La isla de Estrabón

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Todos vivimos sobre la corteza terrestre de la isla de Estrabón. El mundo es una isla, una “insula” porque está “in salo”, en el mar y a su vez, el planeta Tierra también es una isla en el espacio sideral. Nosotros, la geografía humana, intentamos describir la geografía física, la histórica, la económica y soñamos con poder descifrar la geografía política, en tantas ocasiones, tan esquiva. En ciertas circunstancias, el ser humano se siente como una isla, aislado, en ese momento, todos somos isleños, todos nos encontramos rodeados por un mar de incertidumbre. Las masas, más tarde, más temprano, se atraen, la soledad acaba buscando compañía, por eso existen los archipiélagos; las mujeres y los hombres descubren el mar que los une, que no es otro que el mismo mar que los separa. El poeta Luis Álvarez Cruz, citado por el catedrático de Filología Griega, Marcos Martínez, en “Canarias en el mar de los mitos” definía las islas como ”porciones de tierra rodeadas de teorías por todas partes”. “En este sentido las islas son un “alter orbis” (otro mundo), espacios privilegiados y lugares apropiados de lo que podríamos llamar “geografía mental”, apunta el filólogo canario. Para la ciencia geográfica las islas nacen a partir de movimientos geológicos como erupciones volcánicas, hundimientos, subidas del nivel del mar o grandes desprendimientos, etc. Para el ser humano las islas nacen para hacer posible la utopía. No me refiero a lograr el sueño del retiro a un edén o paraíso, en la antigüedad como un descanso del Mediterráneo, después, como un renovarse lejos del mundanal ruido, sino a la posibilidad de construir un lugar habitable a partir del desierto o más bien, de algo puro, virgen, inhóspito, algo que transformamos, un espacio donde podemos empezar de nuevo con nuestros conocimientos adquiridos. Encontrar un territorio desde el que sea posible emprender el vuelo de la imaginación. Y nunca olvidar las palabras de María Zambrano: “No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”.

Para poner algo encima de la corteza de la isla, es necesario primero, describir el territorio, desplegar las propiedades a sumar y tener en cuenta las condiciones que marcan sus límites. Buscar los lugares donde construir un hábitat, localizarlos y señalarlos, es tarea de los geógrafos y no de los especuladores. Sin el aporte que la ciencia de la geografía y sus especialidades pueden hacer, perderíamos la precisión de acertar en el modo de actuar, construir o reconstruir sobre un territorio en el que siempre será necesario tener en cuenta cuestiones como, ecología y soberanía, despoblamiento y masificación, tradición y nuevas tecnologías; la dependencia del exterior, en este caso de Europa, puede ayudarnos a no cometer ciertas barbaridades, ante la exigencia siempre de un análisis exhaustivo de los hechos y de las circunstancias. Todo esto es necesario para lograr establecer asentamientos alternativos que tengan en cuenta factores de riesgo a medio y largo plazo, riesgos relacionados con nuevas erupciones en cualquier momento y riesgos que tienen que ver con la creación de guetos o masificación de adosados de futuro social altamente frágil. Es un asunto muy embarazoso el que afrontar en estos momentos, respecto a las consecuencias del volcán de La Palma. Sin duda alguna, la labor a realizar es ingente y obliga a un verdadero reto, en este caso, un reto geográfico, una hazaña humana. Por delante queda emprender una tarea que evite la miseria misma, que impida llegar a una situación mental deteriorada entre los damnificados ante semejante cadena de desgracias, y de postre, a una posible emigración fuera de la isla, como ha sucedido en otras erupciones en el archipiélago. Crear un equipo de trabajo interdisciplinar, es de una urgencia acuciante: geógrafos, geólogos y vulcanólogos, sociólogos, biólogos, educadores, arqueólogos, economistas, arquitectos, ingenieros, urbanistas, psicólogos, filósofos, artistas, gestores expertos en crisis, agricultores y ganaderos, políticos y representantes de los damnificados, tienen que ponerse de acuerdo y dar lo mejor de sí mismos. Deslindar a partir de un punto, lo que puede hacer la política y lo que, con las habituales sospechas, puede impedir, será una cuestión delicada y probablemente el talón de Aquiles de la, digamos, reconstrucción de un hábitat, un punto débil a tener en cuenta antes de que sea demasiado tarde; el manejo de esa nitroglicerina y evitar una explosión que disperse la unión de las fuerzas, es un asunto fundamental y clave. Creo que no hay fórmulas salvadoras, sino que es cuestión de ponernos a trabajar, aunque pronto más que tarde, aparezcan problemas en el camino.

