Hay más Saramago

De izquierda a derecha, Pilar Reyes, de Alfaguara; el escritor y periodista Ricardo Viel, Pilar Del Río y el director de la Fundación Cesar Manrique, Fernando Gómez Aguilera.

Carlos Sosa

Las Palmas de Gran Canaria —

La noticia es que hay más Saramago. Que había más Saramago incluso oculto a los ojos de Pilar del Río, que cuatro años antes de encontrar el Cuaderno número 6 contestaba circunspecta a un periodista de Diario de Jalisco: “Ya no hay más novelas, ya no hay más apuntes. Algunos papeles sueltos de juventud, si se publican, se publicarán en ediciones de la fundación, especiales para estudiosos. Pero no hay más Saramago”. Pero, por suerte, se equivocaba: había más Saramago. Una feliz insistencia del director de la Fundación César Manrique, Fernando Gómez Aguilera, para que la compañera de Saramago comprobara unas fechas, la condujo a un viejo Acer Pentium a buscar en una carpeta de archivos guardada bajo el nombre de Cuadernos. Nunca pensó que aquel señalado con el número seis, el referido al año del Nobel, 1998, iba a estar completo y listo para publicar en cuanto alguien lo descubriera y lo decidiera.

El cuaderno del año del Nobel (Alfaguara), presentado esta semana pasada en Lanzarote, es una auténtica joya por todo el significado que atesora. Y si se lee junto a Un país levantado en alegría, del periodista brasileño Ricardo Veil, también presentado en el mismo multitudinario acto en la Fundación César Manrique de Tahiche, la satisfacción para los seguidores de José Saramago puede ser inmensa.

Que el nuevo Cuaderno de Lanzarote, el que hace el número seis, haya aparecido en febrero y publicado justo cuando se cumplen los veinte años de la concesión del Nobel, añade todavía más atractivo a la obra porque permite conocer la transformación que sufrió el día a día del escritor y de su entorno a partir de tan decisivo acontecimiento. Pero también cuáles eran sus desvelos sociales y políticos, algunos de ellos todavía sin resolver, y cómo los trasladó sin desviarse un milímetro de sus principios y de su ideología hasta la mismísima jornada de entrega del Premio Nobel en Estocolmo.

Hay mucho de Saramago en este diario, por supuesto, y mucho de Lanzarote, sin duda. Pero hay también mucho de Chiapas (“Sobran cinco millones de campesinos”, dicho por un funcionario del Gobierno mexicano); mucho de literatura (genial su traslación del Alonso Quijano de El Quijote al Pessoa “que no necesita volverse loco para convertirse en esos otros Napoleones”); mucho de las vivencias que le aportan sus lectores (un ciego le escribe tras “escuchar” Ensayo sobre la ceguera para definir su prosa como “malabarista y egipcia”); su preocupación por la deriva de la izquierda ante “la marea alta de los neoliberalismos”, y su cariño hacia personas tan entrañables para él como Juan Cruz, su antiguo editor, al que llama “compañero infalible” tras dejar para la posteridad un hermoso texto de Almudena Grandes que la escritora no pudo leer en un acto en el Círculo de Bellas Artes por “la vehemencia” con la que el moderador, el escritor tinerfeño, le pidió que no leyese sino que improvisara.

No escapa la monarquía española, a cuyo rey de entonces reprocha haber acudido al centenario de Federico García Lorca sin pasarse por el lugar donde el poeta fue asesinado por los franquistas. “No puedo evitar una incómoda sensación de perplejidad”, escribió el 17 de enero de 1998.

De la misma manera que tampoco escapan los que le negaron en los tiempos previos al Nobel algunos reconocimientos. Particularmente el Ayuntamiento del municipio portugués de Mafra, al mando de un tal Ministro Dos Santos, del PSD, que impidió que la escuela secundaria llevara su nombre en respuesta a la petición de su comunidad escolar. “Me proponen ser Visitante Ilustre de la ciudad de Buenos Aires. Voy de asombro en asombro, de sorpresa en sorpresa: mientras Mafra me niega un simple gracias de gente bien nacida, Lanzarote me declara hijo adoptivo y Buenos Aires me llama ilustre… El mundo está boca abajo: lo que debería ser no es, y lo que es no pregunto si debería serlo”. Todavía no le habían concedido el Nobel de Literatura.

