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Cómo en muchas fiestas “las chicas se empelotan” y piden que se les respete

Este no es el comentario de mi cuñado en Nochebuena, porque estamos en agosto. Es la reflexión de un hombre-ciudadano en redes sociales a propósito de la Fiesta del Agua, en Puerto Naos.

Este no es el comentario de mi cuñado en Nochebuena, porque estamos en agosto. Tampoco es el último chiste de Arévalo, aunque lo parezca. Ni la reflexión veraniega de un grupo de bonobos en cautividad durante una cópula desenfrenada. Tampoco es el último comentario de Pablo Motos, ni el último vídeo de Jorge Cremades, ni la última reflexión política de Arias Cañete. Se trata otra manifestación de machismo que pasa sin pena ni gloria en nuestra sociedad, y esta vez ha sido en La Palma.

Es la reflexión de un hombre-ciudadano en redes sociales a propósito de la Fiesta del Agua, en Puerto Naos, que sentencia: “Cómo en muchas fiestas las chicas se empelotan y piden que se les respete”. O dicho de otra manera, cómo es posible que una mujer que enseña las tetas tenga derecho a ser respetada. Como si llevar un traje de baño en dos piezas fuera una demanda de ultraje. Como si, por otro lado, un par de tetas no fueran lo mismo que mamó el autor del comentario cuando nació, procurando su supervivencia, gracias a la leche que produjeron las de su madre.

Lo terrible del comentario es la lógica perversa, según la cual, una mujer con poca ropa es una mujer que está pidiendo a gritos ser irrespetada, quebrantada, deshonrada, vejada. Es decir, que una mujer en bikini se convierte irremediablemente en una mujer objeto, en una mujer nada. Otro ejemplo evidente de la cultura machista que pervive en nuestra sociedad, que en última instancia acaba responsabilizando a las mujeres hasta de su propia violación, -por ir tan livianas-. No olvidemos que las recomendaciones del Gobierno de España para evitar las violaciones se basan en llevar un silbato en el bolso y tapiar puertas y ventanas, como haría Bernarda Alba.

A nadie se le ocurriría en una tertulia sugerir qué errores pudo cometer una víctima de ETA para ser asesinada, pero sí parece buena idea plantear en qué se equivocó una mujer que fue violada. Barbijaputa, articulista del eldiario.es, decía esto exactamente hace un año.

El único culpable de una violación, es el violador. En el caso de una víctima por intento de homicidio, sería impensable la pregunta: “¿Intentó usted esquivar con todas sus fuerzas la trayectoria de la bala disparada?” Así lo explica con su habitual lucidez y solvencia jurídica Gloria Poyatos, magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas de España, en su último artículo para el Huffington Post (http://m.huffingtonpost.es/gloria-poyatos-matas/cerro-bien-las-piernas_a_23059494/)

Del mismo modo que la causa del racismo no es que los negros no tengan la delicadeza de darse una mano de pintura blanca antes de salir de casa, las mujeres no pierden el derecho a la integridad física y moral cuando se desnudan. Son ellos, los hombres, los que faltan el respeto a las mujeres, cuando viéndolas con poca ropa, adquieren el derecho a propasarse y a violarlas.

En muchas fiestas las chicas se empelotan, correcto, y los chicos también

 En la Fiesta del Agua no hubo miles de chicas desnudas, sino miles de chicas que llevaban puesta la cantidad de ropa procedente para un evento como ese. Porque en muchas fiestas las chicas se empelotan, correcto, y los chicos también. Sin embargo, ningún otro comentario encontrarán ustedes en Facebook recriminando a los machos su desnudez, ni dando por sentado que un hombre desnudo o semidesnudo pierde el respeto que se le debe, y en buena lógica, perdido el respeto, abierta la veda. Como si en lugar de seres racionales y civilizados, fuéramos musarañas del Cretácico luchando por su supervivencia, o sacerdotes de la Edad Media administrando el derecho de pernada.

Ayer mismo paseaba por el centro de Madrid, cuando un grupo de seis chicos fornidos, tatuados y sin camiseta, se cruzaron conmigo en los alrededores de la Gran Vía. No había ninguna fiesta, más allá de los 45 grados centígrados y el irrespirable sopor de la meseta. Les miré como quien ve algo que ha visto mil veces. Con exactamente la misma mirada que cinco minutos antes había dirigido a la petrificada estatua de Cibeles, cien metros más abajo, al pasar por delante de ella.

Los chicos y la Cibeles tienen en común cuatro cosas: su carácter escultórico, su semidesnudez, que nadie les falta el respeto por esto último y que nadie les ha violado en el trayecto a consecuencia de dicha ausencia de respeto. Están completamente integrados en el paisaje, no pierden el atributo de ser respetados por estar semidesnudos. Viven en un estado de absoluta y privilegiada normalidad.

A la Cibeles no la violan porque es de piedra, y a los machos porque son hombres. Pero de no ser porque es de piedra, la Cibeles correría más riesgo que ellos. Ellos tienen pase pernocta para dormir fuera del cuartel, el valor se les supone, la fuerza les pertenece, la autoridad les asiste y el patriarcado les privilegia.

A las mujeres las violan, esto es un hecho. Y responsabilizarlas, aunque sea de forma oblicua, es machismo y cultura de violación. La violación de una mujer no se debe en ningún caso a que vaya desnuda o semidesnuda, porque a los hombres que cada ocho horas violan a mujeres en España -según datos del Ministerio del Interior-, poco le cuesta arrancarles la ropa sin piedad en un callejón oscuro o bajo la protección patriarcal de la alcoba.

¿Existen mujeres que hacen una equivocada elección de objeto para sí mismas? Probablemente. Pero este es otro debate. De cada violación que se produce en España cada ocho horas, ¿cuántas son culpa de las mujeres por perderse el respeto a sí mismas durante una fiesta a la que todos van medio en pelotas?, ¿qué tiene que pasar para que la sociedad entienda que las víctimas no son las responsables del daño que les infringen sus torturadores?

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