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Opinión - 'El honor de ser español', por Marco Schwartz

El “honor” de ser español

El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo
27 de febrero de 2026 22:18 h

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Hoy cumplo cuatro décadas en España. Llegué un 28 de febrero de 1986, como corresponsal del diario colombiano donde había comenzado mi carrera de periodista. Sabía muy poco de España, quizá tan poco como el entonces cónsul honorario en Barranquilla, que me dictó la carta que debía dirigir a la Moncloa para acreditarme como corresponsal y puso como destinatario: “Secretaría de Estado de Comunicación. República de España”. Días más tarde recibí una carta desde dicha oficina aclarándome que España es un Reino. Corregí, claro. Mi mujer se había venido previamente a Europa con la intención de que nos instaláramos en París, pero Madrid la había enganchado. Cuando le comenté la opción madrileña al maestro Germán Vargas, uno de los cuatro discípulos del sabio catalán en 'Cien años de soledad', me dijo alarmado: “¿Madrid? Eso es como Bogotá en los años cincuenta. La gente viste de negro y llueve todo el día. El único lugar donde se puede vivir en España es Barcelona”. Por fortuna, qué equivocado estaba don Germán.

Tres meses antes de mi llegada había ocurrido en Colombia el episodio político más traumático de su historia reciente: la toma criminal del Palacio de Justicia por el M-19 y la no menos criminal retoma por el ejército. En la refriega murieron cerca de un centenar de personas, entre ellos 11 magistrados de la Corte Suprema. Pese a lo convulsionado del ambiente, convencí al director de mi periódico que me permitiera escribir un artículo de opinión, que titulé ‘El Palacio de Justicia y los alzados en instituciones’; en él critiqué duramente al Gobierno y a los mandos militares por su responsabilidad compartida con los guerrilleros en la muerte de los juristas de la Corte, la única institución en la que confiaban los colombianos por la honestidad y el talante progresista de sus miembros. Tras la publicación del artículo, un compañero del periódico con buenos contactos en la Policía me dijo que desde el cuartel me mandaban a decir que me cuidara. En ese momento tomé la decisión de precipitar mi partida. No por la amenaza en sí -la consideré poca cosa, una simple bravuconada, frente al peligro real en que se encontraban muchos compatriotas en esos días turbulentos-, sino por un sentimiento de asfixia ante el clima opresivo que se había instalado en el país, en particular para el ejercicio del periodismo.  

Después de mi llegada me vinculé a Cambio 16, y desde entonces he trabajado de diversos medios españoles. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos fuimos quedando en Madrid. En 1991, me nacionalicé. En un acto de enorme trascendencia para mí, pero rutinario para el funcionario del Registro Civil en la Calle de Pradillo, juré lealtad al Rey y a la Corona. Siempre había vivido en países con sistemas republicanos, pero no me sentí incómodo por la exigencia del juramento. Juan Carlos me caía simpático, como a casi todos los españoles, y yo me aprestaba a ser uno más de ellos. La sorpresa llegó cuando el funcionario me dijo que no podía registrarme con mi nombre: Marco. Me explicó que había que “castellanizarlo” y me registró como Marcos. Le dije, implorante, que yo era periodista y siempre firmaba con mi nombre original. Su solución fue hacer una apostilla en el registro señalando que el flamante ciudadano español Marcos Schwartz también respondía al nombre de Marco. Desde entonces tengo una doble personalidad: en mi pasaporte español, mi DNI, en mis cuentas bancarias y en general en los trámites burocráticos, aparezco como Marcos. Y en mi vida periodística y civil de Clark Kent he logrado preservar el nombre que eligieron para mí mis padres. Pensándolo con la distancia, tal vez me habría evitado más dolores de cabeza que me hubiera cambiado el apellido Schwartz por Suárez. No tendría que deletrear a toda hora Salamanca, Cáceres, Huelva, Whisky, Aragón, Roma, Teruel, Zamora.

En la época en que llegué había pocos extranjeros en España. Pero años después, sobre todo a partir del 2000, la inmigración se disparó. Y con la fuerza de un torrente desbocado se llevó por delante las normas rígidas de los funcionarios del registro, que han terminado escribiendo con naturalidad nombres como Brahian, Darwin José o Breiddy, sin que se les pase por la cabeza “castellanizarlos”. Con la ley 20 de 2011, ya solo se prohíbe inscribir nombres que sean “contrarios a la dignidad de la persona”, como ha ocurrido según ChatGPT con los de Hitler y Osama bin Laden.

Aunque he vivido algunos incidentes xenófobos, debo decir que mi experiencia en España ha sido más que positiva. Es duro decirlo, pero seguramente ha ayudado que soy blanco. Me consta que muchos inmigrantes con “pinta” de latinoamericanos (la palabra “pinta” suele estar asociada a un prototipo andino) son objeto de discriminación y desprecio cotidianos. Y ni hablar de las que sufren los magrebíes o los subsaharianos. Cuántas veces he escuchado en conversaciones de bar aquello de que “los latinoamericanos al menos hablan tu idioma y tienen tu religión”. Esa es la tarea que tiene pendiente cualquier gobierno que se precie de democrático: facilitar la integración de los extranjeros. No someterlos a pruebas culturales de trivial, ni mostrarles la foto de un toro para ver si gritan genuinamente olé, ni comprobar si hablan correctamente español cuando miles de españoles “de toda la vida” lo hablan a las patadas. Mis abuelos no sabían una pizca de español ni sabían distinguir un bolero de un vallenato cuando llegaron a Colombia, e hicieron allí su vida a punta de trabajo y esfuerzo. Que es lo que busca la inmensa mayoría de los extranjeros que trasiegan de un sitio a otro en el ancho mundo.

Ser español no ha sido para mí un “honor”, como pretende Feijóo que lo sea para quienes aspiren a la nacionalidad española si llega a la presidencia del Gobierno. Eso que se lo pida a los pelayos y las urracas. Para mí es algo muchísimo más importante: ha sido la manera de llevar una vida corriente en un lugar que me ha dado mucho y al que he aportado mucho, un lugar en el mundo del que siento nostalgia cuando estoy afuera, como pude comprobar durante un período reciente en que dirigí un periódico colombiano, un lugar en el que conservo grandes amigos de los años frenéticos de mi “infancia española” y pequeños nietos que se asoman inocentes a un país que, por muchas críticas que se le hagan, funciona civilizadamente. Y que algunos, como Feijóo o Abascal, parecen empeñados en convertir en una organización tribal con el sello de Covadonga.  

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