Un amigo fijo discontinuo

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Me decía un amigo que por temas profesionales viajaba constantemente en Binter que el único problema que le veía a la emblemática aerolínea canaria es que a fuerza de vuelos y chocolatinas había engordado una barbaridad con lo cual a los asientos ya de por sí estrechos se sumaba su creciente masa corporal y viajar se le estaba convirtiendo en una incomodidad y en una paradoja existencial, él se ensanchaba a fuerza de chocolatinas y los asientos se estrechaban creando en él una ansiedad que iba mucho más allá de sus viajes aéreos y se traducía que ahora compraba en tierra cajas de ambrosías y una cosa lleva a la otra y a las chocolatinas Dubai y todos sus etcéteras… En fin, los peligros a veces son sabrosos, y surgen donde menos se espera. La vida es una felicidad intermitente, un contrato fijo discontinuo, los problemas son fijos y los momentos de felicidad discontinuos como mucho y de vez en cuando la vida nos da una coz para que espabilemos y no nos durmamos en los laureles. En La Palma entendemos bien ese concepto de fijo discontinuo no sólo en los contratos laborales sino en esas obras que parece que se están acabando y resulta que no, quedan como suspendidas en un espacio mágico, como esos pagos que la administración parece que sí, pero que se hacen esperar o esas carreteras tan fijas y discontinuas como la vida misma, o esas ayudas que nos prometen y parece que sí pero que luego llevan unos puntos suspensivos que no veas. Llegado a este punto de su profunda reflexión existencial mi amigo se levanta de la mesa donde estábamos almorzando y me dice: “Hoy quería pagar yo, pero como soy fijo discontinuo hoy no me toca así que tú pagas” y se fue así con un par demostrando con un ejemplo tan elocuente su teoría de la intermitencia de la felicidad, qué le vamos a hacer, así está la vaina.

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