Hacer isla, un destino común

18 de julio de 2026 14:11 h

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En un territorio con una geografía tan imponente, abrupta y singular como la de La Palma, el concepto de ‘hacer isla’ no puede ser solo una proclama teórica o un lema bienintencionado. Es, ante todo, una necesidad vital de supervivencia y progreso. Vivir rodeados de mar, divididos por una majestuosa cumbre que históricamente ha marcado dos vertientes y expuestos de manera cíclica a los caprichos de la naturaleza nos enseña una lección fundamental que debemos recordar. Las fronteras municipales son un lujo estéril que no nos podemos permitir.

‘Hacer isla’ significa entender con madurez política y social que el futuro de Puntallana es indisoluble del de Los Llanos de Aridane, y que la monumental tarea de reconstruir el Valle tras la erupción del Tajogaite es una responsabilidad histórica que compete con la misma fuerza a Santa Cruz de La Palma, a Barlovento o a Fuencaliente.

Para avanzar con paso firme, debemos superar de una vez por todas el localismo restrictivo. La Palma no se puede gestionar como la suma de 14 municipios estancos. Los desafíos clave de nuestra era, como la gestión eficiente, pública y solidaria del agua, la mejora de nuestra conectividad o el desarrollo estratégico de nuestro sector primario, exigen una visión de conjunto. Necesitamos políticas transversales y valientes que dejen atrás las parcelas de influencia y miren exclusivamente por el bien común insular.

La historia reciente nos ha dado la razón en esto de la manera más dura. Ante la adversidad, la fragmentación nos debilita. Eventos de la magnitud de la reconstrucción post-volcánica nos han demostrado que la única forma de tener voz, respeto y peso político ante el Estado y la Unión Europea es presentarnos como un bloque único, cohesionado y con las ideas claras. Cuando La Palma habla con una sola voz, es escuchada. Cuando se dispersa en debates menores, se vuelve vulnerable.

Esta cohesión debe traducirse de forma pragmática en la optimización de nuestros recursos. En un territorio insular con recursos y presupuestos limitados, la solidaridad intermunicipal no es una opción, sino una obligación ética. Coordinar las inversiones de planes estratégicos de manera equilibrada y justa es la única herramienta para equilibrar la balanza territorial. Solo así evitaremos la brecha de que existan ciudadanos de primera o de segunda dependiendo del municipio en el que hayan decidido fijar su residencia. El Cabildo tiene que ser el garante de esa simetría, y es algo que hemos puesto en marcha con el Plan Insular de Desarrollo Local (PIDL).

Pero ‘hacer isla’ es también un ejercicio de orgullo, de cuidar aquello que nos define y nos une en el alma. De mirar a nuestra identidad, tradición y folclore con orgullo. Es el respeto sagrado a nuestro patrimonio cultural e histórico, desde el extraordinario legado de arte flamenco que atesoramos en nuestros templos hasta el mimo y la constancia de nuestras maestras artesanas del telar, y es el reconocimiento a un carácter palmero noble, resistente y generoso.

En definitiva, ‘hacer isla’ es el esfuerzo consciente y diario de recordar que, por encima de las cumbres que nos separan físicamente, nos une un mismo camino. No hay proyectos viables a medio plazo si no se conciben para la totalidad de nuestro territorio. Solo si remamos juntos en la misma dirección, con altura de miras y generosidad, lograremos que La Palma no solo resista ante las dificultades, sino que prospere con el equilibrio, la justicia social, el empleo de calidad y la sostenibilidad que nuestra gente merece.

*Sergio Rodríguez es presidente del Cabildo de La Palma

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