Hoy han visto el volcán, si cierran los ojos ahora mismo, seguirán viendo el volcán. La imagen que de él que se desliza en vosotros como una colada, no es una, es una multitud de flases, aunque en realidad, es una sola imagen. Pero a esa imagen sola, la que permanece y no sabemos por qué, llegarán más tarde. Me están escuchando, pero en realidad, están oyendo al fondo el rugido del volcán. Han tenido un día agitado, aún se hallan bajo la fiebre de la emoción. Las imágenes que han visto, son imágenes impactantes que hay que macerar, porque el volcán irá ya para siempre con vosotros, estudiantes de geografía en la Universidad de La Laguna. Cuando termine la erupción en Cumbre Vieja, cuando pasen los años y vuelva a surgir un nuevo cono emitiendo lava, todos ustedes volverán a recordar aquella vez que vinieron a la isla con el ya para entonces, viejo profesor Fernando Savaté. Del aeropuerto, en dirección a la cumbre, dejando atrás la capital de la isla, subieron por las faldas de Las Breñas y cruzaron el túnel hacia el oeste, hacia el Valle de Aridane. Otro mundo, ahora más que nunca. Desde diferentes puntos de vista, contemplaron, sintieron, escucharon y temieron el tremendo prodigio que es una erupción en activo, un volcán como éste, que no es cualquier volcán. También pudieron apreciar su capacidad de destrucción y el territorio desolado que deja después de dos meses. Seguramente se harán preguntas, incluso, muchas preguntas, pero recuerden, como decía Ann Michaels en esa novela extraordinaria y que les recomiendo especialmente, que es “Piezas en Fuga”, que “las preguntas sin respuesta deben hacerse muy despacio”. Con respecto a las imágenes que ahora mismo se acumulan y se precipitan en vuestra mente absorbente, la misma autora, en el mismo libro, escribía:

“Las imágenes te marean, queman la piel circundante, dejan su mancha negra. Como la ceniza volcánica, crean la tierra más fértil. Del lugar cauterizado emergen agudos retoños verdes”.

Vuestro profesor, aquí presente, ha hecho un buen trabajo, el interés de esta visita ha motivado una de las formas del aprendizaje y una manera real de acercarse lo más posible a lo que supone un punto de inflexión, un antes y un después, que el volcán de La Palma ha puesto sobre el territorio del Valle de Aridane; una realidad brutal generalizada en los salones de nuestras casas a ojos de drone, una nitidez dolorosa, el ojo cenital de Dios. Si Aristóteles o Humboldt se hubieran pillado con estos artilugios. “El problema no es que la gente recuerde por medio de las fotografías, sino que sólo recuerde las fotografías”, apuntaba Susan Sontag en “Ante el dolor de los demás”. Para evitarlo, quizá, vuestro profesor de la Universidad de La Laguna se ha empeñado en que vinieran a ver el volcán, o mejor aún, a ver el territorio y el volcán al mismo tiempo. Digo esto porque creo que no se puede desligar el volcán del paisaje, aunque esté dormido, una cosa de la otra, y mucho menos lo va a hacer un geógrafo.

Me pregunto en estas condiciones, por ejemplo: ¿A qué tema van a dedicar la tesis de fin de carrera? Como yo mismo, pintor y poeta, me pregunto: ¿Sobre qué tema voy a escribir o a pintar? Me refiero a cómo evitar que la epopeya que tenemos los palmeros y las palmeras por delante, no ocupe nuestro pensamiento como una obsesión, a cómo no interesarnos por el desafío que plantea un asunto tan complejo y que toca todos los palos, tanto a nivel científico como a nivel social, de desarrollo e innovación, de poner de una vez por todas, encima de la mesa de negociación, lo que de verdad hemos aprendido en todo este tiempo. ¿Es cierto que hemos pasado del siglo XX al siglo XXI?

