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Casas para envejecer: cómo deben ser las viviendas del futuro

La diferencia entre pensar la accesibilidad desde el primer boceto y añadirla después es, sobre todo, una diferencia de coste, dignidad y tiempo.

Aurora Domínguez

16 de septiembre de 2026 22:33 h

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La gran mayoría de las viviendas que habitamos se proyectaron pensando en un cuerpo joven, ágil y sano. Escalones a la entrada, bañeras que hay que salvar con una pierna en alto, pasillos estrechos, cocinas altas, baños diminutos. Ese cuerpo, sin embargo, no es el que vamos a tener durante toda la vida. Y España, como el resto de Europa, envejece a gran velocidad. Según las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicadas en junio de 2026, el porcentaje de población de 65 años o más se sitúa actualmente en el 21,1% del total y, si se mantuvieran las tendencias demográficas actuales, alcanzaría el 30,9% en 2076.

Así que, en menos de tres décadas, avanzamos hacia un país en el que aproximadamente tres de cada diez personas tendrán 65 años o más.

La inmensa mayoría de las casas españolas no están preparadas para acompañar a quien las habita durante todo su recorrido vital. Seguimos construyendo como si la movilidad, la fuerza y el equilibrio fueran constantes inamovibles, cuando en realidad son probablemente la parte más frágil y cambiante de nuestra biografía.

El parque de vivienda accesible es minúsculo

Los datos que presenta el Observatorio 2030 del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España (CSCAE) son contundentes: de los casi 26 millones de viviendas que hay en España, solo el 0,6%, unas 154.800 viviendas, son universalmente accesibles. En paralelo, 1,8 millones de personas dependen de la ayuda de otras para poder salir a la calle. El Observatorio insiste en recordarnos que el 100% de la ciudadanía ha necesitado o necesitará, en algún momento de su vida, que su entorno sea accesible y cuente con diseño universal.

La Guía de Accesibilidad Universal del Observatorio 2030 dedica una de sus líneas de trabajo específicamente al acceso a la vivienda, abordando la accesibilidad desde la escala más pequeña, la del propio hogar, e incidiendo en la movilidad y el confort del interior de los edificios residenciales, tanto públicos como privados, para garantizar condiciones de vida óptimas a quienes los ocupan. Entre sus objetivos figura fomentar la accesibilidad y la adaptación de las viviendas a las condiciones de sus habitantes, así como de las zonas comunes de los edificios, priorizando siempre la autonomía de las personas.

De los casi 26 millones de viviendas que hay en España, solo el 0,6%, unas 154.800 viviendas, son universalmente accesibles. En paralelo, 1,8 millones de personas dependen de la ayuda de otras para poder salir a la calle

Lo que dice la normativa (y por qué no basta)

El Código Técnico de la Edificación (CTE) regula estas cuestiones en su Documento Básico de Seguridad de Utilización y Accesibilidad (DB-SUA), que establece parámetros mínimos como el contraste de color entre suelos, paredes, puertas y zócalos, un contraste de al menos 30 puntos de reflectancia lumínica para facilitar la percepción del espacio o la exigencia de pavimentos no deslizantes tanto en mojado como en seco. Son medidas técnicas necesarias, pero pensadas sobre todo para minimizar riesgos puntuales.

El propio Ceapat (Centro de Referencia Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas, dependiente del Imserso) advierte de que el cuarto de baño es la zona más peligrosa de la casa, y recomienda diseñarlo para evitar caídas por resbalones o tropiezos, incorporando barras de apoyo donde sea necesario y una iluminación suficiente, un mínimo de 300 lux en toda la estancia.

