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Archipiélago de Chiloé. Toda la magia de la ‘Galicia chilena’

Prados verdes, Rías y bosques impenetrables forman una geografía fecunda en leyendas y seres fantásticos que unen la mitología celta con las creencias prehispánicas

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Palafito y barquillos en castro, la capital de Chiloé.

Palafito y barquillos en Castro, la capital de Chiloé.

Quiso la historia que fueran colonos gallegos los que llegaran a las islas de Chiloé tras la conquista de Chile y no andaluces o extremeños o castellanos o vascos. No. Fueron gallegos. Y eso marcó para siempre el carácter del lugar cuando se mezclaron con la población local. Los mitos y creencias de los chonos y huiliches (pueblos nómadas canoeros que vivían en el lugar) se integraron de manera inmediata en la mitología que aquellos gallegos y gallegas traían consigo y las tradiciones célticas se fusionaron con las locales creando un universo único de seres mágicos, criaturas y fantasmas. El Trauco, por ejemplo, es una especie de ogro de apenas 80 centímetros que tiene entre sus poderes más curiosos enamorar a las mujeres con su aliento y ha sido responsable de cientos de miles de embarazos no deseados a lo largo de la historia; la Pincoya es una mujer hermosa y rubia de apariencia humana que surge del mar y con su baile en las playas indica si la pesca será o no abundante; el Caleuche es un barco fantasma que augura desgracias al que lo ve y que nutre su tripulación con los marinos ahogados… Y así hasta más de cien seres mágicos y mitos.

El Archipiélago de Chiloé se encuentra al sur de la Región de Los Lagos, en Chile. Supone el inicio de la costa atormentada y cuajada de fiordos, cantiles y nieves perpetuas que llevan hasta Tierra de Fuego y el mismísimo fin del mundo. Una tierra de gentes independientes que poco tiene que ver con el norte que mira a la capital Santiago. Un lugar de tierras verdes, lluvias persistentes y paisajes alucinantes que, por suerte, ha quedado al margen de la industria turística. Un paraíso sencillo ideal para viajeros y que no debe faltar en un viaje largo al país sudamericano. La apertura de la ruta aérea con Santiago (con Latam) ha incluido a las islas en el itinerario clásico de un país que incluye lugares tan brutales como el Desierto de Atacama , Isla de Pascua o la Patagonia Chilena .

Palafitos en Castro, la capital de la isla de Chiloé.

Palafitos en Castro, la capital de la isla de Chiloé.

Castro, el centro de todo .- La isla grande de Chiloé es un rectángulo de 180 kilómetros de largo y una anchura media que ronda los 50 kilómetros. No es pequeña. Y abundan los recovecos. Por eso hay que dar al menos tres días (si se alquila un coche) al calendario para poder ver todo lo que hay que ver y no quedarse con las ganas de más. Castro es la capital (otro guiño gallego). Una ciudad aupada a una colina que sube desde fiordo de colinas suaves y verdes que a los españoles les recordará a las Rías Gallegas (y otro). Para el viajero los hitos más importantes son los barrios de palafitos (casas subidas sobre pilones para burlar a las mareas), el Museo Municipal (Calle Esmeralda, Tel: (+56) 6563 5967) con una modesta colección de objetos arqueológicos y antropológicos y la Iglesia de San Francisco de Castro (Plaza de Armas), que será la primera de las que se irán viendo a lo largo del viaje. Curiosas iglesias de madera que están incluidas en el catálogo del Patrimonio Mundial de la UNESCO. El que no sepa ver no se dará cuenta de los carpinteros de ribera trabajando en el estuario del Río Gamboa y de otros muchos detalles más. O pasará de soslayo por la iglesia sin advertir de que todo es de madera, una particularidad que es santo y seña del patrimonio local. Recientemente se ha sumado a la oferta cultural de la pequeña capital un Museo de Arte Contemporáneo (Parque Municipal de Castro) que como otras construcciones de la isla es todo un alarde de pericia carpintera.

