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En un encuentro con la fatalidad, Paquito ganó el cielo


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¡Goool! ¡Gol de Paquito! Hace muy poco tiempo en un encuentro de jugadores veteranos del CD. Mensajero, que tuvo lugar con motivo de la celebración de su Centenario, Francisco Silva Vega (Paquito) nos regaló su último gol, y nos recordó viejos tiempos: ganó por velocidad el espacio detrás de la defensa, se plantó ante el portero y, como siempre, eligió el sitio adecuado para enviar el balón a la red. En aquel momento, nada ni nadie presagiaba su final. Ni él mismo sabía del mal silente que llevaba en las entrañas.

Durante diez años, Paquito creció con el equipo del Barranco de Dolores y, en ellos, gracias a su velocidad, pundonor, regularidad en el juego y goles, sobre todo goles, pudo presumir de meterse a la afición en el bolsillo. Además, muchos de sus goles fueron decisivos, pongamos como ejemplo el que abrió el marcador frente a la UD. Gáldar en 1992, que contribuyó al primer ascenso de los rojinegros a Segunda División B. Paquito fue siempre un jugador intuitivo y clarividente, hombre clave ante la portería rival, y un referente, un ejemplo para su equipo. Se enamoró en La Palma y de La Palma, y echo raíces en ella. Alguna vez le comenté: Paco, el Silva tuyo es el mismo que el de David Silva “el Mago de Arguineguín” que, en una ocasión dio a entender que una ascendiente suya era de los Silva de Villa de Mazo. Al contéstame negativamente, le apunté: Chico, pues pareces palmero. Yo diría que más palmero que algunos que presumen de haber nacido aquí.

Como hiciera en el fútbol con el Mensajero, en nuestra diminuta pero entrañable sociedad, Francisco Silva dio todo lo que tenía que dar y más. Nos dio su corazón. Y, hasta que se sintió herido por este cruel zarpazo, mientras se apagaba lentamente su luz y respiraba la presencia de una noche cercana y eterna, estoy seguro que tuvo presente a La Palma y a los palmeros con los que convivió tantos años. Todos sentimos pena porque, Paquito, había pagado una parte importante de sus cuotas para llegar a la vejez soñada, y se nos quedó en el camino. Pero, así y todo, podemos decir que cumplió con creces su compromiso con la vida.

El deseo de ser útil al deporte y a la sociedad, le llevó a mostrarnos sus aptitudes deportivas, y sus no menos valiosas cualidades humanas. Noble y generoso, sencillo en su afán de ayudar, devoto de ese mundo espiritual que te hace ver a Cristo en los demás… Si hay que trabajar para ganar el cielo, creo que Paquito se lo ganó a pulso. Profesionalmente tuvo una historia funcionarial, como casi todas, llena de órdenes, secretos, informes e instancias, pero la supo vivir de forma honesta, con la sonrisa de un empleado afable, atento y servicial, y no con la oscura seriedad del empleado público que cree estar por encima de la gente a la que debe servir. Su bonhomía se reflejaba en esa tendencia a procurar, de manera altruista, el bien de las personas. Fiel a Francisco de Asís, su santo, los valores cívicos y religiosos tuvieron en él una fuerte carga ética y una preocupación incansable. Era de los que colaboraban a campo abierto con la comunidad parroquial: con sus cofradías y hermandades, con los proyectos de Cáritas o Manos Unidas, en la mejora del templo y en la Catequesis… Siempre estuvo a la altura de su fe, de su imperativo espiritual. Si no oyó directamente la voz de Dios, al menos escuchó su eco.

Francisco Silva Vega podía presumir de que le llamaran PACO. Un acrónimo de Pater Comunitatis. Por eso, se dice que únicamente aquellos que tienen como Santo Patrón al fundador de la Orden Franciscana, pueden llamarse así. Estando próxima su muerte, Francisco de Asís tranquilizó a los suyos con esta frase: Es muriendo como se resucita a la Vida Eterna. Conociendo las creencias de Paquito, nuestro dolor es fuerte y sereno al mismo tiempo, amargo y dulce… Está con el Altísimo -me dicen. Pero ese amor filial con Dios, no es óbice para que a sus familiares, se les escapen las lágrimas, y el corazón de sus amigos deje un sitio grande a la tristeza.

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