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Austeridad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Francisco Morote Costa / Francisco Morote Costa

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Austeridad es la palabra con la que durante casi tres décadas, a partir de 1980, se empobreció aún más a los países empobrecidos. El período en el que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial impusieron a África, América Latina y numerosos países asiáticos políticas de austeridad del gasto público para que una deuda externa, cuyos intereses crecían incesantemente, y que a menudo contrajeron gobiernos dictatoriales y corruptos fuera puntualmente pagada a los acreedores extranjeros. Una deuda frecuentemente odiosa y/o ilegítima que pesaba como una losa sobre el desarrollo humano de más de dos tercios de la población mundial. Los pueblos de África, Asia y América Latina sufrieron en sus carnes esa austeridad sin escrúpulos y sin compasión. Los Estados de lo que se llamó en su día Tercer Mundo, destinaban al pago de la deuda eterna los escasos recursos con los que subvencionando los productos básicos de primera necesidad mitigaban la pobreza y el hambre de la gente común. Para pagar la deuda los países tambien llamados entonces subdesarrollados o en vías de desarrollo, sacrificaron los pocos recursos con los que se podían ofrecer escuelas públicas a los niños y hospitales públicos a los que enfermaban. Nada de esto conmovió a los economistas del FMI y del BM, ni a los propietarios y directivos de las entidades privadas crediticias. Las principales víctimas de esa austeridad fueron las niñas y las mujeres, como constataron los informes de las agencias especializadas de la ONU.

Dada la responsabilidad del FMI y del BM en la implementación de aquellas políticas de austeridad presupuestaria y, por supuesto, salarial, no tiene nada de extraño que ya en los años 80 del siglo pasado surgieran “tribunales de opinión” como el Tribunal Permanente de los Pueblos, heredero histórico del célebre Tribunal Russell, que en 1988 condenó ya la parcialidad y el carácter antipopular de dichas instituciones en la Sentencia de Berlín de 1988.

Ahora, de momento, somos los europeos periféricos, griegos, portugueses, españoles, los que tenemos que padecer la austeridad que nos recetan los gobiernos conservadores, con el alemán a la cabeza, que siguen el dictado de los mismos acreedores, los banqueros privados fundamentalmente, principales beneficiarios de la deuda externa europea, que tiempo atrás exprimieron al Tercer Mundo.

¿El objetivo?

Siempre el mismo, minimizar el papel del Estado. Austeridad en el gasto público, incluido el gasto social, sin importar los costes que en pérdida de servicios públicos - sanidad, educación, prestación por desempleo, pensiones -, resulten para las clases populares. Es más calculando, cuando no esperando, las ventajas que la ausencia que eso que también se dio en llamar Estado del bienestar pueda ofrecer al negocio de la sanidad, la educación y las pensiones privadas y/o privatizadas.

Sí, esa austeridad es la que nos empobrece a la gran mayoria y enriquece a una minoría en cuyo diccionario vital esa palabra no aparece.

Si no reacionamos, si no rechazamos esa austeridad que quieren imponernos, los recortes sociales, las reformas laborales regresivas y el fin del Estado del bienestar serán más pronto que tarde una realidad difícil de revertir.

Hay que considerar esa austeridad como una política hostil y antipopular, digna de figurar entre los delitos que debería juzgar ese Tribunal Penal Internacional para los Crímenes Económicos contra la Humanidad que algunos estamos empezando a reclamar.

Francisco Morote Costa

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