Una investigación halla fósiles de aves que evidencian el pasado húmedo del hoy semidesértico Geoparque de Granada
Hubo un tiempo en el que el actual Geoparque de Granada no era un territorio de cárcavas secas, ramblas erosionadas y badlands imposibles. Lugares que parecen estar muy lejos, pero que se encuentran en plena geografía andaluza. Donde hoy el paisaje parece casi lunar, hace un millón y medio de años existía un enorme humedal habitado por hipopótamos gigantes, grandes depredadores, hienas, grullas y patos adaptados a aguas salobres. Un vergel prehistórico en mitad de lo que hoy es uno de los paisajes más áridos de Andalucía.
Una investigación liderada por paleontólogos de la Universidad de Málaga ha conseguido ahora reconstruir parte de aquel ecosistema desaparecido gracias al hallazgo y estudio de unos fósiles extraordinariamente raros: restos de aves hallados en el yacimiento de Venta Micena, en el Geoparque de Granada. El estudio, publicado en la revista científica Swiss Journal of Palaeontology, ha identificado fósiles de tres especies diferentes —un tarro blanco, una grulla gigante y un cuervo— que ayudan a entender cómo era la cuenca de Baza durante el Pleistoceno inferior y cómo el actual paisaje semidesértico fue, durante cientos de miles de años, un gigantesco sistema lacustre.
“Hoy el paisaje es muy semidesértico. Pero sabemos que eso no ocurría”, explica a elDiario.es Andalucía Paul Palmqvist, catedrático de Paleontología de la Universidad de Málaga y uno de los líderes de la investigación. “Hemos calculado un lago de unos 1.100 kilómetros cuadrados”. La relevancia del hallazgo no reside únicamente en las especies encontradas, sino en algo mucho más difícil: haber encontrado fósiles de aves.
Sobre los más de 25.000 fósiles recuperados en Venta Micena tras décadas de excavaciones, sólo 18 pertenecían a aves. Y apenas siete conservaban suficiente integridad anatómica como para poder ser identificados. “Los huesos de las aves están huecos. Si no, no podrían volar”, explica Palmqvist. A diferencia de los mamíferos, sus restos son mucho más frágiles, pequeños y ligeros, lo que hace enormemente improbable que sobrevivan durante millones de años.
Además, el contexto tampoco ayudaba. Venta Micena, que también alberga restos humanos que evidencian que hubo asentamientos en la zona, fue un lugar en el que habitaban hienas gigantes capaces de fracturar incluso huesos de grandes elefantes para acceder a la médula. Que algunos restos de aves hayan llegado hasta hoy es, en la práctica, una anomalía paleontológica. “Sobre más de 25.000 fósiles, sólo hemos detectado 18 de aves”, insiste el investigador.
Un lago gigantesco donde hoy hay desierto
La investigación refuerza una idea que la geología llevaba tiempo poniendo encima de la mesa: el actual Geoparque de Granada es el resultado de una transformación climática y tectónica gigantesca. Durante buena parte del Plioceno y del Pleistoceno existió en la cuenca de Guadix—Baza un gran lago interior alimentado por un sistema fluvial que recogía agua desde Sierra Nevada y por manantiales hidrotermales. Aquel humedal llegó a ocupar más de mil kilómetros cuadrados.
“Hoy en Orce llueven unos 300 milímetros anuales. Hemos calculado que entonces podía llover aproximadamente el triple”, señala Palmqvist. Aquellas precipitaciones, unidas a una configuración geológica distinta, permitían mantener una enorme masa de agua permanente donde prosperaba una fauna que hoy resultaría impensable en el norte de la provincia de Granada. Hipopótamos más grandes que los actuales, félidos de dientes de sable, grandes hienas carroñeras y los primeros grupos humanos de Europa occidental convivieron en aquel paisaje húmedo que acabó desapareciendo tras el drenaje natural de la cuenca hacia el Guadalquivir. Ese vaciado del lago inició una erosión acelerada que terminó formando las cárcavas y badlands que hoy caracterizan al Geoparque. “La erosión es precisamente la que nos permite acceder hoy a los fósiles”, cuenta Paul Palmqvist.
