El periódico que reclamó sin éxito unidad para el primer Cabildo de La Palma

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En la imagen, el periódico 'El cabildo insular'. 

El 21 de noviembre de 1912 comenzó a publicarse en Santa Cruz de La Palma un semanario de vida breve –apenas nueve números–, pero con un objetivo claro y concreto: influir en un momento político decisivo para la isla. El periódico se llamaba El cabildo insular y nació en pleno proceso de constitución de los cabildos insulares en Canarias. La ley que creaba estas instituciones se había aprobado unos meses antes, el 11 de julio de 1912, dentro de la reorganización administrativa impulsada por el gobierno Canalejas. Con ella se reconocía a cada isla un organismo propio de administración y gobierno, como propugnaban los próceres canarios Pedro Pérez Díaz (1865-1930) o Manuel Velázquez Cabrera (1863-1916), sus principales adalides. Pero la ley, por sí sola, no bastaba. Para que los cabildos empezaran a funcionar era necesario elegir a sus consejeros. Ese paso se estaba retrasando. El reglamento provisional aprobado en octubre de 1912 fijaba un plazo de dos meses para celebrar las primeras elecciones, pero la convocatoria se hacía esperar. 

En ese contexto apareció El cabildo insular, decidido a reclamar que el nuevo sistema institucional se pusiera en marcha cuanto antes. El semanario se imprimía en la imprenta del Diario de Avisos, propiedad de Manuel Santos Rodríguez (1875-1958), y tenía un formato modesto: dos páginas a cuatro columnas. La portada estaba dedicada casi por completo a artículos de opinión, mientras que la segunda página incluía noticias breves, correspondencia y algunos anuncios. Aunque su fundador formal fue Pedro Hernández Martín, el auténtico motor del periódico era su director, José Felipe Hidalgo (1884-1971). Personaje singular de la vida cultural palmera. Hidalgo fue periodista, poeta, escultor, pintor y profesor. Autodidacta y de temperamento inquieto, había dirigido poco antes otro semanario, El dictamen, también vinculado al debate sobre los cabildos.

Cuando apareció El cabildo insular, la batalla política por crear estas instituciones ya se había librado en Madrid. Ahora el debate era otro: cuándo y cómo debían constituirse. Desde sus primeros números el periódico insistió en la necesidad de convocar cuanto antes las elecciones insulares. El retraso inquietaba a sus redactores, que consideraban imprescindible poner en marcha el nuevo organismo para que las islas pudieran gestionar sus propios intereses. El semanario era abiertamente autonomista y veía en los cabildos una oportunidad histórica para reforzar la personalidad administrativa de cada isla, como se había demandado en la Asamblea de La Palma de 1910. Para esta isla, en particular, la nueva institución debía significar una mayor capacidad de decisión, de autonomía en definitiva, sobre asuntos propios.

Pero el periódico no solo reclamó rapidez en el proceso. También quiso intervenir en el debate sobre cómo debía nacer el nuevo cabildo palmero. La política de la isla estaba entonces profundamente dividida. Por un lado se encontraba el bloque formado por los partidos dinásticos –conservadores y liberales– que dominaban la vida política local. Sus portavoces en la prensa eran el conservador Isla de La Palma y el liberal dinástico El Nudo. Frente a ellos se situaba una coalición integrada por liberales moretistas (conocidos como “sevillanos” por los falsos duros de la época) y republicanos. También con sus correspondientes periódicos afines: La razón y Diario de La Palma, respectivamente.

Ante ese panorama, El cabildo insular defendió una idea insistente: evitar que el nacimiento del cabildo quedara marcado por una lucha partidista. La nueva institución debía representar a toda la isla, no convertirse en instrumento de una facción. Por eso el semanario propuso la formación de una candidatura de integración, en la que estuvieran representadas tanto las mayorías como las minorías políticas. De ese modo el cabildo podría constituirse sin enfrentamiento electoral y nacer con mayor prestigio. Sus páginas apelaban al sentido de responsabilidad de los dirigentes políticos para que dejaran a un lado viejas rivalidades y permitieran que la nueva corporación surgiera en un clima de concordia.

La propuesta, sin embargo, no prosperó. Las elecciones se convocaron finalmente para el 12 de enero de 1913 y la campaña electoral derivó en una dura confrontación entre los dos bloques políticos de la isla. El resultado dio la victoria a la candidatura formada por conservadores y liberales dinásticos, mientras que la coalición moretista-republicana quedó derrotada. Para el semanario aquello supuso una clara decepción. Durante semanas había defendido la necesidad de un acuerdo de unidad que evitara la lucha política. Tras los comicios lamentó que el cabildo naciera marcado por la confrontación partidista. La paradoja era evidente: mientras en la mayoría de las otras islas los consejeros fueron proclamados sin votación gracias a candidaturas únicas, en La Palma el proceso terminó en un enfrentamiento electoral.

El 16 de enero de 1913, apenas cuatro días después de celebrarse las elecciones, apareció el último número de El cabildo insular. Con el cabildo ya elegido, el periódico parecía haber agotado la razón de su existencia. En realidad, su breve vida refleja muy bien el clima político de aquellos meses. Fue un periódico nacido para intervenir en un momento concreto y para defender una idea: que el primer Cabildo de La Palma debía surgir con el mayor consenso posible. Más de un siglo después, aquel efímero semanario sigue siendo un testimonio revelador de los debates que acompañaron el nacimiento de una institución que hoy forma parte esencial del autogobierno insular.

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