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OPINIÓN | 'Sadoeconomía', por Antón Losada
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Docentes ante el lenguaje inclusivo

Hace un par de meses participé en un curso online para profesorado de la Consejería de Educación. En el foro de presentación, un compañero saludaba a “todos” recalcando que usaba el masculino genérico para referirse a hombres y mujeres, y que daba su opinión sin ofender a nadie. Al cabo de unas horas, la profesora encargada del curso le respondió que estaría encantada de discutir sobre ese tema durante horas, pero al mismo tiempo ella y él debían hacer cumplir las leyes, decretos, órdenes, etc., que regulan el desempeño de la función pública en general y docente en particular, invitándole a conocer lo legislado en materia de igualdad en la Comunidad Autónoma de Canarias.

Me pareció una respuesta brillante. La compañera aludía a la Ley 1/2010 de 26 de febrero, Canaria de Igualdad entre mujeres y hombres, la cual tiene un capítulo dedicado a la igualdad en la educación. Uno de los principios generales de dicha Ley es “La adopción de las medidas necesarias para eliminar el uso sexista del lenguaje, garantizar y promover la utilización de una imagen de las mujeres y los hombres fundamentada en la igualdad de sexos, en todos los ámbitos de la vida pública y privada.”

Continúa definiendo el lenguaje sexista como el “conjunto de características y fenómenos del habla o uso de la lengua, determinado por una concepción androcéntrica y discriminatoria de las mujeres mediante la invisibilidad, la subrepresentación o la identificación subordinada a la del hombre, como ser o entidad derivada y no individual.

El lenguaje sexista incluye el uso normativo del masculino genérico omnicomprensivo, que relega al femenino a una posición de subidentificación o inexistencia y que legitima una doble moral para ambos sexos, al atribuir y socializar distintos o contrarios significados para los mismos conceptos en masculino y en femenino, o al asociar características peyorativas, discriminatorias o de subvaloración a vocablos relacionados con las mujeres.“

En definitiva, como empleadas y empleados públicos debemos cumplir y hacer cumplir la Ley; como docentes debemos promover entre nuestro alumnado la igualdad entre hombres y mujeres.

Sin embargo, no quiero eludir ningún debate. Creo que siempre habrá polémica en estos y otros aspectos de la vida pública porque simplemente existen múltiples formas de entender el mundo. En el ámbito científico existen negacionistas del cambio climático, creacionistas, pseudoterapeutas, etc. En el ámbito de los derechos civiles existen personas racistas, homófobas y negacionistas del machismo. Pero todos estos colectivos tienen en común que sus planteamientos son minoritarios en la sociedad actual, y que ni la ciencia ni la ética vigente les otorgan mucha credibilidad.

Respecto al lenguaje ocurre algo similar. Hay quienes piensan que es una herramienta neutra, aséptica, que no provoca ninguna consecuencia indeseable en la sociedad. Sin embargo, desde hace unas décadas parece que existe cierto consenso en el ámbito académico e investigador acerca de entender el lenguaje como un instrumento que refleja una realidad sociedad concreta, con estereotipos y relaciones de poder incluidas.

Nuestro lenguaje es bello, pero no está libre de esas inercias reflejo de épocas pasadas. Inercias que perpetúan y acentúan determinadas desigualdades.

No es casualidad que en los medios privados de comunicación se hable de “gasto público” en lugar de “inversión pública”... Quien primero acuse a determinado gobierno de “régimen” o lo califique de “terrorista”, tiene la mitad de la batalla ganada: a través del uso de ciertos términos fijan marcos mentales en las personas receptoras del mensaje. Marcos de los cuales es realmente difícil escapar (“No pienses en un elefante” de Lakoff, interesante obra de comunicación política).

Gitano sigue significando ladrón o sucio; mariquita es quien carece de valentía.

Juanito es un zorro porque se hizo el loco, pero Alba es una zorra porque anda con varios tíos a la vez...

