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La salud mental y la falta de posicionamiento: una realidad política

Lucía Moreno Guzmán

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Cómo de casual resulta que cada crimen tenga un nombre clínico: concretamente, una realidad psiquiátrica. El mensaje para la audiencia es claro: el diablo está en todas partes. Le han otorgado libertad.

Pues no hay mejor titular que decir que un esquizofrénico ha apuñalado brutalmente a un sujeto. Porque claro, así se genera miedo irracional hacia el colectivo. Difícilmente se sostiene en la evidencia científica, pues son ejemplos de estigmas sociales.

“Un joven de 23 años con autismo mata a puñaladas …”. Un titular. El enemigo está sentenciado, un colectivo a señalar por sus acciones porque resulta un titular que vende más. Ese es el valor principal: la moneda de cambio.

Y así no permiten verbalizar los diagnósticos psiquiátricos si estos no se limitan a la depresión o la ansiedad. Los medios de comunicación se hacen eco de los trastornos tildando a las personas de peligrosas, agresivas e involucrándose en toda serie de crímenes.

En interpretación de Erving Goffman, no existen personas que sean “normales” o “estigmatizadas” por naturaleza. Esas categorías no son cualidades fijas de alguien, sino formas de ver e interpretar a las personas dentro de un contexto social.

Un enfoque mediático que hace mella en la sociedad. Y después se recibe un rechazo flagrante hacia los enfermos mentales, como si estuviésemos aún en 1940. En las instituciones psiquiátricas, aún existe un claro trato deshumanizado hacia los pacientes, propio de los manicomios de antaño.

Según un estudio realizado por el doctor y psiquiatra Mariano Hernández Monsalve, las personas que padecen enfermedades mentales graves tienen una probabilidad mucho mayor de terminar siendo víctimas que agresoras

Cala el mensaje hacia niveles cuestionables: una persona es indigna de compartir piso con otros inquilinos si tiene algún problema emocional. Quieren a personas socialmente determinadas como normales, no con taras psicológicas o psiquiátricas.

Los prejuicios rondan también hospitales, cuando el trato a un paciente con diagnóstico de salud mental se responde con evasivas y no se toma en serio su palabra. Carece de toda credibilidad y evidentemente, también depende del diagnóstico con el que lo hayan clasificado.

La temeridad no reside pues en los enfermos, sino en el estigma que se propaga deliberadamente sin ninguna base que fundamente los miedos de la sociedad.

Según un estudio realizado por el doctor y psiquiatra Mariano Hernández Monsalve, las personas que padecen enfermedades mentales graves tienen una probabilidad mucho mayor de terminar siendo víctimas que agresoras.

Y aún existe el discurso del no posicionamiento hacia la salud mental, mientras somos bombardeados con noticias de este calibre. Si no estamos exentos de recibir esta información, ¿cómo procesas entonces lo que recibes del exterior para decidir no posicionarte?

Porque decir que no tienes opinión al respecto, también es una forma de legitimar el estigma.