Mundos
La literatura tiene mundos de aparente evasión, pero que son un ejercicio de espeleología hasta lo más profundo de uno mismo. Dicen que fue Rilke el que dijo aquello de que la verdadera patria era la infancia. Patria o no, lo que sí encierra la infancia es un mundo. O, seguramente, muchos mundos.
Eso que llaman la ‘literatura del yo’ no tiene por qué adoptar siempre la forma de confesiones o diarios. La fantasía, lo onírico, lo raro, lo difícilmente percibido es capaz de convertirse en el relato más real. En el más personal. Y, por ello mismo, en el más fácilmente compartible. Ahí la infancia puede jugar un papel insustituible. Porque a esa edad la fantasía, lo onírico, lo raro tienen la misma entidad –la misma realidad– que otras percepciones. Porque las cosas que vemos a esa edad son cosas que solo vemos nosotros. Cosas que no siempre están delante de nuestros ojos.
Da igual que un libro sea invención o realidad. Porque nada es solo invención. Porque nada es solo realidad. Porque inventamos la realidad y porque nada hay más real que lo que imaginamos.
Pienso en todo esto leyendo 'Han cantado bingo', de Lana Corujo, que es sumergirse en el abismo de la mente de una niña. Siendo tan distinto, me ha recordado mucho a María José Hasta y su 'Se te oscurece el pelo', otro modo de entrar en los surcos del cerebro infantil.
Dos maneras también de hablar de una familia, sin importar que el paisaje al fondo sea el de un volcán en Lanzarote o el de un descampado en la ciudad de Huesca. Sin importar, pero importando tanto al mismo tiempo. Porque esos paisajes –esos mundos– sirven para explicarlo todo.
Hay un mundo en el que los muertos se nos aparecían y hay un mundo en el que las figuras del gotelé tenían un mensaje secreto que entregarnos.
A veces –leyendo un libro– esos mundos vuelven.