“La gente viene a oler”: la papelería más antigua de España resiste al clic desde Sevilla
“Huele a cuando yo era pequeña. Hay que valorarlo porque esto es un tesoro”, dice una señora de Jerez de la Frontera que ha llegado por casualidad, y por primera vez, al número 5 de la sevillana calle Sierpes. La señora necesita un recambio de mina para el bolígrafo antiguo de su padre. Pese a no haber dado con lo que buscaba, queda muy agradecida.
“Nuestro cliente no viene por los precios. Viene porque tiene mucho contacto humano. La gente se siente aquí muy acogida o por lo menos es lo que nosotros intentamos. Esta es mi casa y pretendo que entres y estés a gusto. Y si te llevas algo, pues vale. Si no, la próxima vez ya te acordarás de mí”, dice Lucía Mejías.
Papelería Ferrer lleva desde 1856 escribiendo historias. El mobiliario apenas ha cambiado y se ha mantenido el suelo de lo que es la papelería más antigua de España. Acrílicos, plumas, agendas, sobres, cartulinas, archivadores, mapas, marcapáginas… copan sus mostradores y estanterías. Lo que fue “la versión de un almacén de papelería” es un negocio familiar ya de cinco generaciones. “En el siglo XXI se lleva toda la atención al público y se le ponen unas palabras muy rimbombantes, pero no se atiende. Nosotros no hacemos más que despachar como lo hacían mi madre y mi tía”, explica Mejías.
Una “papelería clásica”
De las de plumas de tintero a la estilográfica y al bolígrafo. De la máquina de escribir al ordenador y de ahí a la era del móvil, las pantallas táctiles y la inteligencia artificial. En sus 170 años, la papelería ha sido testigo de la transformación en las formas de comunicarse y de las distintas revoluciones tecnológicas. También han pasado por una Guerra Civil, la Transición, el cambio de lo analógico a lo digital, la pandemia sanitaria de Covid-19…. “Cada generación ha tenido su propio caballo de Troya y el nuestro es la compra online”, señala Mejías.
Ante el ahorro de un par de euros y los clientes que sin pudor apuntan que “por internet es más barato”, Papelería Ferrer defiende la cercanía y el trato humano. El negocio apuesta por la “papelería clásica” donde la escritura toma protagonismo. Escribir, dice Mejías, es “terapéutico” y su misión es acompañar a “tanto friki de la escritura” que, por ejemplo, se interesa por la variedad cromática de las tintas o por sus olores.
No es raro que a los clientes se le deje un tintero para que se entretengan, se les explique cómo funciona una pluma o la diferencia de gramajes del papel mientras se tocan como si fueran telas. “Si hay una papelería que no haga eso, está muerta”, sentencia Mejías. Esto no se puede hacer a golpe de clic.
Negocio vivo
Uno de los productos con mayor demanda son los sellos de lacre mientras que las listas de material escolar han bajado. El set de escuadra y cartabón, compás, libretas y lápices ha dejado prácticamente de venderse. “No hemos cogido ni dos listas del cole este año. El material básico lo seguimos teniendo porque aunque hay pocos vecinos por el centro, todavía alguno queda”, dice Mejías.
Papelería Ferrer retrotrae al visitante a otra época, pero no es un pastiche sino un comercio vivo alejado de convertirse en una parada para lo instagrameable. La papelería ha sido motivo de varios artículos en distintas revistas y blogs de viajes y se nota, como dice Mejías, en la llegada particularmente de turistas franceses y canadienses. “Muchos entran preguntándose qué es esto, a cotillear y a mí me parece fantástico”. Resalta que la mayoría de los curiosos “son responsables y colaboran”. “Son conscientes de que esto se mantiene gracias a la compra”.
El cliente local, además de mantener este legado vivo, “viene mucho a oler”. “Yo estoy acostumbrada pero aquí hay un olor que recuerda a las papelerías de cuando la gente era chica”.
Defensa de lo local
Este negocio es toda una paradoja: ha sido premiado este mismo año con la medalla de la ciudad de Sevilla como espacio emblemático por la misma administración que descuida la defensa de los comercios tradicionales.
La Sevilla institucional y financiera que lamenta la desaparición de negocios centenarios es la que desatendió a esta papelería cuando su antiguo propietario los echaba del local en 2015. “Llamé a todas las instituciones pidiendo préstamos y me cerraron todas las puertas. A mí no me han dado ni una mísera ayuda”, señala Mejías, que buscó la formula de mantener la tienda.
Papelería Ferrer es un símbolo de la identidad e imaginario colectivo de Sevilla. Su local, en la principal arteria comercial de la ciudad, resiste a la expansión de las franquicias que homogeneizan el paisaje urbano.
Mejías ha visto la transformación de la calle Sierpes. “Me da una lástima porque no se protege nada y los alquileres son infames. ¿Qué comercio o start-up se puede permitir un alquiler a 10.000 euros [mensuales de media]?”, se pregunta. Y propone: “Yo no conozco la fórmula, no me dedico a esto, pero hay que poner medidas. Si usted tiene ya diez franquicias, no puede poner otra. No caben más imanes, más naranjitas ni más tal. Hay que hacer un sistema que dé la oportunidad a otro tipo de negocio”.
Nueva papelería en el centro
Mejías asegura que en España se llega “tarde” a la protección del patrimonio urbano y recuerda sus paseos por París, Marsella, Ámsterdam… “Las papelerías gustan a la gente. A la gente le encanta escribir y cuanto más soportes y cositas tengan, más escriben”, argumenta.
Por ello ha decidido desafiar a los incrédulos –“Si ahora nadie escribe”, le dijo recientemente de un alto representante de la ciudad– y se ha propuesto montar “una papelería desde cero”. El resultado ha sido la reciente apertura de la segunda sede de Papelería Ferrer, en la calle Lineros, también en el casco histórico de la capital hispalense.
Con este nuevo proyecto el equipo ha ascendido a ocho personas, “todos con estudios superiores”, que han creído en esta idea. “Yo te voy a enseñar un oficio. Te voy a enseñar a que aprendas a desmontar, a arreglar una pluma, a ver las calidades de los papeles…”, dice Mejías. Y sigue: “Es un oficio ligado a un buen sueldo y es fundamental que todo el mundo esté a gusto, contento, que se respeten los horarios y los turnos. ¿Para qué quiero yo comer langostinos gordos si aquí podemos comer todos gambitas?”.