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En busca de Ismael, el desaparecido que nunca fue de los volcanes de La Palma

Casa en Las Ledas, Breña Baja

Toni Ferrera

Las Breñas —

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En La Palma coexisten dos municipios que se llaman casi igual: Breña Alta y Breña Baja. Las casas, por lo general, son pequeñas y rectangulares, alargadas, de colores claros y suaves. No hay masificación de viviendas. No hay bullicio. No hay caos. Al este de la isla, esta zona está caracterizada por su clima templado: en verano, hace fresco; en invierno, también. Es como si la población residente viviera en constante armonía con la naturaleza y el entorno, como si estuviera gritando todo el rato: aquí no pasa nada, aquí no se pierde ni una mosca.

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En el Valle de Aridane, donde explotó el volcán sin nombre hace dos meses, se escuchan los pasos al caminar por la acumulación de cenizas. En las Breñas, al otro lado de la isla, ocurre lo mismo porque directamente no hay nada más. Aquí se dio una de las mayores catástrofes que ha sufrido La Palma en su historia reciente: 26 personas murieron por una trágica riada que arrastró árboles, piedras de gran tamaño, casas y cultivos el 16 de enero de 1957. Marquitos, que tiene su finca junto a una de las zonas devastadas, señala a distintos puntos del barranco donde antes había vida. “Mira, eso era un pajero, ¿ves la pared? Había una yunta de toros y [la crecida] se la llevó. Dicen…”, agrega Marquitos, que prefiere no hacer afirmaciones categóricas porque no es de la zona “a pesar de haber estado 50 años aquí”.

En esa riada ya no estaba Ismael, del barrio de Las Ledas, Breña Baja. Según contó el periódico La Tarde, una cabecera tinerfeña que dejó de publicar en 1982, durante la erupción del volcán de San Juan de 1949 “salió de su domicilio con dirección al monte, el vecino Ismael Pérez Bravo, sin que hasta la fecha se haya vuelto a saber de él. Grupos de vecinos han recorrido los sitios por donde fue visto por última vez el mismo día, a las 12:30 de la tarde, resultando infructuosas las pesquisas realizadas para encontrarlo. Era un sujeto extravagante y sencillo, muy popular en este pueblo, pues estaba constantemente cantando y riéndose”. El artículo señala que “salió con intenciones de traer leña, pero por el camino dijo a alguien que pensaba ir a ver el volcán, a partir de cuyo instante, como se ha dicho, no se ha vuelto a tener noticias suyas”.

Hay otro relato similar. En el libro El volcán de San Juan. Crónica de una erupción del siglo XX, el cronista oficial del municipio de Fuencaliente [sur de La Palma], Juan Carlos Díaz, recoge el testimonio de Francisco Sánchez Pérez, del barrio de Las Manchas. “Hasta que bajó la lava por Mazo, la gente venía a montones. Fue una catástrofe para algunos, pero dio crecimiento a la isla y solo un desaparecido por la zona de las Breñas, que estaba algo trastornado. Por lo demás, no hubo desgracias”. Ismael es el “desaparecido” que recogen otras informaciones periodísticas actuales para contar las consecuencias que dejó ese proceso eruptivo. Es el hombre que subió a la montaña y nunca regresó.

En el bar Balcón Canario se miran extrañados. Entre café y café sale la pregunta: ¿conocen la historia de Ismael? Nadie sabe o dice nada. Los allí presentes, todos de entre 40 y 50 años, nombran la figura de un señor que quizá podría ayudar: Elías Bienes, que vive a unos 200 metros del local, justo en la misma calle. Allí, en una casa rosada con grandes ventanas y puerta de tres metros, abre la puerta una mujer. Elías mira desde el final del pasillo, con la curiosidad de un niño que quiere entender qué está pasando. Después de unos minutos, se acerca; ha escuchado el nombre de un muchacho con el que se relacionó de joven.

“Ismael, uno que vivía por el caminito hacia abajo… A él no sé qué le dio. Ese muchacho andaba por ahí, no hacía daño, nunca faltaba al respeto. Algunas personas se lo llevaban cuando cavaban papas, él se ponía a juntar y después le daban un saco. Porque era gente pobre”, detalla Elías. “Yo era chico. Él era un hombre al que le decían cualquier cosa, tenía una hermana y una madre, pero todos fallecieron ya. A él lo dieron por perdido, nadie sabía nada, nadie lo había visto. Y entonces se creyó que si se fue a ver lo que pasaba con el volcán. A lo mejor cayó por una zanja o se asfixió… Pero creo que el cuerpo nunca lo encontraron”.

Elías describe con precisión a Ismael. Dice que “no tenía conversación, que venía con un cuento y si le dabas un recado aquí para que se lo diera a un vecino allí, se olvidaba”. Que estaba “perdido de la cabeza, se la pasaba por aquí en la carretera, de allá para acá”. Que era conocido por todos “de vista”. “Yo era más pequeño que él, muy chico, nací en el 32 y lo conocí así”.

