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El Heavy Metal, las giras de despedida y los fanboys

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El cantante de Judas Priest, Rob Haldford, en un concierto

El cantante de Judas Priest, Rob Haldford, en un concierto

La ley mordaza la ha aprobado el Gobierno pero estoy seguro de que su autor intelectual fue un metalero. La familia del Heavy Metal siempre ha sido outsider. Jamás nos han considerado cultura y hemos tenido vetado el acceso a los ámbitos de promoción oficiales. Eso, a pesar de que muchos espectáculos y conciertos relacionados con el Metal han sido y son masivos. Incluso muchos de ellos han pasado a ser acontecimientos sociales a los que todos, políticos incluidos, quieren ir. Pero esas ocasiones son las menos y, encima, se presentan como algo pintoresco. No obstante, los 'jevis' no lo sentimos así y llevamos nuestro gusto por la música hasta la pasión, primero, y la trascendencia, después. Y claro, eso conlleva riesgos.

El mayor riesgo de llevar el gusto por el Metal hasta la militancia más absoluta es el de acabar por convertirnos en 'fans' sin capacidad de crítica. En el Metal la discrepancia se castiga con el desprecio y la disidencia con el látigo. Por lo general, nos tenemos en muy alta estima: creemos que somos los que más sabemos de música, despreciamos otros estilos, los calificamos como falsos, comerciales o salidos del laboratorio, y cuestionamos las opiniones de todos aquellos que no desayunen tachuelas.

Sin embargo, eso no impide que a nosotros nuestros ídolos, esos gigantes supuestamente coherentes e inquebrantables, nos la cuelen entre las piernas sin demasiado esfuerzo. El mejor ejemplo es cómo nos tragamos, sin rechistar, el cuento de las “giras de despedida”. Sí, yo al igual que vosotros  he mordido el anzuelo de pagar 50, 70 o más euros por ver un concierto que se suponía que iba a ser el último de alguna banda mítica. En ocasiones, lo admito, lo hice incluso sabiendo que el espectáculo por el que estaba pagando no iba a llegar al mínimo de decencia requerida porque sus protagonistas están en las últimas. Aún así, como vosotros, lo hice.

Seamos realistas, el Metal tiene el mayor número de 'fanboys' por metro cuadrado del mundo, sólo por detrás de las bandas de adolescentes. El último cuento nos lo van a contar Black Sabbath. Los creadores del género dicen, ahora, que lo van a dejar, aunque antes quieren llenarse bien la saca. Algo en lo que su vocalista, Ozzy Osbourne, es especialista. En 2012, cuando Tony Iommi se estaba tratando de su cáncer, Ozzy nos colocó una gira con sus amigos para sustituir los conciertos que no podía dar su grupo. Entonces se ganó un buen dinero (y eso que sólo vimos a Zakk Wylde y Geezer Butler), y ahora, casi con 70 años, lo volverá a hacer. E iremos como corderitos.

El mayor riesgo de llevar el gusto por el Metal hasta la militancia más absoluta es el de acabar por convertirnos en 'fans' sin capacidad de crítica

A finales de enero de 2010 empezó este teatro, fueron Scorpions los primeros. “Sting in the tail será nuestro último disco y la gira será de despedida. Queremos dejarlo con la cabeza alta” nos decían los alemanes. Desde entonces nos han endosado dos discos más y ahora amenazan con el tour del 50 aniversario. Eso sí, lo hacen por los fans, a los que debieron de descubrir en 2010. Y lo hacen aunque Klaus Meine tenga menos voz que un bebé y necesite cuatro o cinco descansos por concierto.

Luego vinieron Judas Priest. A finales de 2010 proclamaron el final tras un tour bautizado como Epitafio. Ahí es nada. Lo hicieron y les debió de ir bien, porque a pesar de la marcha de uno de sus guitarristas históricos grabaron otro disco, 'Redeemer of souls', y en 2014 aclararon que, en realidad, no era una gira de despedida. Al parecer era sólo una broma. La moda se impuso y nosotros a comprar entradas, discos reeditados y camisetas conmemorativas. Tal fue el éxito que Motley Crue decidieron subir la apuesta y para su 'Final Tour' firmaron un contrato en el que se asegura que jamás volverán a tocar juntos sobre un escenario. Y claro, están llenando allí a donde van. Incluso en Abu Dabi. No sabemos si el contrato permite que haya gira de reunión. No sería mal plan visto lo visto.

Los Suaves también lo iban a dejar y ahora están en una gira de mil conciertos que, por ejemplo, ya ha pasado dos veces por Bilbao, con Yosi siempre tan entregado a lo que más le gusta; Barón Rojo se reunieron para hacer varias apariciones con su formación original, y querían tanto a los fans que ni siquiera se miraban entre ellos porque es sabido que no se tragan, pero un seguidor es un seguidor y hay que darle lo que se merece. Nosotros aplaudimos igual, y ahora Barón Rojo siguen por ahí, aunque sea con otros.

Estoy esperando a la siguiente señal de autenticidad y rectitud que nos envíe algún gran dinosaurio del Metal, porque nos lo tragaremos enterito sin masticar. Eso sí, los lobotomizados son quienes escuchan otros estilos. Nosotros no. Sabemos a dónde vamos. Vemos a Kiss en directo porque Paul Stanley sigue dando clases de canto cada noche, a Whitesnake porque Coverdale lanza agudos impresionantes de menos de dos segundos, y a Judas aunque Halford acabe de rodillas y con los coros lanzados desde bases pregrabadas cantando el Painkiller.

En realidad, el único coherente parece Lemmy, que sin anunciar gira de despedida la está haciendo, con conciertos de pequeño formato, es decir, bolos que duran menos de veinte minutos. Hay que ir a verlo, que a lo mejor es el último show, pero sobre todo porque nosotros sabemos de música. No somos 'fanboys'.

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