En 2022 el Ceapat publicó el documento Viviendas accesibles: adaptación centrada en las personas. Ejemplos prácticos, que recoge casos reales de asesoramiento a personas mayores y con discapacidad para adaptar sus hogares. Se trata de una serie de estudios técnicos nacidos de escuchar necesidades concretas y trabajar con profesionales de distintas disciplinas para eliminar barreras garantizando comodidad y seguridad. El hecho de que este tipo de guías existan, y de que buena parte de su contenido consista en recomendaciones de reforma a posteriori, es en sí mismo un síntoma de que estamos adaptando a la fuerza lo que quizás deberíamos haber previsto desde el proyecto.

Estamos adaptando a la fuerza lo que quizás deberíamos haber previsto desde el proyecto

Diseñar la vejez antes de que llegue

Ese cambio de perspectiva de adaptar una vivienda cuando aparece una necesidad a proyectarla asumiendo desde el principio que sus habitantes van a envejecer es lo que reclama envejezANDO, el proyecto desarrollado por la arquitecta Paz Martín Rodríguez, cuyo objetivo es revalorizar, actualizar y hacer visible arquitectónica y urbanísticamente el espacio que debería ocupar la vejez en nuestra sociedad. Este proyecto reivindica la dimensión intergeneracional de las soluciones. No se trata únicamente de preguntarnos cómo eliminamos una barrera cuando alguien ya no puede superarla, sino de incorporar el envejecimiento al proyecto arquitectónico desde el principio. La vejez deja así de entenderse como una anomalía que obliga a modificar la arquitectura y pasa a formar parte de aquello que la propia arquitectura debe prever.

La diferencia entre pensar la accesibilidad desde el primer boceto y añadirla después es, sobre todo, una diferencia de coste, de dignidad y de tiempo. Un ascensor previsto en la fase de proyecto es una partida más del presupuesto, instalarlo después, cuando ya hay estructura construida, es una obra mayor que muchas comunidades de vecinos no pueden o no quieren afrontar. Lo mismo ocurre con accesos sin escalones, con puertas y pasillos suficientemente anchos para una silla de ruedas o un andador, o con baños “preparados para adaptarse”: no hace falta instalar desde el primer día una ducha a ras de suelo con barras de apoyo, pero sí dejar el desagüe, la impermeabilización y el refuerzo de pared listos para que ese cambio sea, el día que haga falta, una reforma menor y no una obra estructural.

Proyecto de 105 viviendas para personas mayores en Glòries (Barcelona), 2017. PERIS Y TORAL.

Cuando se le pregunta qué decisiones relativamente sencillas podrían tomarse desde el diseño para evitar reformas complejas y costosas cuando aparezcan problemas de movilidad o dependencia, Martín Rodríguez sitúa la respuesta en algo tan básico como las dimensiones y la distribución: “Desde mi perspectiva, se trata de un problema de dimensiones, de ser más generoso con ellas, y de pequeños ajustes de distribución”.

La arquitecta pone como ejemplo los recorridos cotidianos dentro de la casa: “Si todos los anchos de paso de puertas fuesen de serie de más de 80 cm, en el caso de tener la necesidad de utilizar una silla de ruedas para desplazarse, o la necesidad de hacerlo acompañado, no habría que cambiarlas. Y lo mismo ocurre con los pasillos, cuya anchura de paso debería ser de 1,10 m como mínimo, aunque lo mejor sería hacer viviendas sin pasillos o con los mínimos posibles”.

Si todos los anchos de paso de puertas fuesen de serie de más de 80 cm, en el caso de tener la necesidad de utilizar una silla de ruedas para desplazarse, o la necesidad de hacerlo acompañado, no habría que cambiarlas

Paz Martín Rodríguez arquitecta e impulsora de envejezANDO

El baño, uno de los espacios que más reformas concentra cuando aparece la dependencia, debería plantearse desde el origen con otra escala. “Los baños son otra asignatura pendiente, indica, estos deberían ser generosos en sus dimensiones, más asimilables a una sala de baño que a lo que conocemos hoy como aseos, con una buena iluminación, a ser posible natural, y con espacio suficiente para sentarse en una silla o para asearse acompañado”.