Entender estos efectos colaterales del lenguaje no lo hace menos serio ni atractivo. No niego la necesidad de reglas para que el lenguaje sobreviva, pero otra cosa bien diferente es estar de acuerdo en que se acepte la acepción femenina anteriormente mencionada de zorra en el Diccionario de la RAE. Que no aparezca en la RAE no significa que desaparezca por arte de magia de nuestras mentes, pero alegar que no se eliminan expresiones insultantes y discriminatorias porque “sólo reflejamos” me parece miserable y mezquino.

Somos animales sociales, y en la medida que nos interesamos por los asuntos públicos, animales políticos. Tenemos ideas e ideología más allá de lo electoral, y apostar por el uso del lenguaje inclusivo es una opción política, aunque suene problemático.

Entrando a nivel práctico, no dudo que sea difícil avanzar hacia un lenguaje más inclusivo, que refleje los avances de una sociedad más igualitaria. Es incluso más difícil para los y las docentes que para el alumnado: Somos las personas adultas las que hemos sido educadas en valores tradicionales y machistas. Los prejuicios y estereotipos racistas, de género, clasistas… han dispuesto de más años para empaparse en nuestros códigos lingüísticos.

Pero no es más complicado que usar el transporte público o reciclar en aras de una mayor sostenibilidad ambiental, o que dedicar dos días en semana a ejercer voluntariado, o en llevar al día esa tabla de ejercicios que te dieron en el gimnasio…

No nos vamos a morir por prescindir del masculino genérico. Los hombres no nos disolveremos en la atmósfera. Basta con decir alumnado en lugar de alumnos. Sin embargo, tampoco nos vamos a asfixiar por decir alumnas y alumnos (doy fe, lo digo todos los días): el mundo sigue girando.

Existen guías muy interesantes que nos pueden ayudar a poner en práctica un lenguaje más igualitario. Esta del Instituto Canario de Igualdad está muy bien. No nos olvidemos que hay otras dimensiones que rodean al lenguaje, como es el tono con que se habla, el tiempo dedicado, la ocupación del espacio público para intervenir... cuestiones en las que los hombres tenemos experiencia.

Hay quien se rasga las vestiduras denunciando que todo esto es promovido por la “ideología de género”. Estoy de acuerdo, como dice el incisivo Bob Pop en uno de sus vídeos, no hay ideología de género más antigua ni más hegemónica que el machismo. La cuestión es que temen una ideología (o modelo socioeconómico) que amenace sus privilegios adquiridos por el simple hecho de ser hombres. Bienvenidas las ideologías que amenazan privilegios.

En otras ocasiones nos acusan de atentar contra la estética y la economía del lenguaje, como muchos tertulianos (mayoritariamente) hombres nos hacen creer poniendo en nuestras bocas el “queridas y queridos niñas y niños, hijas e hijos de vuestras y vuestros madres y padres”. Tremenda estupidez, yo procuro usar el lenguaje inclusivo y no me expreso así. ¿Acaso no atentan más contra la estética y la economía del lenguaje los típicos discursos planos, autocomplacientes, interminables... de determinadas personas?

Termino. Hace unos años una alumna me dijo que no entendía por qué saludaba con el “chicos” si en la clase eran 13 chicas y 7 chicos. Pensaba que más que decir sólo “chicas”, también debía incluir a los chicos, que aunque 7, eran 7 que existían. Su opinión no es más, pero tampoco menos importante, que la de Arturo Pérez Reverte.

Hay temas que ya no son motivo de opinión (o que por lo menos deberíamos fajarnos para que no lo sean). La dirección de tu empresa no debería opinar sobre la conveniencia de eliminar los festivos, ni en la reunión de familias deberían opinar sobre separar al niño gitano del resto del alumnado. Las conquistas sociales convertidas en derechos humanos y leyes son innegociables o con poco margen para el debate, por mucho que últimamente quieran meterlo en la agenda pública colectivos de ultraderecha.

El lenguaje por sí solo no va a solucionar las desigualdades e injusticias sociales. En el fondo es un campo de batalla más. Y de los más apasionantes, por cierto.

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