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Por enésima vez, la formación no es un requisito previo al empleo. Es consustancial a nuestra vida, incluso cuando no participamos activamente en el mundo laboral. Simplemente entender o aspirar a entender la realidad que nos rodea ya es un objetivo loable. Ahora bien, todo comienzo, continuidad o reciclaje, sea profesional o no, debe identificar de forma honesta las aptitudes que se tienen, del mismo modo que los puntos débiles. Para ello se ha de realizar un esquema basado en las (D)ebilidades, (A)menazas, (F)ortalezas y (O)portunidades con perspectiva personal, lo cual es esencial a la hora de elegir un rumbo profesional determinado. Te ayudará a saber cuáles son los puntos fuertes a la vez que se detectan las habilidades que faltarían para adaptarte al mercado actual y futuro. Más allá de hacer ese ejercicio de introspección, es imprescindible conocer también la situación actual del mercado laboral para poder encauzar el futuro profesional hacia un sector con salidas y demanda de horas de trabajo que se encuadre en el ámbito de las vocaciones personales. En este capítulo es importante valorar tanto la capacidad económica como el tiempo disponible, asumiendo que es probable que pasemos más tiempo en un puesto de trabajo que en el sillón de casa.

Una vez identificadas y solapadas las necesidades con los excedentes, el asesoramiento científico y experiencial podría informar con exactitud de las capacidades más demandadas y detectar los huecos en los que se puede encontrar el futuro profesional. Pero intentar afrontar este reto desde una perspectiva individual es poco edificante y constructivo, siendo necesario una visión multidisciplinar para combinar formación y empleo, así como al propio tejido productivo inseparablemente unido a los diferentes niveles del sistema educativo. Ahora bien, entendiendo y asumiendo que el ascensor social por excelencia en el conocimiento, no todo el mundo tiene acceso al mismo, no tanto en cantidad, sino en calidad por lo que se ha de habilitar un sistema para minimizar costes de aprendizaje a cambio de maximizar la experiencia en el menor tiempo posible para dedicar tiempo a mejorar las habilidades y conocimientos.

Alimentando la provocación, aunque no siempre se diga de manera explícita, los casos que se presentan de sobrecualificación en el empleo y de emigración del talento dan a entender que estudiar, sobre todo en tiempos de crisis, no sirve de mucho. Si este hecho fuera cierto, esta idea de la inutilidad de la educación como palanca para el ascenso social sería un hecho de la mayor trascendencia porque el conocimiento dejaría de ser el factor más relevante a la hora de proporcionar acceso a las clases profesionales. De hecho, quien crea en las virtudes de la meritocracia, sea por justicia distributiva o pensando en la asignación eficiente del talento, debería inquietarse porque la educación ya no cumple esa encomiable función de allanar el camino hacia la promoción social. Pero ¿realmente es verdad? Obviamente no. La educación es tan importante que las probabilidades de ejercer las ocupaciones más deseadas con un nivel educativo alto superan con creces a las de los niveles de enseñanza más bajos, cualquiera que sea la clase social de origen, por lo que defender lo contrario se basa en ejercer una simple maniobra estratégica por parte de quienes aspiran a mover los hilos del mundo habida cuenta que una sociedad inculta, es una sociedad manipulable.

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