Sobredosis de cantamañanas

Alfredo Briganty y Salvador Alba.

Lunes de oro para los cantamañanas. Casi a la misma hora en la que el juez Salvador Alba veía frustrado su intento de nacionalizar su conflicto para hacer más liviano su camino inexorable hacia el banquillo, el abogado Alfredo Briganty autorizaba a su abogado a decirle al jurado del caso Eólico que reconoce los hechos y que siente mucho haber actuado como lo hizo en aquel concurso de asignación de potencia eólica que condujo a la Policía Judicial al estanque de los lebranchos para no perturbar la paz de los tiburones.

Tanto Alba como Briganty se han desgañitado anunciando un cataclismo judicial, social y político ante las revelaciones con las que han venido amenazando. Alba, desde el instante en la que la magistrada Margarita Varona le abría juicio oral por cinco delitos, y la Fiscalía de la Comunidad Autónoma le pedía 10 años de cárcel y 29 de inhabilitación por esos mismos delitos. Briganty, desde que se dio cuenta de que se había revolcado con los pringados del concurso eólico, él que siempre meó colonia, él que solo se juntaba en Madrid con grandes clientes que se podían permitir sus honorarios, él que llegó a ser candidato a delegado del Gobierno en Canarias. El abogado grancanario con despacho en la capital española llegó a escribir un libro, dicen que una trilogía, con el muy loable fin de “reivindicar mi inocencia, demostrar la corrupción institucional y desenmascarar a un sanedrín mafioso compuesto por políticos, empresarios, jueces, fiscales y periodistas”.

Para garantizarse la máxima divulgación, Briganty no puso la trilogía a la venta, sencillamente la regaló, en la errónea creencia de que su intenso estilo literario pudiera cautivar a aquellos lectores que no hubieran estado a aquellas alturas lo suficientemente ilustrados sobre lo que había ocurrido.

Ante la evidencia de que sus febriles revelaciones caían en el desprecio y que se acercaba la fecha del juicio sin que nadie declarara la tercera guerra mundial, Briganty inició otra estrategia, consistente en rascarse el bolsillo y conseguir así que algunos comunicólogos, locutores y locutoras, barriletes y futurólogos se encargaran de divulgar sus disparates como si fueran resultado de un laborioso trabajo de periodismo de investigación.

Algunos de esos comunicólogos no se han cortado un pelo y han iniciado sus programas anunciando a sus oyentes que les patrocina Briganty Inversiones, mientras que otros, mucho más bregados en la cuestión, lo han disimulado hasta donde han podido. Pero también se les ha notado una barbaridad.

Esos también quedaron este lunes con el culo al aire. “Seis peregrinos que hoy se van a sentar en el banquillo, que se han llevado la tortas, tanto del Partido Popular como de Coalición Canaria, como de la sociedad en general siendo inocentes”, clamaba a los cuatro vientos Francisco Javier Chavanel el mismo día que comenzaba el juicio por el caso Eólico dando, además, sobradas muestras de saber que su cliente no se iba a presentar a juicio.

Porque Briganty, después de haberse gastado un dineral en libelos y en comprar comunicólogos; después de insultar a jueces, fiscales, políticos y periodistas; después haber jurado por Snoopy que era inocente; después de inventarse una conspiración mundial en la que todos los astros se habían conjurado contra él, va y admite los hechos por los que está acusado de cohecho por haber presuntamente sobornado a Celso Perdomo para conseguir ganar el concurso eólico haciendo trampas.

No hay dinero que pague este ridículo.

Alba, otro cantamañanas

Alfredo Briganty ha convertido el juicio por el caso Eólico en un auténtico esperpento: empezó no presentándose y marchándose a Marbella para que lo detuvieran en un hotel chic. Luego anunció que no rebajaría ni un ápice sus pretensiones hacia el tribunal y que iban a tambalearse los cimientos de la Ciudad de la Justicia con sus escandalosas revelaciones. Ahora, dice su abogado, ha recapacitado.

Pero si Briganty ha introducido el esperpento en este juicio, tampoco se ha quedado atrás el principal encartado, Celso Perdomo, director general de Industria por el PP en los tiempos del cólera. El tribunal ha frustrado sus pretensiones de que acudiera a declarar como perito testigo al juicio nada más y nada menos que el juez Salvador Alba para que explicara sus teorías sobre el Derecho Procesal. Resulta curioso que los presuntos delincuentes recurran con tanta frecuencia a Salvador Alba con el fin de salvar sus respectivos culos. Da que pensar. Pero ésas son otras historias.

Porque mientras Briganty se bajada de pantalones en Las Palmas, la Fiscalía del Tribunal Supremo decidía despacharse con cajas destempladas la desorganizada denuncia de Salvador Alba contra el presidente del Tribunal Superior de Justicia, la Fiscalía de Las Palmas, magistrados de la Audiencia Provincial, una diputada de Podemos y el apuntador.

El archivo de la Fiscalía es un revolcón en toda regla a Salvador Alba, que pretendía hacer coincidir en el tiempo la celebración de su juicio por cinco delitos con una rebuscada investigación de la Fiscalía, o vaya usted a saber si del TSJ de Madrid o del TSJ de Canarias si, como pretendía el polémico juez, se hubiera investigado la labor de la Fiscalía de Las Palmas.

Al igual que Briganty, Alba intenta extender un manto de mierda a su alrededor para que parezca que lo que él hizo es un juego de niños comparado con lo que otros han hecho con él. O, por ser más precisos, un manto de mierda con el que implicar en sus actuaciones a los que él dice que se las ordenaron y se las permitieron.

Como buen singermorning, Alba quiso hacer tan potente su denuncia que hasta introdujo afirmaciones que pueden convertirse en muy relevantes durante el juicio al que habrá de someterse, sea cual sea el futuro de las autoridades a las que quiere implicar. Pero no a su favor, precisamente. Ésa también es otra historia que no vamos a contar ahora.

Sobre este blog

El blog de Carlos Sosa, director de Canarias Ahora

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Publicado el
18 de junio de 2018 - 22:50 h

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