Transbordador entre las islas de Chiloé y Quinchao.

Transbordador entre las islas de Chiloé y Quinchao.

Madera por todos lados. Madera en los barcos, en las casas y en esas iglesias tan especiales que son, como decíamos, dignas del celo de la UNESCO. Iglesias que están por todos lados; en la vecina Nercón, en Dalcahue, en Chonchi, en Vilupulli… Una buena manera de entender esta cultura de la madera es viajar al norte de la isla, hasta Ancud, dónde se encuentra el Centro de Interpretación de las Iglesias de Chiloé (Federico Errázuriz, 227; Tel: (+56) 6562 1046) dónde aparte de impresionantes maquetas, piezas rescatadas de las iglesias, fotografías y paneles te explican bastante bien el por qué y el cómo de este curioso patrimonio arquitectónico. A dos pasos se encuentra la Catedral de San Carlos, sede del episcopado de la isla y también, cómo no, de madera. En Ancud hay un par de lugares de interés: un antiguo baluarte artillero español; un museo que explora la historia y las costumbres locales y una buena colección de calles pintorescas a la orillita del mar, como diría aquel…

Interior de una de las iglesias de madera de Chiloé.

Interior de una de las iglesias de madera de Chiloé.

Pero también es el punto de paso para conocer dos de los lugares más interesantes de la isla; hacia el este la Bahía de Caulín, una zona de amplios inter mareales en la que se pueden ver una gran cantidad de aves acuáticas entre las que destacan los cisnes de cuello negro y una colonia de flamencos que pasan aquí buena parte del año. Para el otro lado, para el poniente, se encuentra la colonia de pingüinos de Puñihuil que durante los meses de verano acoge una nutrida concentración de estas simpáticas aves. Desde aquí parten tours de avistamiento de cetáceos. Estas aguas frías son muy ricas en vida marina y es habitual ver ballenas de varias especies y delfines.

Pescadores en una de las 'rías' chilotas.

Pescadores en una de las 'rías' chilotas.

La Chiloé más salvaje y las islas

Más allá de las primeras orillas del Lago Huilinco el paisaje cambia totalmente. Los prados verdes y los huertos dejan de ser los protagonistas para dar paso al bosque. Ese bosque dónde habitan brujas, duendes y otros seres fantásticos. La carretera se interna en Bosquepiedra hasta Cunao, desaguadero natural del lago hacia el Pacífico. A ambos lados de este pueblo –apenas un par de casas- la naturaleza toma el protagonismo absoluto y hay que hacer piernas y dejar el coche. Varios senderos se adentran en el parque. Se pueden explorar por cuenta propia, pero hay varias agencias que ayudan a descubrir los secretos del riquísimo bosque nativo chilote como el zorro chilote, el pudú –una especie de ciervo enano- o el monito de monte, uno de los pocos marsupiales que viven en América.

Iglesia en la isla de Quinchao.

Iglesia en la isla de Quinchao.

Las pequeñas islas que visitar a parte de la Isla Grande son Lemuy, que tiene tres de las 16 iglesias de madera y, sobre todo, Quinchao, una auténtica maravilla dónde merece la pena pasar, al menos una noche. En ésta última aparte de dos de las iglesias de madera hay que visitar el pequeño pueblo de Curaco de Vélez, un lugar bonito con preciosas casas de madera. Quinchao es una auténtica maravilla. Un lugar en dónde la mitología chilota está aun viva y en la que se siguen contando historias sobre brujas, encantamientos y esos seres fantásticos que viven en los bosques. Un lugar de otra época en el que es fácil dejar volar la imaginación. Una suerte que hayan sido gallegos aquellos que llegaron a las islas hace más de 500 años.

Las iglesias de madera declaradas como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco son las siguientes (ver mapa): Achao, Quinchao, Castro, Rilán, Nercón, Aldachildo, Ichuac, Detif, Vilupulli, Chonchi, Tenaún, Colo, Dalcahue, San Juan, Chelín y Caguach.

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