Cuando un periódico era una aventura

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Portada del periódico 'La Justicia'.

La historia de la prensa suele escribirse a partir de los periódicos. Se recuerda cuándo aparecieron, cuánto tiempo sobrevivieron, cuál fue su orientación política o qué polémicas protagonizaron. Mucho menos frecuente es detenerse en quienes los hicieron posibles. Sin embargo, detrás de cada cabecera hubo personas que reunieron el dinero para pagar la imprenta, buscaron suscriptores, escribieron editoriales y artículos de fondo, discutieron titulares y asumieron las consecuencias de cuanto publicaban. Sin ellas, los periódicos serían únicamente papel envejecido en una hemeroteca; con ellas forman parte de la historia viva de una sociedad.

Entre esos hombres ocupan un lugar singular Luis Méndez Franco (1872-1942) y Wenceslao Abreu Francisco (1859-1918). Ambos compartieron una aspiración poco frecuente en la España de la Restauración: hacer un periódico que no obedeciera dócilmente a una organización política. No pretendían mantenerse al margen de la vida pública; al contrario. Aspiraban a intervenir en ella con suficiente libertad para apoyar unas iniciativas, censurar otras y defender, por encima de cualquier disciplina partidista, aquello que consideraban beneficioso para La Palma.

La empresa no era sencilla. La isla apenas superaba entonces los 46.000 mil habitantes. La emigración hacia América, sobre todo hacia Cuba, seguía marcando la vida de numerosas familias, el analfabetismo limitaba el número de lectores y la economía de cualquier publicación resultaba extraordinariamente frágil. A pesar de ello, pocas etapas conocieron una actividad periodística tan intensa. Conservadores, liberales, republicanos, publicaciones institucionales, literarias, satíricas y obreristas competían por un mercado incapaz de sostener tantas cabeceras. La mayor parte nacían asociadas a un partido, a un dirigente o a un grupo de intereses. El periódico era un instrumento de influencia política mucho antes que una empresa informativa en el sentido actual del término.

Fue en ese ambiente donde apareció La Justicia el 5 de noviembre de 1898. Dirigido por Luis Méndez Franco, se presentó desde el primer momento como un «Semanario independiente, defensor de los intereses públicos». La declaración encerraba toda una toma de posición. Aquella independencia no significaba ausencia de ideas ni equidistancia política. El periódico compartía muchas de las inquietudes regeneracionistas que recorrieron España tras el Desastre del 98, criticaba el funcionamiento del sistema de la Restauración y denunciaba con frecuencia el caciquismo que condicionaba la vida pública insular. Pero procuró conservar una libertad de juicio poco habitual en una época en la que los periódicos acostumbraban a convertirse en órganos de expresión de las distintas facciones políticas.

Sus páginas muestran una considerable amplitud de intereses. Junto a los comentarios políticos aparecían noticias sobre las obras del puerto, las carreteras, la enseñanza, la administración municipal, la actividad cultural o los acontecimientos internacionales. Hoy puede parecer normal; entonces suponía entender el periódico como un espacio de información y de formación de la opinión pública, no solo como una tribuna de combate. Esa vocación explica que, pese a su breve existencia, La Justicia ocupe un lugar destacado en la evolución del periodismo palmero.

Cuando La Justicia desapareció, la idea no murió con él. Nueve meses más tarde, el 1 de diciembre de 1900, Wenceslao Abreu Francisco fundaba Heraldo de La Palma. Su trayectoria ayuda a comprender mejor aquel proyecto. Había conocido el periodismo cubano, mucho más desarrollado que el insular, y mantenía una intensa relación con las comunidades canarias de la emigración. Esa experiencia atlántica amplió sus horizontes profesionales y explica la ambición con la que nació el nuevo trisemanario. Desde el primer editorial proclamó su voluntad de servir a la isla bajo el lema «Patria, Libertad y Justicia», dejando claro que no deseaba convertirse en portavoz de ninguna organización política.

Portada del 'Heraldo de La Palma'.

Como había sucedido con La Justicia, aquella declaración de principios no significó neutralidad. El Heraldo ejerció una crítica constante del funcionamiento del sistema político, denunció prácticas caciquiles y sostuvo campañas a favor de mejoras que hoy forman parte de la historia del desarrollo insular: el puerto, las comunicaciones, el túnel de la Cumbre, la enseñanza o la creación de una Escuela de Artes y Oficios. Más adelante, bajo la dirección de Hermenegildo Rodríguez Méndez, el periódico evolucionó hacia posiciones republicanas, aunque sin renunciar a una autonomía de criterio que le permitió discrepar incluso de quienes podían considerarse próximos desde el punto de vista ideológico.

Esa manera de entender el periodismo tuvo un precio. Un editorial contra el arcipreste Benigno Mascareño provocó en 1901 la constitución de un insólito «tribunal de honor», promovido por el alcalde y formado por directores de otros periódicos y destacados vecinos de Santa Cruz de La Palma. Wenceslao Abreu rechazó someterse a aquel juicio moral y la controversia terminó alimentando una agria polémica pública. Más allá de la anécdota, el episodio ilustra hasta qué punto una crítica periodística podía convertirse entonces en un conflicto político y personal de primer orden.

Los problemas económicos acabarían haciendo el resto. El reducido mercado lector, la escasez de publicidad y la ausencia de un respaldo político estable dificultaban extraordinariamente la supervivencia de unas publicaciones que aspiraban a conservar su propia voz. Como tantas otras cabeceras de la época, La Justicia y Heraldo de La Palma terminaron desapareciendo en apenas dos años. Lo verdaderamente importante, sin embargo, no fue la duración de aquellos periódicos, sino el ejemplo que dejaron.

Más de un siglo después seguimos conservando sus colecciones en las hemerotecas. Pero lo que verdaderamente merece ser recordado no son únicamente aquellas páginas impresas, sino quienes las escribieron. Luis Méndez Franco, Wenceslao Abreu Francisco y tantos otros periodistas de entresiglos entendieron que el periódico podía ser algo más que el altavoz de una organización política: un lugar desde el que pensar la isla, discutir sus problemas y defender sus intereses con libertad de juicio. Quizá esa sea la razón por la que aquellas dos modestas cabeceras continúan ocupando un lugar propio en la historia del periodismo palmero.

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