90 años después
Lo buscaron en caminos y veredas, en todas la cunetas, en las curvas más cerradas y en aquellas líneas abiertas que iban directas al mar, en aquel lugar donde el agua parece que se confunde con el cielo y en el que en los días de tormenta una cortina de gotas grises inundan un fondo que ningún ojo humano puede diferenciar de si es lluvia u océano.
Recorrieron caminos, montañas y hasta lagos helados en los que durante el invierno reluce la escarcha y que se derriten cuando aparecen algunos pocos rayos de sol. Pero aquellos rayos brillaban como luceros escondidos tras las copas de los árboles, allí, allá en lo alto, también miraron, para ver si como pájaro escurridizo había podido salir y alzar un vuelo hacia las nubes del desierto.
No lo encontraron así. No estaba.
Cogieron todos los granos de arena que había entre los adoquines no fuera a ser que lo hubieran dejado allí en algún recobeco de las grandes ciudades, que se hubiera desparramado, dividido en mil pedazos y esparcido entre el barullo y el tráfico ajetreado, que fuera pólvora para que en cualquier momento pudiera estallar y crear más metralla que la que usaron días antes y volver a recordar lo oscuro, lo cabizbajo, la hambruna y aquellos sonidos horribles que no trajeron más que malditas muertes prematuras. Pero pronto se dieron cuenta que así no sería él, que había dejado algo bien diferente, que no podía dividirse, fragmentarse, que no era de aquellos colores.
No, no, no, así tampoco. No estaba.
Le escribieron largas cartas y mensajes, le hicieron múltiples homenajes y no lo dejaron desaparecer, no se olvidaron de él. Y se quedó en el recuerdo como si no hubiera existido en cuerpo, como si los versos vinieran directamente de alguna noche cerrada donde las estrellas hicieron gala de toda su luz y de forma resplandeciente hubieran escrito solas aquello de dejad el balcón abierto para que cuando muriera el poeta se colara en todos los sueños, bailara con las cortinas y le diera música a cualquier duermevela que a día de hoy le recuerda. Solo así podría pintar los pensamientos, las palabras y seguir dándole compás con la alegría que siempre llevaba.
Estaba. Y fue entonces, en ese preciso momento, cuando se quedaron sin palabras, boquiabiertos al darse cuenta que no era un cuerpo la memoria, sin mensajes ni señal, sin alaridos que duelan, sin lunas que ya no pueden hablar. ¡Qué no pudieron matarlo! Su odio no era tan fuerte como toda su historia, que casi nadie recuerda ya el nombre de quienes le asesinaron, verdugos, hijos del régimen que no debió nacer, de quienes rieron a carcajadas de ira y salpicaron repugnancia en cada insulto. En cambio sus versos siguen libres, sus rimas vivas, solo pudieron deshacerse del cuerpo, no pudieron esconder nada más, no pudieron quitar su perfume, eliminar su sombra ni reducir en añicos a quién él era. Y ahora gritan en toda la tierra, en las que se cosecha y nace un olivo y hasta en los descampados más áridos, que pasarán 90 años y no podrán olvidarte, Federico.
En memoria de Federico García Lorca, tras 90 años de su asesinato,
para que no caiga en el olvido, para que junto a tantas otras
personas se sigan buscando sus cuerpos como símbolo de lucha
antifascista, para que no repitamos la historia, para no olvidarles nunca.