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La cordillera de los sueños

 Los accidentes y las cadenas montañosas determinan la economía, la producción y la existencia material de quienes las habitan, de eso no hay ninguna duda. Los medios de vida de los montañeses dependen de la explotación de los escasos recursos naturales que se encuentran a su alcance, ya sea en forma de bosques, pastos, yacimientos minerales, agua corriente o tierras cultivables. Y es esa escasez la que hace que sus sistemas productivos se encuentren marcados por la precariedad, el autoconsumo, la multiactividad, la dependencia de los fenómenos meteorológicos y la frugalidad. En economías como éstas, en las que la riqueza y la prosperidad son un fenómeno excepcional, la mayor parte de la población vive al día, sin más aspiración que la de satisfacer sus necesidades más elementales.

Los condicionamientos materiales a los que se ven sometidos estos territorios y quienes residen en ellos no se detienen ahí, también se extienden a las conductas públicas y privadas de estos últimos y a las instituciones sociales, políticas, culturales y simbólicas que desarrollan. Es más, nos atreveríamos a asegurar que, de un modo u otro, las montañas tienen la capacidad de modelar la personalidad, el temperamento y el carácter de los hombres y mujeres que residen en ellas o en las tierras altas de cualquier lugar del planeta. De hecho, existen indicios que demuestran que todos ellos comparten un mismo aire de familia, una sensibilidad o una forma de estar en el mundo capaz de superar las diferencias raciales, lingüísticas, ideológicas o religiosas.

Una de las mejores pruebas del impacto y de la influencia que las montañas ejercen sobre la psique humana la encontramos en un documental rodado en 2019 por el realizador chileno Patricio Guzmán. La cordillera de los sueños, que es como se titula esta obra, no solamente se llevó el premio a la mejor película iberoamericana en la última edición de los Goya sino que también obtuvo el L´oeil d´or (Ojo de oro) en el Festival de Cannes de 2019. Esta obra cierra una trilogía iniciada con Nostalgia de la luz (2010) y continuada con El botón de nácar (2015) en la que su autor convierte los espacios más representativos de la geografía chilena –el norte desértico, los fiordos y glaciares patagónicos y la Cordillera– en una metáfora o en un símbolo de la memoria y de la historia pasada y presente de este país.

La parte más interesante del metraje de esta película de 85 minutos de duración se concentra en la primera media hora, en los testimonios aportados por un grupo de artistas e intelectuales chilenos entre los que figuran Guillermo Muñoz, Francisco Gazitúa, Vicente Gajardo, Javiera Parra, Jorge Baradit o el propio Patricio Guzmán, que tratan de expresar cuánto y cómo les ha afectado la presencia de los Andes en su carácter, vidas, sentimientos o creaciones. Todos ellos coinciden en señalar que son más, mucho más que un excepcional accidente geológico compuesto por 15 millones de cerros distribuidos a lo largo de un eje de 6.000 kilómetros de longitud. Para algunos, como para el propio realizador, los Andes son una especie de conjuro, de heraldo del pasado y del futuro porque “está(n) en los sueños de nuestra infancia y cuando estamos en el extranjero y abrimos los ojos y ya no hay nada” o porque “cada vez que paso encima de la cordillera yo siento que estoy llegando al país de mi infancia, al país de mis orígenes”.