No obstante, de las tres especies halladas, quizá la más reveladora sea el tarro blanco, un ave acuática muy asociada actualmente a marismas, estuarios y zonas de aguas salobres —aguas saladas, pero en menor cantidad que las del mar abierto, lo que hace que sean óptimas para el consumo de algunos animales—. “Hemos tenido suerte de encontrar el pato más informativo posible”, afirma Palmqvist porque la presencia de esta especie demuestra que alrededor del gran lago existían áreas de poca profundidad sometidas a una intensa evaporación, donde aumentaba la concentración de sal y proliferaban pequeños caracoles de los que se alimentaban estas aves.
La grulla encontrada, de mayor tamaño que las actuales, confirma también la existencia de humedales permanentes. Y además aporta otro dato relevante: probablemente aquellas aves no eran migratorias. Mientras hoy las grullas y la mayoría de tarros blancos sólo pasan el invierno en la península Ibérica, los fósiles hallados en Venta Micena sugieren que hace 1,5 millones de años residían allí durante todo el año y se reproducían en la zona: “Aquello tuvo que estar plagado de aves”.
La investigación también ha permitido reconstruir algo menos visible: las relaciones ecológicas entre los carroñeros del ecosistema. El cuervo identificado en Venta Micena pertenece al registro más antiguo conocido de esta especie en la península. Pero su interés va más allá de la cronología. Los investigadores han asumido que los cuervos hallados formaban parte de la cadena alimenticia de todos los animales que se alimentaban de carne en ese momento, pero que tenían un papel mucho más relevante que el que se ha creído históricamente.
“Los cuervos tenían que estar plagando los refugios de hienas tratando de meterle mano a la comida”, explica Palmqvist. Según afirma, hay estudios actuales realizados en Norteamérica que muestran cómo los cuervos son capaces de robar grandes cantidades de carne a los lobos, alterando incluso el comportamiento de las manadas. Algo que sugiere que en el Geoparque de Granada ya pasaba hace millones de años.
Una pequeña laguna como último vestigio
El estudio conecta además aquel pasado remoto con uno de los humedales actuales más desconocidos del norte de Granada: El Baíco, entre Baza y Benamaurel. Hoy apenas ocupa una pequeña superficie y sólo recupera plenamente agua en los años lluviosos —como este 2026—, después de décadas de drenajes y transformaciones agrícolas. Sin embargo, sigue acogiendo decenas de especies de aves. Para los investigadores, este enclave funciona como una especie de señuelo de aquel gigantesco humedal prehistórico.
“Si hoy un espacio tan pequeño puede albergar más de 50 especies de aves, imagínate lo que debió existir en un lago de más de 1.000 kilómetros cuadrados”, plantea el paleontólogo. “Tenemos algo parecido al Gran Cañón y no somos conscientes”. Palmqvist cree que investigaciones como esta ayudan también a entender el valor patrimonial y científico del Geoparque de Granada, un territorio que considera todavía infravalorado pese a su relevancia internacional.
“Tenemos algo parecido al Gran Cañón del Colorado y muchas veces no somos conscientes”, lamenta. No en vano, el investigador defiende que la paleontología, la geología y la arqueología pueden convertirse en motores económicos para una comarca marcada por la despoblación y la fragilidad económica. “La ciencia histórica puede ser un elemento dinamizador de la economía rural”, afirma.
Porque, en el fondo, los diminutos huesos de aves hallados en Venta Micena no sólo hablan de animales extinguidos. También cuentan la historia de un territorio radicalmente distinto al actual. Uno donde el agua dominaba el paisaje que hoy el tiempo y la erosión han convertido en desierto.