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El espectáculo 'Una noche de finaos' abre hoy sábado los actos para celebrar el Día de Canarias

La actuación tendrá lugar en el Auditorio Insular

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El espectáculo Una noche de finaos inicia hoy los actos organizados por la Consejería Insular de Cultura del Cabildo de La Gomera para celebrar la edición de este año del Día de Canarias. La actuación tendrá lugar hoy sábado a partir de las 20.00 horas en el Auditorio Insular con el subtítulo; Retazos de historia, de amoríos, de gestas y épocas pasadas.

El autor de la obra es Domingo Pérez Navarro y gira entorno a la costumbre ancestral que existía con la entrada del otoño y la llegada de las primeras lluvias, cuando el pueblo sencillo y llano se reunía para rendir culto a sus difuntos. Desde el día primero, y a lo largo del mes de noviembre, se formaban juntas de vecinos. El propósito de estas veladas nocturnas, consistía en recaudar fondos para sufragio de misas por los difuntos. Estas eucaristías, se celebrarían posteriormente en la iglesia, para procurar la salvación de las almas de las Ánimas del Purgatorio de manera especial, por la redención de los fallecidos de la familia que congregaba a la vecindad. En épocas pasadas, a esta costumbre ancestral de vigilia, se la conocía como Los Finaos.

Las ancianas del lugar cantaban viejos romances, transmitidos de generación en generación vía oral. Retazos de historia, de amoríos, de gestas y de épocas pasadas. Un legado cultural y literario de gran valor.

Algunas familias no podían contribuir con una limosna en metálico, aportando como ayuda productos de la tierra. Fue común llevar frutos de temporada, quesos, ristras de piñas de millo, gallos, gallinas, baifos, corderos, etc. En la comarca era corriente cumplir con una hermosa calabaza, cultivada a lo largo del verano. Todas estas contribuciones se subastaban a media noche, entre los convidados y el dinero conseguido se añadía a la palangana.

El periodo de las veladas o juntas de difuntos, era tiempo de castañas. Ello convertía a este fruto en uno de los típicos de la fiesta. Recoger castañas no fue siempre tarea fácil. La inclinación del terreno y la humedad, dificultaban su apaño. Con la ayuda de largas cañas vareaban el castañero, desprendiendo de su copa sus frutos en forma de erizo. Una vez en tierra se abría con una piedra, un palo, o con el tacón de las botas. Oreadas varios días hasta secarlas, quedaban listas para su tueste. Cuando el convite era grande, colocaban tres “teniques” en el suelo, formando los vértices de un triángulo. Sobre éstos ponían un gran tostador de barro o de hierro. A las castañas se les hacía un pequeño corte y se echaban a tostar con un pizco de sal gorda. El fuego creado por la leña o los secos carosos de millos, se encargaba de dejarlas a punto para el comistraje.

Otro de los productos peculiares fueron los chochos. El campesinado de la zona siempre sembraba un plantón o dos de esta generosa legumbre. Se consumían de variadas maneras, desde tostados, hasta molidos en forma de gofio. Para estos menesteres se acostumbraba a guisarlos. Antes de proceder a su cocción debían ser endulzados y puestos de remojo. Aprovechaban el agua de los estanques, las acequias, las maretas o las troneras, para quitarles su amargor natural. Después de varios días macerando, se cocían a fuego lento en un caldero hasta darles el punto. Con objeto de blanquearlos y desinfectarlos, al hervir el agua, se le añadía un hisopo de cenizas.

Los chochos se traían en pequeñas lecheras, o garrafones de boca ancha, cubiertos de agua y sal gorda. Esta salmuera les hacía tremendamente apetitosos.
A estas juntas de finaos se acudía a pasar el rato, hablar con los amigos, echarle un puño a la baifa, o simplemente, salir de la rutina. Las personas conocedoras en el manejo de un instrumento musical, los llevaban para amenizar la velada. A los sones de la música más tradicional, comenzaba el baile. En un primer lugar se tocaban los viejos aires de la tierra como seguidillas, folías o malagueñas. Salían al terrero los mayores, bailando las danzas sueltas. Esos iniciales compases, servían para que los casados abriesen el jolgorio. ra costumbre en medio del baile, hacer varios juegos, entre los que destacan los juegos de prendas como la sábana o el cura, juegos que servían para que las chicas y chicos jóvenes en edad de emparejarse, se dieran a conocer.

Con una sábana, se colocaban alrededor agarrándola y en medio una pluma o trozo de camisa de piña de millo. Al zarandear la sábana, debían de procurar no dejar caer la pluma, ya que si así fuera, el mandador ponía una travesura a cumplir a aquella persona que dejara caer el trozo por su lado. (Besar al Baifo, desafinar algún instrumento…etc.) . Era muy usual también juegos de destreza en el baile como son, el pavo o la escoba.

Cuando el ambiente se había caldeado, se daba paso a los más jóvenes, mozos en edad de merecer, que acudían con otras pretensiones muy diferentes. La velada cambiaba de ritmo y se escuchaba los sones de moda, canciones que permitían bailar “agarraos”, “valsiando”, algo casi pecaminoso para los oídos de los ancianos. A pesar de ello, los muchachos debían seguir las antiguas formas del protocolo a la hora de invitar a bailar a una señorita. imeramente se solicitaba el permiso de la madre o familiar con la cual había acudido al baile. Para conseguir su beneplácito se la brindaba con unas galletas, un bollo, almendras garapiñadas o algún caramelo. Las primeras mandarinas dulces del país, lograban el mejor de los efectos.
Conseguido el primer paso, sombrero en mano, atentamente se le pedía a la moza bailar agarrados. Requería que el muchacho portase un pañuelo, para que el sudor de su mano no manche el delicado vestido. Ella a su vez, debía mantener al caballero a raya, interponiendo su brazo, e hincando el codo en el pecho del bailador.

Para el convite y el brindis de la velada se preparaba queso de flor, aceitunas del país, bizcochos de matalauva, etc. Las gargantas de las señoras se calmaban con oloroso anís, licor de naranja o vino dulce del Monte. Los caballeros recurrían al ron añejo y al aguardiente.

En la comarca era famosa la repostería casera. Las personas que disponían de horno propio, preparaban buñuelos, roscos de anís o truchas de cabello de ángel, batata o garbanzos. Era muy común encargar una bandeja de estos dulces en panaderías de prestigio, que para estas fechas hacían horneadas especiales. Al caer la tarde empezaba la intensa labor de preparar la masa y caldear el horno. Los postres debían estar calentitos para cuando viniesen a retirar los encargos.

Así entre bailes y risas pasaban una agradable velada hasta altas horas de la madrugada. Muchas veces, los jóvenes salían tras terminar el baile a serenatear a las mozas. A los pocos días la anfitriona llevaba el importe de lo recaudado en la velada a la iglesia y lo dedicaba a misas por los difuntos de la familia y de los que habían acudido a esa junta. 

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