El paso de la economía política de los años sesenta y setenta en Occidente, a la política económica que vino después, la revolución conservadora de los años ochenta con Thatcher y Reagan de abanderados, que trajo una época de recortes en derechos básicos y la pérdida para la izquierda, de 13 puntos porcentuales en intención de voto en Europa en los últimos cuarenta años, ha conseguido un frenazo en cuanto a alcanzar propuestas de progreso que parecían cercanas. Con estas cartas en la mano, o más bien, ya sin cartas ni nada, y tras las consecuencias de la pandemia de la Covid-19, nos encontramos enfilando el futuro con una lata de fabada Litoral y un cartón de vino Don Simón, en este caso, tinto, y menos mal, porque si fuera blanco, estaríamos perdidos sin remedio. El perro ratonero, el perro de mil leches, tan inteligente, al pie, como fiel heredero de nuestro poco halagüeño destino. La situación política es grave por una simple cuestión de ineficacia, de inoperancia crónica. Y cuando la situación política es grave, la situación económica también, porque esto no es Italia. La Palma es una isla políticamente conservadora, ello no quiere decir que la izquierda no haya gobernado el Cabildo, y hay que recordar, que en Santa Cruz de La Palma, el partido Comunista, durante dos legislaturas puso alcalde en la capital y no ardieron las iglesias, pero tampoco quedaron señales persistentes, pues el vuelco político fue radical hacia la derecha, y en esas estamos. Los palmeros y las palmeras son progresistas y emprendedores fuera, como pocos, y conservadores y tradicionalistas dentro, más de la cuenta. Fuera de la isla son agnósticos, y dentro, creen fervientemente en la Virgen de las Nieves, que aquí es la madre del cordero. Las Fiestas Lustrales absorben el presupuesto de Cultura a nivel insular y nadie dice nada. El Museo de Arte Contemporáneo que no tenemos, pero que consiguió dinero de Europa para su creación, fue transformado de forma ilegal y chabacana, por el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, en Museo de La Bajada, que es el maná a esperar cada cinco años; nadie dijo nada, yo saqué un artículo denunciando semejante atropello. Amnesia colectiva que la tradición impone. La fiesta es lo único importante, el espectáculo va acabando con la posibilidad de Cultura. Un enano inmóvil y un maniquí vestido del siglo XVIII, durante cinco años en las escaleras del falso museo, para que los cruceristas aburridos queden extasiados ante tan pobre despliegue, mientras los artistas de la isla, nos morimos de asco, sin tener un museo con programación estable hecha por profesionales. Mejor ser futbolista o anabaptista del séptimo día. Cuando regresé a la isla, hace diez años, sabía lo que me iba a encontrar: un valle de lágrimas. La dualidad insular tan característica, es también una dualidad mental, pero dependiendo del lugar en que te encuentres, eres más o menos pesimista. En definitiva, la cuestión es: ¿Cómo afrontar una crisis tan compleja como la que el volcán representa para una isla que ya estaba en crisis aguda de despoblamiento, sin perspectivas de futuro y en una situación cultural insostenible?

La isla de La Palma tiene los mismos habitantes que cuando estalló el Teneguía en 1971, unos ochenta mil habitantes, dos mil más, dos mil menos. Podemos decir que la democracia no nos ha dado ningún habitante; aunque, en realidad, lo único que sí ha logrado, es mantener el nivel poblacional, que hacía disminuir aceleradamente una tremenda y dolorosa emigración crónica. Ha venido el nuevo volcán, cincuenta años después, y somos los mismos yendo a menos. ¿Por qué no habitan la isla unos veinte o treinta mil ciudadanos más? Algo se ha hecho mal, o todo, hasta ahora, ha estado mal diseñado políticamente. ¿Viene el volcán reciente a cambiar las cosas? Cuando poco hay sembrado, la cosecha será escasa y no dará la sal para el agua. Antes del volcán, la isla ya estaba herida, lo que hay que discutir ahora, es si hay metástasis o si podemos operar. Tal vez, es el volcán el que viene a remover las conciencias, pero, eso sí, después de habernos dejado enterrados en arena. Hace falta un cable al que agarrarse, ustedes que estudian, que se preparan, son el futuro, ustedes tienen que tender ese cable salvador.