8 de junio de 1998. Mesa redonda sobre la moratoria en Lanzarote. A Saramago le preocupó siempre el medio ambiente y dejó en ese acto una frase para la posteridad que aparece en la entrada de ese día en este Cuaderno: “El turismo de calidad es el turismo respetuoso que va a un lugar que se respeta a sí mismo”. No parece que, veinte años después, Lanzarote haya aprendido algo al respecto. Una veintena de hoteles con infracciones urbanísticas permanecen igual de impunes pese a las sentencias condenatorias firmes. Mientras el Cabildo de la isla que habría de velar por esas ejecuciones judiciales se despacha con invocaciones a la ley (¿?) para negar a las personas que visitan Lanzarote una señalización mínima que les permita llegar a la casa de José Saramago, su hijo adoptivo, en Tías.

La serenidad y la austeridad de Saramago tienen su reflejo más decisivo en el texto que escribe en su Cuaderno el día 8 de octubre, la fecha en la que le conceden el Nobel de Literatura:  “Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel. La azafata. Teresa Cruz. Entrevistas”. La azafata de Iberia que le comunicó la noticia es una persona aún sin nombre. Lo llamó por megafonía desde la puerta de embarque del vuelo a Madrid que el escritor finalmente no tomó porque le conminaron a que regresara a la ciudad. Lo hizo Teresa Cruz, periodista adscrita a la oficina de promoción turística de Portugal, que habló con él desde la Feria del Libro de Frankfurt en la que había participado Saramago el día anterior en una mesa redonda que se titulaba Qué significa ser escritor comunista hoy.

Desde Lanzarote, Pilar del Río fue capaz de aguantar 24 horas el secreto que le confiaron desde Suecia. Querían saber el paradero del escritor para comunicarle que había sido el elegido solo un minuto antes de darlo a conocer al mundo. Intentó por todos los medios que Saramago no se moviera de su hotel en Frankfurt sin contarle exactamente por qué. La respuesta del escritor fue muy pragmática: “Sí, claro, así perderé el Nobel y el avión”.

Campeones del mundo de Literatura

Esas vivencias y esas anécdotas del año en que Saramago ganó el Premio Nobel hay que saborearlas en la otra obra presentada este pasado jueves en Lanzarote. El periodista brasileño Ricardo Viel lo cuenta con mucho detalle y de manera muy amena en Un país levantado en alegría (Alfaguara).

Portugal fue, efectivamente, una fiesta. Lo atestigua la anécdota relatada en la presentación por Pilar del Río. Ocurrió en una asamblea de socios del Benfica (Sport Lisboa e Benfica es su nombre completo). Uno de los socios pedía intervenir insistentemente, brazo en alto, aquel 8 de octubre de 1998. La presidencia no le concedía la palabra por no haberse alcanzado todavía el punto del orden del día que lo permitiera. Pero ante aquella insistencia, que pudiera responder a una cuestión de emergencia, el socio pudo levantarse y exclamar ante el asombro de todos los presentes que “hemos ganado el Campeonato del Mundo de Literatura”.

La obra de Viel, resultado de una rigurosa investigación documental y testimonial, refleja cómo se vivió en Portugal, en España y en muchas otras partes del mundo el Premio Nobel a José Saramago.

Amante y profundo conocedor de su obra, Ricardo Viel vio cumplido uno de sus sueños de joven al conseguir trabajar para la Fundación José Saramago, en Portugal. Allí se custodian muchos documentos que le han ayudado a confeccionar este trabajo a caballo entre lo periodístico y lo literario.

Su propio relato saramaguiano, el que leyó ante el público de la Fundación César Manrique de cómo terminó de leer La balsa de piedra, resulta revelador. Con sus ahorros había comprado el libro, y cuando solo le faltaban unos pocos capítulos para acabarlo, lo dejó olvidado en una guagua al bajarse. La mejor manera que encontró para resolver aquella situación tan desesperante fue acudir a la librería donde la compró y en la que acabó la obra agazapado entre sus estanterías.

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