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A Ítaca

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A babor, solo rompe la línea del horizonte el faro de Scoglio Porcelli. Una solitaria torre cilíndrica de más de 20 metros, erguida sobre unas rocas, que guía a los barcos cerca de Trapani desde principios del siglo XX. A estribor surge, como una anomalía, la silueta de un islote minúsculo con varios edificios y una imponente fortificación. Es la isla Formica, sede de una comunidad terapéutica dedicada desde los años 80 a la rehabilitación de personas con adicciones. El acceso está vetado. Es un búnker al aire libre.

Navegamos entre las islas Egadas, frente a Sicilia, donde lo hacen también los ecos de historias que hablan de Ulises, Hércules, Saturno o Eneas. Observo a Federico, nuestro patrón. Derrochando una mezcla hipnótica de delicadeza y firmeza, iza la vela mayor, despliega el foque y caza las escotas para hacer del viento nuestro aliado. Apaga el motor. Avanzamos hacia Ítaca.

Nada de lo que importa en nuestro viaje requiere de la inteligencia artificial. Basta con el conocimiento, la experiencia y la destreza humanas. Se ve en Federico y está en las matemáticas tras cualquier cálculo náutico. Lo que parece básico, por simple, sigue siendo indispensable. Y todo ello se ha conseguido mediante el aprendizaje del ser humano. Es esto lo que está en juego en la era de la IA: perder la capacidad de razonamiento.

Hace unos días, un grupo de 25 ganadores de la medalla Fields (el Nobel de las matemáticas) advertía en una carta sobre los riesgos de la IA después de que esta resolviese —gracias a los cálculos previos de varios matemáticos, entre ellos dos españoles— las ecuaciones de Navier-Stokes. Apropiaciones de autoría al margen, en la carta explican que resolver problemas solo es una herramienta o vehículo para alcanzar el verdadero objetivo: la comprensión conceptual y el conocimiento profundo. La IA vacía de sentido las matemáticas, advierten. La solución nunca ha sido el verdadero logro, sino “una señal de que había ideas y métodos nuevos que merecía la pena estudiar, discutir y transmitir”.

En 1911, Konstantínos Kaváfis publicaba su poema 'Ítaca'. Este es un extracto: “Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino, sin aguantar a que Ítaca te enriquezca. / Ítaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte”.

Ítaca nunca fue el destino. ¿Qué será de ese camino cuando ninguna mente fértil lo transite? Cuando no quede más que la autofagia de ideas.