Donde crecen las cruces de hierro
Puede que no esté a la altura de Pat Garrett & Billy the Kid, Bring me the head of Alfredo García o The Wild Bunch, verdadera testamento cinematográfico y vital del realizador americano. No obstante, mientras se está viendo Cross of Iron a uno se le queda la garganta tan seca y áspera como cuando se ha abusado de tequila en una noche de borrachera.
Además, Cross of Iron posee uno de los personajes más lúcidos de cuantos pulularon por las películas de Peckinpah, el sargento Feldwebel Rolf Steiner, vivo resumen de muchas de las creencias vitales del director.
Steiner, como muy bien cuenta el capitán Kiesel -su superior hasta la llegada del aristocrático capitán Hauptmann Stransky- es un mito. Los hombres como él son nuestra única esperanza. Y en ese sentido, es un hombre muy peligroso.
Y es peligroso, porque la película se desarrolla en el año 1943, justo cuando el ejército alemán se bate en retirada en el frente ruso, tras la debacle de Stalingrado. Las victorias de antaño se han transformado en derrotas y, para sobrevivir, las otrora vencedoras fuerzas germanas solamente les queda recurrir a hombres valientes, pero indisciplinados como Steiner para poder sobrellevar lo que les está viniendo encima.
Para rematarlo todo Steiner luce suficientes condecoraciones como para llenar, él solo, un museo, lo cual lo hace, si se quiere, más valioso para sus mandos e igualmente intocable.
Sobra decir que los hombres de su pelotón lo consideran un dios y solamente responden ante él, sin importarle lo que los mandos superiores puedan pensar, salvo el caso del teniente Meyer.
Con semejante escenario, entra en juego la figura del ambicioso y despreciable capitán Hauptmann Stransky, un aristócrata prusiano, empeñado en lograr una Cruz de Hierro ?medalla de la más alta distinción al mérito del ejército alemán- para luego poder regresar, con sus ambiciones colmadas, a su pacífico destino en la Francia ocupada.
Stransky representa todo lo que Steiner odia, no solamente por su condición de oficial sino por sus modos arrogantes y sus ademanes de “sabelotodo” provinciano y autosuficiente.
Desde el principio, ambos hombres chocarán, sobre todo por el interés de Stransky en lograr la ansiada condecoración, cueste lo que cueste.
Lo mejor del caso es que Steiner, además de la medalla de la infantería y la medalla de oro de combate ?raramente concedida- posee no una, sino dos Cruces de Hierro. Una es de segunda clase y una, de primera clase, distinción concedida a una minoría de combatientes alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Por ello, Steiner no duda en darle una de sus Cruces de Hierro a Stransky, algo que también le sugieren el coronel Brandt y el capitán Kiesel, dado el notable empeño del prusiano. Como es lógico pensar, Stransky no solamente rechaza la Cruz de Hierro de Steiner, sino que torna su antipatía inicial en un denodado empeño en acabar con la vida del sargento.
Mientras tanto, la guerra que se libra en medio de los campos rusos terminará por colocar a los dos contendientes en un brete, el cual permitirá a Steiner brindarle la oportunidad de mostrarle a Stransky dónde crecen las cruces de hierro.
Al final, las miserias y grandezas de cada uno, la incapacidad de Stransky para recargar su arma y la risa lúcida y clara de Steiner ante el botarate que tiene delante, cerrarán una película digna de tener en cuenta.
Hoy en día, sesenta años después de acabada la contienda, aún hay muchos Stranskys sueltos por el mundo, empeñados en lograr una notoriedad y/ o un protagonismo por el que están dispuestos a vender, varias veces si hiciera falta, su alma al demonio.
Para ellos, cualquier excusa es válida y si no me creen piensen en las carnicerías que, de tanto en tanto, se montan en las formaciones políticas. Llegados a un determinado momento, a muchos de sus miembros les afecta el síndrome “Stransky” y se lanzan a la caza y captura de los parabienes del preboste de turno, simbolizados en un puesto de responsabilidad.
Ahora ya no se llevan los símbolos metálicos en las chaquetas como antaño. Ahora lo que importa son los cargos de más de tres palabras, a ser posibles en letras doradas y de tamaño 24, los cuales logren comprar, cuantas más conciencias, mejor.
En lo que no han cambiado estos nuevos buscadores de Cruces de Hierro es en los métodos.
En el caso del Stransky de la película, éste se aprovecha del “pecado” de homosexualidad ?la homosexualidad estaba prohibida por el régimen nazi- del nauseabundo teniente Triebig. Los nuevos Stransky no dudan en utilizar tanto los dineros ajenos, como las cualidades de quienes les rodean. Al final, con dar un codazo, lanzar un bulo o descalificar el trabajo ajeno en pos del propio, se puede salir en la foto.
Luego hay que verlos, pavoneándose y presumiendo de lo que no son, al igual que Stransky, queriendo asumir los méritos del fallecido teniente Meyer. Lo que importa es aparentar, ser más indecente, despiadado y palanganero que cualquier otro que los rodee. Si todo marcha como debe, su premio llegará, de la misma manera que Stransky a punto está de lograr la Cruz de Hierro ante la negativa de Steiner de testificar en su contra. Para el sargento hay cosas más importantes que los desvaríos del prusiano y de ahí que decida continuar con su misión de proteger a sus hombres.
El problema, ese gran problema es que en nuestra sociedad cada vez hay menos Steiner y más Stransky. Cada vez hay más indocumentados que dilapidan los recursos en majaderías, que toman decisiones inauditas, que no saben, siquiera, hablar bien, que no son capaces de aprenderse el guión que sus asesores les facilitan. Son el vivo ejemplo de cómo la política española se ha convertido en un vertedero de impresentables, colocados por quienes siempre han manejado el poder y los recursos para que las cosas sigan igual.
Casi ninguno de ellos tiene la más remota idea de dónde crecían las Cruces de Hierro ?y dudo que de saberlo tuvieran las agallas para ganarlas- pero se las pintan solos para decirle a los demás cómo se tienen que hacer las cosas.
Ya hemos llegado a un punto que no se vale por lo que hace uno, por los méritos de cada uno, sino que se vale por el cargo que se tiene y dónde se tiene. La idoneidad para desempeñar o no ese cargo como se merece es un asunto baladí.
Solamente espero, como ya escribí hace unos años, lograr encontrar la lucidez de Steiner y la risa con la que se cierra la película de Peckinpah, porque, Stransky nos quedan muchos, muchos por soportar en nuestra sociedad, tal y como están las cosas.
Eduardo Serradilla Sanchis
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