaptó su obra arquitectónica a la naturaleza de Lanzarote, integrando sus creaciones en los campos de lava volcánica

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Jameos del Agua, Obras de César Manrique en Lanzarote

Los Jameos del Agua, una de las obras más destacadas de César Manrique en Lanzarote.

Lanzarote es posiblemente la isla más peculiar de todas las Islas Canarias y, si no, al menos sí la de mayor atractivo geológico. Las erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX transformaron superficies y paisajes para siempre y gracias a ello hoy es un auténtico imán para volcanólogos y turistas de todo el mundo.

Lanzarote ofrece volcanes, playas, gastronomía y campos de lava infinitivos donde la vida se abre paso a duras penas. Pero si alguien supo enseñarle su tierra al mundo como nadie, ese fue el artista César Manrique (1919-1992).

Manrique brilló en una amplia variedad de campos, tanto con sus obras plásticas como con las escultóricas, pero es su legado arquitectónico el que se ha convertido en uno de los mejores ejemplos de su obra. Tanto es así que los siguientes cinco ejemplos son auténticos imprescindibles en cualquier visita a Lanzarote.

El diablo del Timanfaya, símbolo de Lanzarote, obra de César Manrique

El diablo del Timanfaya, símbolo de Lanzarote, obra de César Manrique

Los Jameos del Agua

Los Jameos del Agua es posiblemente la obra más representativa de César Manrique. Hace millones de años la erupción del volcán La Corona dejó un tubo de lava que recorría varios kilómetros antes de adentrarse en el mar. Ese tubo se convirtió en una espectacular gruta subterránea y cuando parte de su techo colapsa y deja una abertura hacia el exterior, en Lanzarote a ese orificio se le denomina jameo.

César Manrique aprovechó esas aperturas y parte de la cueva para dar vida a los Jameos del Agua. Un acondicionamiento arquitectónico de la lava que permite adentrarse a través de un jameo, atravesar una gruta inundada donde se encuentras algunas especies endémicas, como un diminuto cangrejo blanco y ciego, y salir por otro jameo. Un lugar que recoge desde un restaurante hasta un espectacular auditorio bajo la lava petrificada.

El Jardín de Cactus

El jardín de cactus se encuentra en el norte de la isla y reúne más de 1.800 especies de todo el mundo. Fue la última obra de Manrique en Lanzarote, inaugurado en 1990, y es fácilmente reconocible por la gran gran escultura metálica en forma de cactus del autor que encontramos a su entrada. Como siempre, el artista buscó la armonía entre la arquitectura moderna y la naturaleza, consiguiendo con sus senderos empedrados un lugar tranquilo por el que pasear y vivir Lanzarote de cerca.

El jardín está construido en forma de anfiteatro respetando siempre el entorno natural, consta de una superficie que alcanza los 5.000 m2 y está realizado sobre una antigua cantera. El cactarium cuenta además con pequeñas lagunas con peces de colores, algo que no puede contrastar más en el terreno negro y árido de Lanzarote. El número de cactus está siempre en constante crecimiento ya que progresivamente se realizan nuevas plantaciones para aumentar la biodiversidad del jardín.

La Fundación César Manrique en Lanzarote

La Fundación César Manrique en Lanzarote

La Fundación César Manrique

Manrique convirtió su propia casa en la sede de la fundación que lleva su nombre con el fin de dar a conocer su obra. Más allá de que además se trate de un museo, la verdadera obra maestra es la edificación en sí. Comenzó su construcción en 1966, cuenta con 1.800 m2 habitables y pasó a convertirse en fundación en 1992.

En ella el artista consiguió una perfecta armonía entre la arquitectura tradicional lanzaroteña y una construcción del espacio moderna y vanguardista, consiguiendo una vez más una fantástica integración con el medio natural. La construcción está ubicada sobre un campo de lava y consta de dos niveles, la superior podría pasar desapercibida pero la inferior es la verdaderamente llamativa, y es que Manrique se sirvió de cinco enormes burbujas de lava para crear sus dependencias. Las unió con pasillos horadados en el basalto y las acondicionó para el descanso con diferentes salones. En un jameo principal hay hasta una piscina y una pequeña pista de baile. Además de por el valor artístico de las obras expuestas en la fundación, sólo por recorrer una casa hecha en la lava ya merece la pena su visita.

Casa-Museo del Campesino

En Lanzarote la agricultura le echa un constante pulso a la naturaleza y es que el terreno de esta isla canaria es todo un reto para quien pretende cultivar en ella. Los esfuerzos de los lanzaroteños se materializan en La Geria donde las vides viven sobre la tierra negra protegidas del viento por muros circulares de escoria volcánica.

César Manrique era muy consciente de ello y levantó un monumento para su reconocimiento utilizando tanques de agua de antiguos barcos pesqueros. También se conoce como el monumento a la Fecundidad y se eleva sobre una plataforma de rocas volcánicas.

El artista se sirvió de un antiguo caserío para una vez ampliado y restaurado crear la casa museo del campesino. Allí encontramos una amplia colección de útiles e instrumentos utilizados por los campesinos a través de los tiempos, además de talleres de artesanía y un restaurante.

Vistas de La Graciosa desde el Mirador del Río en Lanzarote

Vistas de La Graciosa desde el Mirador del Río en Lanzarote

El Mirador del Río

En el extremo norte de la isla, donde Lanzarte llega a su fin, se encuentra el conocido como Mirador del Río. El río es el brazo de mar que separa Lanzarote de la isla de La Graciosa y este mirador está estratégicamente ubicado para contemplar desde lo alto tanto La Graciosa como el resto del archipiélago Chinijo.

César Manrique dio vida al Mirador del Río sobre el Risco de Famara, a unos 450 metros de altitud, utilizando un antiguo asentamiento militar llamado Batería del Río desde donde se protegía la isla en su flanco norte. La obra de Manrique se mimetiza a la perfección con el entorno y cuesta verla incluso desde La Graciosa. El mirador está elaborado en piedra y en su interior encontramos grandes ventanales para contemplar la panorámica tras el cristal o, si se prefiere, desde atrevidas terrazas que se asuman al acantilado semejando la proa de un barco.

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