Todas las islas se dividen y se diferencian entre norte y sur o entre este y oeste, las condiciones climáticas y orográficas marcan el paisaje, explican las costumbres, caracterizan los rasgos de la geografía humana. Pero la isla donde nos encontramos tiene otra vertiente, una diferenciación insalvable. La Palma es una bandera con tres franjas horizontales. En la franja central, que es la que ustedes han recorrido, se encuentra la capital, el Cabildo insular, el muelle, el aeropuerto, el hospital, el campo de fútbol del Mensajero, el Centro de Visitantes de la Caldera de Taburiente, el Museo Arqueológico Benahorita, el puerto de Tazacorte, la zona turística de Los Cancajos y la de Puerto Naos. En este espacio de privilegio en cuanto a las comunicaciones y a los servicios, tienen residencia más de dos tercios de los habitantes, en 1950 en esos municipios, vivía la mitad de los palmeros. Está el núcleo de la franja central del este, Santa Cruza de La Palma, Breña Alta y Breña Baja, con unos treinta y pico mil habitantes y está el núcleo del oeste, de “La Banda”, como decía mi abuela, El Paso, Tazacorte, y el municipio más poblado de la isla, Los Llanos de Aridane, con otros tantos habitantes. Las otras dos franjas de la bandera, las dos periferias, son el resto de la isla, el perdido y verde norte y el lejano y seco sur, pésimamente comunicados hasta hace poco que se logró cerrar el anillo insular. Entre los diez municipios más despoblados de Canarias se hallan cinco municipios palmeros: Garafía, Barlovento, San Andrés y Sauces, Puntallana y Fuencaliente, si añadimos Mazo, Puntagorda y Tijarafe, llegaremos sólo a una cuarta parte de la población; esta periferia, en una sociedad más agrícola y ganadera que la de ahora, albergaba a la mitad de los habitantes de la isla. Sin embargo, en los tres municipios del noreste la renta per cápita es superior a la media nacional. No es pobreza, es otra cosa. Una densidad transparente que no llena las horas, ni las vasijas, ni los estanques. Todas las tardes las palabras de los dioses van a parar al mar. Y por las noches, a ese océano nocturno que es el pasado. Cuando yo tenía nueve años, el anterior volcán, el Teneguía, surgió en una zona desierta, éste de Cabeza de Vaca, en la zona más poblada. Se estima que hay unos 170.000 palmeros, la mitad de ellos están dispersos por el mundo, la otra mitad en la isla. Aquellos tiempos duros. Los que se fueron con los bolsillos vacíos y los que permanecieron con lo poco que quedaba. A raíz de la erupción en curso, algunos se están planteando pasarse al otro grupo de los que se fueron, el de los que emigraron. Si los becados Erasmus extranjeros no se enamoran de las palmeras o palmeros y se vienen, barbudos como San José y rubias como la Virgen María, y montan el chiringuito en esta isla herida, estamos perdidos. El pasado de la isla es brillante y se aleja. El futuro no es muy halagüeño y se acerca. El volcán y su tremenda energía, el impacto de una destrucción brutal y sus terribles consecuencias, ha venido a poner el futuro sobre la mesa. Puede ser que el volcán nos haga salir de una vez de la fase vegetativa, del maná de la subvención, de los estragos en cincuenta años perdidos de democracia, bueno, de semi democracia, donde hasta los partidos de izquierda practican una política conservadora. Importamos el 80% de lo que comemos, las medianías, tan fértiles, se hallan abandonadas, los almendros, que ya no se cuidan, echan la fruta amarga, el 40% de lo que ingresamos viene de la exportación del plátano, el 25% de los habitantes son funcionarios de algún tipo de administración y con ello, sostienen el drama; luego está el incipiente y siempre inestable turismo, un caramelo envenenado si no cuidamos su desarrollo, para no llegar a las consecuencias nefastas de muchos lugares. La población envejece, nuestros jóvenes se van fuera, a nuestros padres y madres los cuidan mujeres cubanas o colombianas, nos sirven el café y las copas en los bares, nuestras plataneras son atendidas por emigrantes que vienen del otro lado del mar.

