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El gallo negro

9 de octubre de 2026 22:40 h

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La casa de Isabel y David se encontraba en Vicente López, una localidad ribereña al norte de Buenos Aires. Ella era hija del pintor granadino Manuel Ángeles Ortiz y ahijada de Lorca. Él, un judío búlgaro de origen sefardí que había acudido a España a luchar con las Brigadas Internacionales.

Buenos Aires fue la ciudad donde pudieron volver a empezar tras años de huidas, campos de concentración y persecuciones. Mis abuelos, compañeros de militancia del Partido Comunista Argentino, fueron sus grandes amigos. Y aquella casa se convirtió en refugio y punto de encuentro de exiliados españoles. Intelectuales, artistas, poetas y antiguos combatientes de la Guerra Civil se daban cita entre aquellas paredes y se juntaban para recordar.

Mi padre, que entonces era un niño, atesora algunos recuerdos que siempre le pido que vuelva a contarme. Uno de ellos es de principios de 1964. Él tenía 12 años y su padre le señaló a un hombre  delgado que hablaba con los dueños de la casa. Era el poeta Marcos Ana, que había llegado en otoño del año anterior a la ciudad tras su liberación, tras pasar casi 23 años en las cárceles franquistas.

Otro es del año siguiente. Alguien apareció con un disco que causó un gran revuelo. Rápidamente, lo pusieron en el tocadiscos y de inmediato, comenzaron a sonar canciones que, por el acento, mi padre identificó como españolas. Las canciones hablaban de mineros en huelga, de un hombre que, dirigiéndose a una paloma, le contaba que, aunque su vida era el trabajo, estaba harto de que le pagaran mal y que las leyes favorecieran al patrón. Otra hablaba de dos gallos, uno rojo y otro negro, que se enfrentaban en un combate a muerte.

Mientras la voz de Chicho Sánchez Ferlosio entonaba aquel “cuando canta el gallo negro es que ya se acaba el día...”, se había formado un corro alrededor del tocadiscos. Aquellos republicanos, tras escuchar en silencio sepulcral, comenzaron a llorar. El niño que era mi padre, y que nunca había visto llorar a hombres curtidos, guardó en su memoria para siempre aquella canción.

Yo tenía escrita otra columna para hoy. Una en la que hablaba desde la rabia y el profundo dolor por los acontecimientos vividos estos días. No solo la terrible muerte de Maricarmen a manos del más violento capitalismo salvaje y de quienes lo anteponen ante la vida. También por esa exhibición de maldad de agitadores, presentadores, políticos, pseudomedios, columnistas... Aquellos que han hecho chistes y burlas de una mujer de 87 años enferma en un hospital tras perderlo todo. Aquellos que no han tenido la decencia de guardar un mínimo respeto por la dignidad humana. Aquellos que carecen de ella.

Esa maldad parecía expandirse como un virus, la misma de quienes llamaron a cazar migrantes y a quemar sacos de dormir y tiendas de campaña de personas que intentan construirse un futuro

Me sentí profundamente triste. Esa maldad parecía expandirse como un virus, la misma de quienes llamaron a cazar migrantes y a quemar sacos de dormir y tiendas de campaña de personas que intentan construirse un futuro. El gallo negro era más más grande.

La noche de la muerte de Maricarmen, aquella vieja canción volvió a sonar en la plaza de mi ciudad. Desde las gargantas y los pechos doloridos de las personas que allí se congregaban, se entonaron esos versos: “El gallo negro era grande pero el rojo era valiente, el gallo negro era grande pero el rojo era valiente”. Y entonces, necesité creer. Necesité pensar que todavía nos reconocemos como pueblo, que todavía hay un “nosotros”, una conciencia histórica, una memoria compartida que nos recuerda quienes somos.

Porque lo que está ocurriendo en las calles va mucho más allá de la vivienda. Es una respuesta colectiva a un sistema cruel que antepone el beneficio de unos pocos a la vida de las personas, es recuperar la buena política, la política de lo común, la que nos hace reconocernos en los problemas de los demás y luchar colectivamente por ellos. Es un grito de “basta ya” ante la deshumanización de un sistema que considera que hay vidas prescindibles. Es un zarandeo a aquellos que se han olvidado de a quienes representan. Y sí, es una lucha antifascista. Y es una lucha de clase.

Volveré a la calle con los míos y creeré que se puede. Lo creeré por todas las Maricarmen, por lo sufrido en carne propia, por mis abuelos, por mis padres y por todos los que lo intentaron. Lo creeré, porque no se rinde un gallo rojo más que cuando está ya muerto.