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La palmerada

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Desde hace un tiempo para acá, estamos siendo espectadores del triunfo del talento palmero fuera de nuestras fronteras. Los medios de comunicación nos dan a conocer periódicamente cómo destacan por el mundo nuestros jóvenes profesionales, a los que aplaudimos en redes sociales con especial fervor y entusiasmo.

Se trata de gente como Jorge Henríquez, ganador del prestigioso premio internacional de arquitectura Isarch; Andrés Acosta, único palmero en los Oscar de la Moda en el 2020, sinónimo de refinamiento y alta costura; Paloma Suárez, cuyo buen hacer le procura un nombre en el mundo de la moda; deportistas de élite como Rosana Simón, Carlos Pérez y Samuel García; emprendedores como Carmen Capote y David Henríquez, y un sinfín más de palmeros y palmeras a los que observamos atentamente desde nuestro terruño, sintiéndonos orgullosos de su trabajo, pero sin darnos cuenta de cuál es común denominador que los une: todos han tenido que salir de La Palma para ser noticia en La Palma. En definitiva, de lo que hablamos es de la pérdida de capital humano que nos desangra desde hace siglos.

Por contraposición, son pocas las noticias de palmeros y palmeras que son reconocidos como brillantes emprendedores o destacados profesionales en su propia isla. Y si esto ocurre, ocultos tras el anonimato que procuran las redes sociales y ciertos digitales a través de perfiles falsos, siempre hay quien se encarga de “impartir justicia” poniendo “en su sitio” a cualquiera que destaque.

Somos así y no es nada nuevo: disfrutamos como espectadores orgullosos de los logros de aquellos que se van fuera para triunfar, mientras que aquí procuramos extinguirnos a base de palos y envidias, extrañados por la falta de talento político al frente de nuestras administraciones públicas, como si de una cuestión ajena a nuestra vida se tratara; acreedores del clientelismo particular del momento y esclavos de nuestra propia melancolía.

La Palma es diferente. “La Palma es una isla en cierto modo distinta a sus hermanas. Su historia no es la misma de las otras, y eso trasciende en ella, le cambia espíritu y ambiente”, escribió la poeta cubana Dulce María Loynaz después de una estancia de poco más de una semana a mediados del siglo XX. Es la palmerada que definieron en 1897 dos buenos amigos hablando de los males de la política insular en el Diario de Avisos: “Pesimista estás hoy. Tendrás seguramente la tradicional melancolía de los aborígenes de esta tierra. Lo que llamamos nosotros la palmerada (..)”, tal y como lo recoge el historiador José Eduardo Pérez Hernández.

Y mientras ahí fuera el mundo gira y la gente avanza, esta isla sigue absorta en sí misma, embriagada en su propia realidad social y política, sorda al caminar que le rodea.

Sigamos perdiendo el tiempo meditando sobre la necesidad de definir el modelo que queremos para nuestra isla, como si se tratara de la conquista de un gran secreto. Por si a alguien le interesa: el 29 de julio del 2001, el Cabildo de La Palma aprobó por unanimidad de todos los grupos políticos del arco insular, el Documento de Bases Estratégicas de La Palma y 20 años después seguimos dándole vueltas.

Nosotros, los palmeros y palmeras, seguiremos siendo meros espectadores, viendo la vida pasar, procurando desahogarnos en bares, terrazas y tertulias de buen mentidero con el afán de desquitar nuestra propia falta de iniciativa mientras somos testigos de la pérdida de nuestro mejor valor: el capital humano que se fuga por el puerto y el aeropuerto y que desde fuera nos remite cartas de buenas noticias. Sigamos manteniendo la palmerada.

 

Jordi Pérez Camacho

Abogado

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