“Oficialmente”, recuerda, “nunca se supo que murió en el volcán. Lo que sucedió es que, como él iba de un sitio para otro, no llegaba a casa a la hora de la comida… Y entonces, después de que reventó el volcán, como siempre andaba por estas carreteras, los vecinos decían: ¿Ismael? ¿Está enfermo? Fueron a la casa y le preguntaron a la madre y a la hermana. (…) Y dijeron: ay, m’hijo, pues yo no sé de Ismael hará como cuatro días. No lo vieron más”. Según Elías, él “se ponía a hablar del volcán, disparates… Las facultades no le daban para más. La gente le echaba bromas. Y eso, pasando miseria y trabajo. Él de esta zona no salía nunca. Y después del volcán fue cuando desapareció. Ya después de eso… No se ha oído más nada, ni datos… No se supo”.

En la curva que separa Breña Alta de Breña Baja vive Gladis. Curiosamente, su casa está en un municipio y su garaje en otro. Alrededor se oye el cacareo de las gallinas y el sonido silbante del viento golpeando las ramas de los árboles. Gladis tiene la puerta de su casa abierta. Dicen los que viven por esta región que así está desde que nació. Cuando escucha el nombre de Ismael, aspira. “¿Que lo mataron?”, pregunta, obviando lo que tenía que ver con el volcán de San Juan. “Según dicen ahora, o hace años, un guarda jurado que estaba por aquí por el barranco lo confundió con otro que estaba cortando algún monte y le dio un palo. Y lo mató. Pero no fue con mala intención, según me han dicho. Y después…”, Gladis se toma un respiro, “él se fue para Venezuela huyendo. Y ahí se quedó la cosa”.

La mujer, de más de 80 años, habla de Ismael como “uno normalito, que vivía de lo que le daban para comer” y al que se referían en el pueblo como “el pobre Ismael”. “La madre y la hermana”, de quienes Gladis recuerda los nombres, Guadalupe y Elvira, “estuvieron esperando todos los días que viniera y después se supo que lo habían matado. Y quedó ahí en el monte”. Ella no cree que fuera a ver la erupción, que se estaba dando al otro lado de la isla, “más bien iba a buscar leña al monte, es lo único que me acuerdo yo de eso, de la familia esperando. Fue una desaparición tan misteriosa… Al cabo de años fue cuando se vino uno enterando de que el hombre ese no lo mató adrede, sino más bien confundido. No creo que llegara al volcán, había que caminar bastante”, concluye.

Gladis da el nombre de otra persona que podría conocer la historia, Mauro, que vive en un domicilio de color verde en una calle más arriba. Pero Mauro no está en su casa. Sin embargo, el enigma perturbó tanto en su momento, que los hoy más jóvenes reconocen quién fue Ismael por los testimonios de sus padres y abuelos. Carlos, que no debe superar los cuarenta, hasta sabe dónde vivía.

-       ¿Ves la casa esa azul?

-       Sí

-       Pues un poco más allá, a mano izquierda

Carlos levanta las manos para poner entre comillas que Ismael desapareció. Parece un poco dubitativo para exponer lo que le han contado, pero finalmente lo suelta. “Dicen que alguien se lo cargó. Yo sé de una persona que sabe justamente dónde está. Así me dijo una vez. Pero son cosas, son historias que vas recalando de un lado y de otro. Creo que no fue por el volcán. No tiene nada que ver”. Al ser Las Ledas “muy vecinal”, el rumor corrió como la pólvora.

En el restaurante Casa Pancho, a un grupo de lugareños de la zona les sorprende la cuestión mientras comen cacahuetes y beben cerveza. “Yo no lo conocí, pero lo sé porque mi padre me lo contó”, afirma Julio, de 61 años. “Ismael se perdió en el volcán de San Juan y no apareció más nunca. ¿Y quién lo puede saber? José Tabares. Mi tío también lo sabe”. “¿Y Carmelo?”, interrumpe un compañero de Julio. “Carmelo lo sabe también”.

“Son todo suposiciones”, continúa Julio, “pero no se puede ni decir ni demostrar. Fue para el monte, lo vieron subir, mi abuela lo vio subir por La Caleta y creo que tío Carmelo también. Y todo fue por un robo. Un robo de montes o no sé qué, y como Ismael no era completo, se lo achacaron a él. Yo sé el relato porque me lo contaron. Su historia es una supuesta noticia que quedó en el aire, como una anécdota. No había medios para averiguarlo. Pero no murió por el volcán, esto te lo aseguro yo”.

José Tabares, de más de 90 años, sale de su casa lentamente con su bastón, gafas de sol y un gorro con la serigrafía de la isla de La Palma. Se sienta en un sofá en el pequeño patio de su casa. Junto a él está Pilar, su esposa. Ambos conocieron a Ismael. “No desapareció cuando fue a ver el volcán. Eso fue lo que inventaron. Era vecino de nosotros, arriba en Las Ledas. Pero la historia de él no la sabe nadie, nada más que el que se lo cargó”. 

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