En cierto sentido, la singularidad de los chilenos está directamente relacionada con la orografía de su patria, con la inmensa columna que la vertebra y recorre de extremo a extremo. Por un lado, la Cordillera es un mar de montañas que convierte a Chile en una isla porque le otorga un aislamiento que en nada se distingue del que poseen los territorios insulares. La prueba está en que la mayoría de los colonizadores europeos que eligieron este destino no llegaron a pie, atravesando los pasos andinos, sino en barco, surcando el Pacífico. Los Andes son la salvaguarda, el filtro, la barrera o el muro que protege a los chilenos de riesgos y amenazas exteriores y que contribuye, más que ninguna otra medida, a incrementar su confianza y seguridad. Ahora bien, el precio que deben pagar por ello es el ensimismamiento, la sensación de vivir en los márgenes, en un universo propio, separado o apartado del resto del mundo y de los problemas que sufren sus vecinos iberoamericanos. Por otra parte, los Andes son ubicuos, se pueden ver y están en todas partes. Ningún chileno puede escapar, huir o esconderse de ellos por más que viajen o traten de ocultarse. Vayan donde vayan no desaparecen jamás porque ocupan la mitad, o más de la mitad, de la superficie total de la nación. Su presencia abrumadora, su indiferencia y estolidez mineral, su sordera y su enigmático silencio también deben afectar al ánimo de los chilenos. Eso es, al menos, lo que sugieren las palabras de Pablo Salas, el cámara y activista al que Guzmán dedica los últimos minutos del documental: “Durante todo el tiempo de la dictadura, la Cordillera ha permanecido en su lugar. Tal vez nos miraba sin que lo supiéramos (…) creo que la montaña es un testigo, ha visto cosas que nos querían esconder. Si pudiéramos traducir lo que dicen las piedras hoy tuviéramos (sic) las respuestas que no tenemos”. Hermoso epitafio para una hermosa película.

 Los accidentes y las cadenas montañosas determinan la economía, la producción y la existencia material de quienes las habitan, de eso no hay ninguna duda. Los medios de vida de los montañeses dependen de la explotación de los escasos recursos naturales que se encuentran a su alcance, ya sea en forma de bosques, pastos, yacimientos minerales, agua corriente o tierras cultivables. Y es esa escasez la que hace que sus sistemas productivos se encuentren marcados por la precariedad, el autoconsumo, la multiactividad, la dependencia de los fenómenos meteorológicos y la frugalidad. En economías como éstas, en las que la riqueza y la prosperidad son un fenómeno excepcional, la mayor parte de la población vive al día, sin más aspiración que la de satisfacer sus necesidades más elementales.

Los condicionamientos materiales a los que se ven sometidos estos territorios y quienes residen en ellos no se detienen ahí, también se extienden a las conductas públicas y privadas de estos últimos y a las instituciones sociales, políticas, culturales y simbólicas que desarrollan. Es más, nos atreveríamos a asegurar que, de un modo u otro, las montañas tienen la capacidad de modelar la personalidad, el temperamento y el carácter de los hombres y mujeres que residen en ellas o en las tierras altas de cualquier lugar del planeta. De hecho, existen indicios que demuestran que todos ellos comparten un mismo aire de familia, una sensibilidad o una forma de estar en el mundo capaz de superar las diferencias raciales, lingüísticas, ideológicas o religiosas.

Una de las mejores pruebas del impacto y de la influencia que las montañas ejercen sobre la psique humana la encontramos en un documental rodado en 2019 por el realizador chileno Patricio Guzmán. La cordillera de los sueños, que es como se titula esta obra, no solamente se llevó el premio a la mejor película iberoamericana en la última edición de los Goya sino que también obtuvo el L´oeil d´or (Ojo de oro) en el Festival de Cannes de 2019. Esta obra cierra una trilogía iniciada con Nostalgia de la luz (2010) y continuada con El botón de nácar (2015) en la que su autor convierte los espacios más representativos de la geografía chilena –el norte desértico, los fiordos y glaciares patagónicos y la Cordillera– en una metáfora o en un símbolo de la memoria y de la historia pasada y presente de este país.