En Las Lomadas, en Los Sauces, donde vivo en el camino a Marcos y Cordero, gracias a ellos, hay ropa tendida en las azoteas, han alquilado casas vacías de soledad, han espantado las arañas teresianas de las esquinas y han encendido las luces que yo agradezco en la noche, y aunque no se preocupan por nuestras cosas o por nuestra historia o la del territorio, yo los quiero mucho. En 1971 en las medianías cultivadas de Las Lomadas, había cerca de 2.000 habitantes, hoy podemos contar con 400 escasos vecinos, yo soy uno de ellos, y sigo cultivando los huertos, de pura rabia que me da ver tanto abandono. Los emigrantes, que vienen de los lugares a los que en otro tiempo emigraban nuestros abuelos, nuestros tíos y padres, evitan el vértigo del despoblamiento, limpian de zarzas nuestros huertos abandonados, con sus voces de otra sonora isla lejana, llenan las terrazas, beben cerveza o ron, nunca vino; no sé muy bien lo que comen, arroz con pollo o con carne de cochino, de “puerco” como dicen ellos; sin atender a la edad, mujeres hermosas y distantes, blancas y morenas alegran la guagua que recorre los pueblos venidos a menos; pienso que algún día, si llego a viejo, me cuidarán a mí. Pero sé que ellos, con ochenta onzas de oro, como trajo mi abuelo Antonio de Cuba, pero sin silla de montar repujada ni pistola “9 largo”, se irán a su isla o continente a echar el resto. Están de paso en la isla que se vacía. Nosotros también estamos de paso, pero la isla se queda y el cernícalo se levanta en el cénit del barranco, contempla, inmóvil en el aire, la costra herida de nuestra piel. “Este volcán no es un volcán cualquiera”, como decía el vulcanólogo J. C. Carracedo, este volcán tiene que ser una campana, un estampido que nos haga tomar conciencia. Conciencia de nuestra fuerza, conciencia de nuestra fragilidad. Todos vivimos en la isla de Estrabón, fuera de ella, Eolos que soplan, Neptunos enrabietados, tritones y serpientes gigantes; ya no hay una “Terra Incognita”, como en el Atlas Catalán del siglo XIV del judío Abraham Cresques, no hay posibilidad de una invitación a explorar territorios desconocidos; ya no hay camino a la gloria. Todo está descubierto. Ahora la gloria consiste en sobrevivir a la cruda realidad que tenemos delante. Los palmeros y las palmeras para no ver el volcán, miramos el cielo, miramos el vacío, donde seguramente hay alguna fluctuación, polvo sideral y las siempre lejanas estrellas arropando los sueños. ¿Cómo restaurar la herida de la costra donde queremos vivir? ¿Qué hacer para que el avance del monte y las zarzas no nos empuje al mar? ¿Cómo equilibrar las enormes diferencias dentro de un territorio tan pequeño? ¿Cómo preservar y proteger un entorno natural tan bello y exuberante? Si La Palma es Reserva de la Biosfera, ¿de qué manera lograr una interacción entre naturaleza y ciudadano que beneficie a los dos? ¿Cómo sacar partido a todo esto para que no entre la desolación? A veces, cuando subo a la azotea de mi casa y contemplo el paisaje, su belleza y su abandono, cuando se muere la tarde entre una dulzura y un dolor sin nombre, siento ganas de llorar; y ahora, esta herida sangrante en el costado. Entonces, no tengo más remedio que mirar el mar.

Óscar Lorenzo

San Andrés y Sauces, Isla de La Palma

20-11-2021

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