Cuando París miró hacia abajo y descubrió el cielo
En algún momento de 1930, un joven americano llamado John Cage se detiene en una esquina de Sevilla y vive una revelación. Años después, lo cuenta en su autobiografía: «Me di cuenta de la multiplicidad de acontecimientos simultáneos, visuales y auditivos, que se dan juntos en una experiencia y producen goce. Para mí fue el principio del teatro y del circo». Cage regresa a Los Ángeles transformado. Lo que ve en aquella esquina acaba germinando en el movimiento Fluxus y en décadas de experimentación que revolucionan los límites del arte.
Cage no es el único. Andalucía ejerce durante buena parte del siglo XX una atracción sobre artistas e intelectuales que aspiran a alcanzar un cierto espíritu meridional. Aunque a veces se confunda con folclorismo o turismo romántico, es más bien la intuición de que aquí la vida está organizada de una manera distinta. El tiempo, el cuerpo, la voz y el movimiento adquieren en esta esquina de Europa otras formas, que no son adornos de la existencia sino reflejos de su sistema neurológico. Una genética cultural que, como un río, bebe de afluentes mestizos, de precariedades, de goces y de luces talladas en las sombras. Una psicogeografía en la que latitud, ciudad y cuerpo humano son extensiones las unas de las otras, fundidas en un estado de ánimo compartido.
Esa intuición, que Cage vive como epifanía personal, se convierte pocas décadas después en programa político y artístico en manos de uno de los movimientos más radicales del siglo XX: la Internacional Situacionista.
El goce como revolución
En 1956, el artista holandés Constant Nieuwenhuys acampa junto a un grupo de gitanos en Alba, una pequeña ciudad del norte de Italia. Constant observa que aquellas personas no tienen casa fija, ni horario, ni trabajo en el sentido capitalista, pero tienen una forma brillantemente atávica de vivir en el mundo. En su cuaderno empieza a esbozar lo que con el tiempo se llamará New Babylon: una ciudad sin propietarios ni trabajadores, habitada por el homo ludens, el hombre que juega.
New Babylon es una ciudad de situaciones, de eventos, de momentos. Espacios cambiantes, laberínticos, diseñados para el deambular y encontrarse, para que la gente construya su propia experiencia en lugar de consumir la que otros han fabricado para ella. Constant trabaja en este proyecto durante casi veinte años. Su punto de partida, aquel campamento gitano en Alba, remite a una forma de vida que en el sur de la península tiene nombre y música propios: el flamenco.
A mediados de los años sesenta, Constant visita Sevilla con el guitarrista Pepe Romero. Recorren Triana, sus noches y sus márgenes. El resultado es uno de los documentos más singulares del arte del siglo XX: New Babylon on Sevilla TRIANA-GROUP, un plano de la ciudad sobre el que superpone los sectores de su utopía etiquetados con palos flamencos: Seguiriyas, Soleares, Tarantos, Caña, Malagueña, Alegría, Fandango, Sevillana. Las plataformas flotantes de New Babylon, esas estructuras suspendidas que debían albergar la vida nómada, quedan tendidas sobre Sevilla como las cuerdas de una guitarra: cada palo, un sector; cada sector, un estado de ánimo posible. La ciudad articulada no por calles ni por funciones, sino por la gramática emocional del flamenco. En 1992, Constant cierra una conferencia sobre New Babylon pidiendo silencio, coge la guitarra y entona unas soleares de Triana: «Se hundió la babilonia / porque le faltó el cimiento / pero nuestro querer no se acaba / aunque falte el firmamento». No parece casual que fuese en Sevilla, bautizada como Nueva Babilonia por Cervantes, Lope o Góngora, en la que el holandés encontrase la raíz de su teoría anticapitalista.
Para Constant la importancia del flamenco radica en que es una manera de estar juntos sin fines económicos. La juerga —ese encuentro donde el cante, el baile y el toque se desarrollan sin guion previo, respondiendo al momento, al estado de ánimo, al duende que aparece o no aparece— es exactamente lo que Guy Debord, cofundador de la Internacional Situacionista, llama una «situación construida»: un instante de vida deliberadamente intensificado, opuesto a la pasividad del espectador que solo mira sin participar. Una inspiradora improductividad.
Lo que la Internacional Situacionista ve en las formas de vida del sur es la prueba de que otro mundo es posible, y que ese mundo no está en el futuro sino en el presente. El problema, dicen, es que el capitalismo ha transformado la vida en espectáculo: ya no vivimos las cosas, las vemos. El antídoto no es la revolución armada sino algo más extraño: aprender a gozar de otra manera, encontrándose a través del goce y la liberación.
El hombre que ya lo sabía
Mientras Debord y Constant construyen su teoría andaluza en París, en Sevilla el cantaor Juan López Romero —el Camas, a quien Camarón dedicaría una canción— describe así el año sevillano: «enero para las pruebas de matanza, febrero para las murgas de la Alameda, marzo para la Semana Santa y la Feria, abril para los toros, mayo para las Cruces y el Rocío, junio para el Corpus, agosto para ver salir a la Virgen, septiembre para la Bienal de Flamenco, octubre y noviembre para trabajar hasta la cabalgata.» Y añade: «Se creen que no trabajan, pero todo lo que hacen es trabajar».
Trabajar para la fiesta; organizar la vida alrededor del goce colectivo, del encuentro, del instante compartido. El Camas no ha leído a Debord, ni falta que le hace porque él mismo practica sus dogmas. Lo que él describe es exactamente lo que la Internacional Situacionista busca en sus derivas parisinas. La diferencia es que aquí no es utopía, sino cualquier miércoles, acaso un jueves de Corpus.
Esa es la paradoja que Constant no llega a resolver del todo en New Babylon: diseña durante veinte años una ciudad para el juego y el encuentro libre, sin saber que lo que dibuja ya existe en el almanaque del sur. La Internacional Situacionista se disuelve en 1972, aunque sus ideas calan en el arte contemporáneo, en la arquitectura y en la teoría urbana. De la epifanía de John Cage saldría su pieza más conocida, una obra de 4 minutos y 33 segundos de silencio, con el pianista quieto frente a un auditorio repleto. El arte tiene estas cosas: una procesión de Semana Santa revirando en alguna esquina de Sevilla en los años 20 se convierte, a miles de kilómetros, en una performance que cambiaría la historia de la música contemporánea.
En cuanto a la New Babylon, los bocetos de Constant siguen siendo una cantera inspiradora para estructuras futuristas, decorados de la Guerra de las Galaxias o auténticos tratados psicourbanísticos sobre alternativas al colapso de la ciudad. La Nueva Babilonia nunca se construyó sobre Triana, pero la Sevilla del Camas sigue ahí. Aquella efervescencia creativa finisecular parece haber dado paso a una deriva antifestiva, traducida en la reducción de los días de Feria, la consideración del goce como un exceso, o la crítica oficialista al tamaño de algunas manifestaciones populares. Lejos quedan aquellos «Lunes de resaca», días de un paganismo sagrado destinado a reposar el cuerpo y el alma tras los días de la alegría.
En momentos de reapropiaciones, de libertades adelgazadas, de desprestigio de las humanidades, del pensamiento, de la filosofía, de la poesía, consideradas acciones improductivas, la utopía de Constant nos ofrece instrumentos para defender la genealogía meridional del habitar. Soñar imposibles, proteger el goce, vivir… La utopía, esa arma cargada de futuro.