La parte más interesante del metraje de esta película de 85 minutos de duración se concentra en la primera media hora, en los testimonios aportados por un grupo de artistas e intelectuales chilenos entre los que figuran Guillermo Muñoz, Francisco Gazitúa, Vicente Gajardo, Javiera Parra, Jorge Baradit o el propio Patricio Guzmán, que tratan de expresar cuánto y cómo les ha afectado la presencia de los Andes en su carácter, vidas, sentimientos o creaciones. Todos ellos coinciden en señalar que son más, mucho más que un excepcional accidente geológico compuesto por 15 millones de cerros distribuidos a lo largo de un eje de 6.000 kilómetros de longitud. Para algunos, como para el propio realizador, los Andes son una especie de conjuro, de heraldo del pasado y del futuro porque “está(n) en los sueños de nuestra infancia y cuando estamos en el extranjero y abrimos los ojos y ya no hay nada” o porque “cada vez que paso encima de la cordillera yo siento que estoy llegando al país de mi infancia, al país de mis orígenes”.

En cierto sentido, la singularidad de los chilenos está directamente relacionada con la orografía de su patria, con la inmensa columna que la vertebra y recorre de extremo a extremo. Por un lado, la Cordillera es un mar de montañas que convierte a Chile en una isla porque le otorga un aislamiento que en nada se distingue del que poseen los territorios insulares. La prueba está en que la mayoría de los colonizadores europeos que eligieron este destino no llegaron a pie, atravesando los pasos andinos, sino en barco, surcando el Pacífico. Los Andes son la salvaguarda, el filtro, la barrera o el muro que protege a los chilenos de riesgos y amenazas exteriores y que contribuye, más que ninguna otra medida, a incrementar su confianza y seguridad. Ahora bien, el precio que deben pagar por ello es el ensimismamiento, la sensación de vivir en los márgenes, en un universo propio, separado o apartado del resto del mundo y de los problemas que sufren sus vecinos iberoamericanos. Por otra parte, los Andes son ubicuos, se pueden ver y están en todas partes. Ningún chileno puede escapar, huir o esconderse de ellos por más que viajen o traten de ocultarse. Vayan donde vayan no desaparecen jamás porque ocupan la mitad, o más de la mitad, de la superficie total de la nación. Su presencia abrumadora, su indiferencia y estolidez mineral, su sordera y su enigmático silencio también deben afectar al ánimo de los chilenos. Eso es, al menos, lo que sugieren las palabras de Pablo Salas, el cámara y activista al que Guzmán dedica los últimos minutos del documental: “Durante todo el tiempo de la dictadura, la Cordillera ha permanecido en su lugar. Tal vez nos miraba sin que lo supiéramos (…) creo que la montaña es un testigo, ha visto cosas que nos querían esconder. Si pudiéramos traducir lo que dicen las piedras hoy tuviéramos (sic) las respuestas que no tenemos”. Hermoso epitafio para una hermosa película.

 Los accidentes y las cadenas montañosas determinan la economía, la producción y la existencia material de quienes las habitan, de eso no hay ninguna duda. Los medios de vida de los montañeses dependen de la explotación de los escasos recursos naturales que se encuentran a su alcance, ya sea en forma de bosques, pastos, yacimientos minerales, agua corriente o tierras cultivables. Y es esa escasez la que hace que sus sistemas productivos se encuentren marcados por la precariedad, el autoconsumo, la multiactividad, la dependencia de los fenómenos meteorológicos y la frugalidad. En economías como éstas, en las que la riqueza y la prosperidad son un fenómeno excepcional, la mayor parte de la población vive al día, sin más aspiración que la de satisfacer sus necesidades más elementales.

Los condicionamientos materiales a los que se ven sometidos estos territorios y quienes residen en ellos no se detienen ahí, también se extienden a las conductas públicas y privadas de estos últimos y a las instituciones sociales, políticas, culturales y simbólicas que desarrollan. Es más, nos atreveríamos a asegurar que, de un modo u otro, las montañas tienen la capacidad de modelar la personalidad, el temperamento y el carácter de los hombres y mujeres que residen en ellas o en las tierras altas de cualquier lugar del planeta. De hecho, existen indicios que demuestran que todos ellos comparten un mismo aire de familia, una sensibilidad o una forma de estar en el mundo capaz de superar las diferencias raciales, lingüísticas, ideológicas o religiosas.