La misma lógica se extiende a la cocina. “La cocina debería ser también una estancia más integrada en la zona de estar y comedor, bien iluminada y cómoda, con muebles bajos que permitan acceder a los enseres a una altura razonable, evitando alturas innecesarias”. Y, en general, a todas las habitaciones: “Imaginemos que vamos a pasar más tiempo en casa: deberíamos tener una muy buena iluminación natural, con grandes ventanas para percibir el cambio de las estaciones y observar el exterior incluso sentados o tumbados”.

Para Martín Rodríguez, el objetivo no es convertir la vivienda en un espacio medicalizado, sino hacerla más fácil de comprender y recorrer. La vivienda debería ser un lugar más seguro, entendible y lógico, donde deambular debería ser sencillo y sin obstáculos, desniveles, escalones, etc. A ello añade un elemento que suele quedar fuera de las discusiones estrictamente técnicas sobre accesibilidad: “Me parece también imprescindible contar con una pequeña terraza o balcón para tener algo de vegetación y poder salir a tomar el aire de manera segura”.

El Ceapat ofrece ejemplos muy concretos de este modo de pensar. Recomienda manillas ergonómicas, de fácil manipulación y con colores que contrasten con las puertas para facilitar su localización, muebles cómodos y estables que puedan servir de apoyo, detectores de humo en todas las habitaciones y detectores de agua en baño y cocina. Dentro de la vivienda, aconseja además espacios diáfanos que faciliten la deambulación y recomienda que desde el vestíbulo se tenga acceso visual al resto de las estancias para favorecer la orientación.

Son decisiones pequeñas cuando se introducen a tiempo y potencialmente muy importantes cuando las capacidades físicas o cognitivas empiezan a cambiar.

 Proyecto de 105 viviendas para personas mayores en Glòries (Barcelona), 2017. PERIS Y TORAL.

Una casa que pueda cambiar con nosotros

La cocina accesible es otro de los puntos ciegos habituales del diseño residencial convencional. Encimeras a una única altura o armarios altos inalcanzables sin subirse a algo. El enfoque de diseño para todas las personas que defiende el Observatorio 2030 plantea que los espacios estén pensados desde el origen para servir a la diversidad real de cuerpos y capacidades que va a tener una misma persona a lo largo de su vida.

Proyectar viviendas asumiendo que esa etapa se resolverá después con una reforma de emergencia o con el traslado a una residencia es una forma de arquitectura que ha dejado de mirar de frente a quienes van a habitar sus edificios

La buena iluminación, natural y artificial, cumple la función de ayuda a mantener la orientación espacial, reduce el riesgo de caídas y facilita tareas cotidianas cuando la vista pierde agudeza. O la posibilidad de que una habitación cambie de uso con el tiempo, de dormitorio infantil a despacho, de despacho a habitación accesible en planta baja para cuando subir escaleras deje de ser viable. Esta es quizás la idea más subversiva de todas frente al modelo dominante, la de una vivienda que no se diseña para un momento fijo de la vida de sus ocupantes, sino para acompañarlos mientras esa vida se transforma.

Vivir más años no debería significar mudarse más veces

Si las proyecciones del INE se cumplen, dentro de treinta años una parte muy sustancial de la población española va a vivir, como mínimo, dos o tres décadas más allá de los 65 años. Ese tiempo es, en muchos casos, una cuarta parte o más de toda la vida de una persona. Proyectar viviendas asumiendo que esa etapa se resolverá después con una reforma de emergencia o con el traslado a una residencia es una forma de arquitectura que ha dejado de mirar de frente a quienes van a habitar sus edificios.

Construir hoy pensando en el envejecimiento implica, simplemente, dejar de dar por sentado que la movilidad plena es el estado permanente del cuerpo humano. Un ascensor, una puerta más ancha, un baño preparado para adaptarse o una habitación capaz de cambiar de función son la definición, actualizada, de lo que debería significar una vivienda verdaderamente habitable, para cualquier edad y durante todas las décadas que dure una vida.

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